Materia pensante

publicado en la revista «Nexos»
# 424, abril de 2013

 

Anda por internet un video en el que le preguntan a un gran astrofísico y divulgador, Neil DeGrasse Tyson, qué es lo más asombroso del universo. Responde que es el hecho de que todos y cada uno de nuestros átomos (me costó trabajo entender el inglés de esa palabra porque oía “árams”: algo le quedó de su origen en el Bronx) se hayan cocinado en los núcleos de estrellas de primera generación, la inmensa presión fusionó átomos de hidrógeno, los más sencillos y primigenios, con un solo protón y un solo electrón, la fusión crea helio. Cuando se agota el hidrógeno, las capas superiores aplastan el núcleo de la estrella y se fusionan helios en elementos más pesados.

Así se forma carbono, nitrógeno, oxígeno… los elementos de la vida. La estrella termina por estallar y así lanza al espacio lo que serán nuestros cuerpos y cerebros. La gravitación, dijo Laplace a Napoleón, concentra esas nubes de gases, en el centro la presión enciende una nueva estrella con hidrógeno primitivo, los restos circulan en torno de ella como un disco plano. La gravitación junta esa basura y hace planetas. “¿Y Dios?”, dicen que le preguntó el Emperador. “No necesité de esa hipótesis, Sire…”. Quizá es falso, pero es una anécdota maravillosa.

Y luego, ¿cómo esa materia que hizo células que hicieron seres multicelulares que hicieron plantas, animales, hongos, cobró conciencia de sí misma? Y no es asunto sólo humano. Las plantas tienen percepción de la luz, fototropismo, del tacto (como la plantita llamada sensitiva y otras); los animales distinguen a otro animal y saben que tendrá reacciones esperables y las usan. Es conciencia.

¿Sólo nosotros miramos las estrellas? No. Las aves migratorias las usan para guiarse, es posible que también algunos insectos como la mariposa monarca que viaja de Canadá a México ida y vuelta. Y más aún la luna, que señala ritmos vitales a animales marinos y terrestres. El misterio de la conciencia a partir de los hornos estelares fue visto por nuestro Quevedo (1580-1645) siglos antes del astrofísico Tyson:

Amor constante más allá de la muerte

[…]
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

¡Chingao! ¿Por qué siempre me hace llorar? Al rato sigo…

Al respecto hay una postura que podríamos llamar trivial o baratona: el cerebro produce conciencia como el hígado produce bilis. Es verdad que en el cerebro literalmente vemos surgir recuerdos y emociones. Pero, ¿esa conexión de neuronas es mi recuerdo de Pepe Delgado y yo llorando en un baño de vapor ante el obstáculo infranqueable de mi edad, treinta y dos años?

No sé si hayan visto llorar a un hombre muy guapo y muy masculino… Sí, científicos sociales, la masculinidad existe, como también la femineidad, sin putas comillas, a través de clases sociales, razas y épocas. Yo sí lo he visto, y junto a mí. Me vio con inesperada tristeza y dijo:
—Luis… ¿Por qué no tienes trece años? ¿Por qué no tienes trece años? Si te quiero tanto siendo el “viejo” que eres, ya me imagino si tuvieras trece años.

Lo miré con pasmo y encontré que tenía los ojos, tan bonitos ojos, arrasados de lágrimas, las contenía con esfuerzo. Yo no pude y me solté llorando a sollozos: —¿Qué hago, Pepe? ¿Qué hago?

Y me derrumbé hasta el suelo, abrazado a sus piernas. Me levantó de las axilas. Con el vapor, al abrazarnos de pie no supe qué sentía en sus mejillas, pero digo que lágrimas, pues no pudo contenerlas más.
—Debí conocerte cuando tenías trece —dijo con voz ahogada sobre mi hombro, sobre el hueco entre el hombro y el cuello, sorbiendo el vapor con sudor y sacudiéndome el cabello, como era su costumbre afectuosa siempre al encontrarme.
—Tú habrías tenido casi la misma edad, Pepe, doce años, y no habríamos hecho nada porque los dos fuimos muy tardíos, yo a los veinte años, tú más, hasta aquella estancia en Londres y el joven cantor del coro en la iglesia, o… no sé, quizá lo que nos faltó fue encontrarnos a los trece años y no a los treinta y dos. Nos habríamos decidido de inmediato y ahora estaríamos por festejar nuestros veinte años juntos con una gran fiesta a la que invitaríamos a todos los amigos del Consejo Sindical… O, quizá, nuestra vida, juntos, habría sido otra.

Se miró los pies, levantó la vista, sus bellos ojos oscuros, enrojecidos, tenían gotitas en cejas y pestañas. Dijo con sonrisa triste, irónica, sabiendo bien lo que hacía y en voz muy baja, sin dejar de mirarme:
—Quiero ser un gay… normal —y bajó la vista.
—Eres un hombre encantador, Pepe —y volví a llorar.

Me pasó de nuevo la mano sobre el cabello húmedo, me miró con inmenso amor y sólo dijo: —Chiquillo…

Con eso, no pude más y volví a llorar, con los brazos en torno a su espalda, recargado en su pecho, a sacudidas, con desesperación. Preguntó el motivo.

—Es que no me pudiste decir nada mejor… Chiquillo… Sé lo que para ti es un chiquillo, y… y…

fMRI y PET

Sin duda hay actividad neuronal, algunos neurocientíficos dirían que es todo. Otros que no. Pero de que se ve con un fMRI o con un PET, la tomografía por emisión de positrones, se ve. Pero ¿es?

Un gran experto en todo tipo de divulgación científica, John Horgan, quien tuvo por muchos años una espléndida sección mensual en Scientific American, es uno de los escépticos.
¿Qué miran los técnicos del PET y del fMRI? ¡Una tormenta! No, no, un huracán, un tornado de neurotransmisores: unos apagan receptores, otros encienden receptores, otros más abren vías neurales bloqueadas, usan axones débiles por falta de uso, los refuerzan, los vuelven a bloquear, en las pantallas áreas rojas, amarillas, verdes, azules, chispas eléctricas viajando por axones, conectando dendritas, sacudiendo neuronas, un tifón sólo posible en la densa atmósfera de Júpiter funde los aparatos para emisión de positrones, la antipartícula del electrón, la antimateria, plaf: se destruyen mutuamente, y los magnetos del fMRI, los cables se derriten. Deberemos pagar una fortuna que no tenemos, sólo damos clases en la UNAM.

Sabemos dónde ocurrió, lo vemos, lo imprimimos, sale la imagen a todo color de la impresora láser, podemos medir intensidades, escalas. Pero dos hombres guapos y jóvenes, uno sollozando sin control, el otro conteniendo el llanto que acaba por derramarse, el vapor que todo lo mezcla en sudores, saliva, semen, lágrimas… ¿Y eso?

En inglés, donde hay tan buenas expresiones breves, se dice use it or lose it. La emplea de título un trabajo publicado este 6 de marzo en Neuron sobre los mecanismos moleculares del cerebro que explican las bases de un bien conocido fenómeno: un ambiente rico en estímulos produce niños más despiertos y evita o retrasa el Alzheimer. Fue conducido por Dennis Selkoe. Y un solo suitch molecular “ayuda a crear las conexiones neuronales que permiten al cerebro puentear la grieta entre la impresionabilidad adolescente y la estabilidad adulta”, según estudio de la Yale School of Medicine, ídem. Y el proceso se puede revertir para rejuvenecer cerebros. ¡Ups!

Pero, pero… algo se nos va. Antonio Damasio, el gran neurocientífico y Premio Príncipe de Asturias, tiene dos obras maravillosas: Descartes’ Error y Looking for Spinoza. Imprescindibles, inolvidables. Allí presenta el caso de Phineas Gage, trabajador en la construcción de vías férreas al que por una explosión, en 1848, una barra de un metro le entró por un pómulo y la salió por la coronilla. Ni siquiera perdió la conciencia y lo encontraron sentado, sabía quién era y parecía tener funciones mentales intactas. Pero en adelante fue otro: el hombre bueno y discreto que había sido antes del accidente fue sustituido por un patán al que no podían dejar solo en compañía de mujeres, míster Hyde.

A este sentimiento de que “algo se me escapa” John Horgan llama “laguna explicativa”. En una entrevista a la neurocientífica Patricia Goldman-Rakic cuando escribía su libro La mente por descubrir (Paidós), tuvo con ella un intercambio ríspido: “El problema que yo encontraba, le dije, era conseguir enlazar estos gráficos que mostraban los índices de disparo de las neuronas por un lado y conceptos de gran calado, como la memoria, la cognición y el libre albedrío, por el otro… Sentía que algo se me escapaba”. Ella se molesta y le dice que la única laguna explicativa es la que tiene el zonzo de Horgan en su cabecita.

Todavía en Scientific American, Horgan se encargó de publicar un artículo de Timothy Beardsley, otro escritor de planta, acerca de los trabajos de Goldman-Rakic sobre memoria: “Beardsley me confesó que nunca había encontrado una obra más difícil de comprender y de presentar de forma coherente y satisfactoria. Tenía la impresión como si se le escapara algo”. Meses después, la revista publicó una carta con una queja: el artículo “nos cuenta dónde ocurre algo en el cerebro, no cuáles son los verdaderos mecanismos que nos permiten reconocer, recordar, etcétera. Y eso es, por supuesto, lo que queremos saber realmente”.

 


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