Universitarios con sangre de atole

publicado el 18 de febrero de 2013 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Que dejaron plantada a la cita para "dialogar", y por cuarta ocasión, a la directora del Colegio de Ciencias y Humanidades, CCH, Laura Lucía Muñoz, quienes mantienen tomada la dirección general de ese sistema preparatorio de la UNAM. ¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Se lo merece! El nuevo héroe universitario es El Chómpiras… Sí, así le dicen.

En el CCH Naucalpan las autoridades implantaron medidas para alejar vendedores ambulantes, narcomenudistas, jipiosos tejedores de pulseritas y demás fauna. En defensa de su mercado, éstos incendiaron con gasolina las oficinas, con todo y empleados y autoridades allí dentro. Hubo acción penal contra los delincuentes. Raro: nunca la hay.

En defensa de los incendiarios Chómpiras y secuaces, una turba asaltó las oficinas generales del CCH, dentro de la Ciudad Universitaria de la UNAM: se colgaron de cámaras de seguridad para arrancarlas, rompieron ventanas, puertas, rejas, papelería y la señora directora les ofreció una "mesa de diálogo" como premio.

Hace años, estuvo tomado por "el pueblo" el Foro Abierto de la Casa del Lago, con Rosario Ibarra de Piedra señalando la institución como "ese lugar infame al que no tiene acceso ‘el pueblo’". Una arribista de monstruoso oportunismo: el teatro universitario de la Casa del Lago es con frecuencia gratuito o muy barato. Allí pusieron muy buen teatro los míticos Gurrola, José Luis Ibáñez, Margules. El Foro Abierto lo tomó El Llanero Solitito para esas baratijas ideológicas que llaman "teatro para el pueblo" sólo quienes lo consideran retrasado mental.

Hace años el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras sirve de casa-dormitorio-cocina a lúmpenes. Ni quien los toque porque eso sería "represión": criminalizar la pobreza, a los indigentes.

Toda la Ciudad Universitaria estuvo cerrada, de abril de 1999 a febrero de 2000, diez meses, por El Mosh, La Jagger, El Gato y un medio centenar, en protesta por cuotas de 10 días de salario mínimo por ciclo, y exención total a quien la solicitara. Los alumnos perdieron el año, los de familias con mejores ingresos se fueron a la Ibero y demás universidades privadas. Éstas ofrecieron becas a los estudiantes pobres que habían perdido la UNAM a manos de la "protesta social".

Lo de siempre: con discursos que incluyan la palabra pueblo, en la UNAM se puede entrar a saco, al pillaje, a la simple destrucción.

Hemos hecho los universitarios todos de la UNAM una guarida de rufianes, a cubierto por un abuso del término "autonomía" como tierra de nadie a la que la policía tiene prohibido el acceso; la vigilancia universitaria es insuficiente y corrupta, al servicio de los líderes sindicales.

Las autoridades universitarias viven aterrorizadas porque la defensa de la UNAM y sus instalaciones pueda ser llamada "represión". ¡Por supuesto que eso dirán quienes han hecho de la UNAM su cocina y su mercado libre, libre de inspectores, libre de impuestos, libre de leyes antinarcóticos.

¿Y los estudiantes? En una institución gratuita, siempre han visto a los profesores faltistas como una bendición para irse a una cafetería, una huelga ofrece vacaciones inesperadas. Quienes pagan hasta 40 mil pesos un semestre no se alegran por el robo de sus clases pagadas por adelantado.

Ha sido una bola de nieve con inicios enternecedores: en 1966 el comité ejecutivo de FyL, yo entre otros, exigimos al director, el filósofo Leopoldo Zea, que se dejara de impedir el paso a las dos niñitas que entraban a vender chicles. Luego, a la muerte del Che Guevara, hicimos un acto por el que impusimos el nombre de ese represor, sustento de la dictadura más vieja del planeta, perseguidor de toda discrepancia política o sexual, al auditorio Justo Sierra.

Como los grupos de vividores se peleaban, con frecuencia a balazos, el negocio de las cafeterías, el rector Guillermo Soberón tomó una de las medidas que más daño han causado: las clausuró todas… en una ciudad habitada por 300 mil estudiantes, profesores y trabajadores. Los pasillos se llenaron de anafres, humo y sebo. El Sindicato hizo de los permisos para el anafre y el puesto de dulces parte de sus concesiones a las amantes y a los bien portados.

Si las autoridades de la UNAM viven atemorizadas, los estudiantes no parecen tener en las venas otra cosa que atole. "Ya cerraron de nuevo, vámonos…" "¿Otra vez el Mosh?" "No, ahora fue el Chómpiras". ¿Saben qué? Se lo merecen.

 



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