Genes y felicidad de las naciones

publicado en la revista «Nexos»
# 459, marzo de 2016

 

La excepción es el cromosoma Y que sólo aporta el padre y nos hace varones. Por eso es también el cromosoma de más fácil rastreo: sus mutaciones están bien señaladas por estudios genéticos de poblaciones y son como faros en la historia de la expansión humana sobre el planeta.

Pero esto significa, también, que estamos genéticamente predispuestos a sentir más un dolor y gozar más un placer. Y que esa característica se extiende a todo un pueblo, sobre todo cuando las poblaciones eran estables y en Alemania era raro un turco o un pakistano en Inglaterra.

Con los rasgos del fenotipo heredamos aspectos de carácter. Eso dice un estudio realizado por Michael Minkov, de la Universidad de Varna, Bulgaria, y Michael Bond de la Universidad Politécnica de Hong Kong. Usaron datos de encuestas mundiales de valores levantadas entre los años 2000 y 2014. Calcularon el promedio nacional de los que sin duda se reportaban como “muy felices”. Para encontrar la frecuencia de ciertos alelos emplearon la base de datos abastecida por Kenneth Kidd, de la Universidad Yale, Estados Unidos. También consideraron información del medio, como sería la severidad de sus inviernos y veranos, la prevalencia histórica de patógenos y los datos económicos del Banco Mundial.

Una vez tomadas en consideración esas numerosas variables, “los autores encontraron una fuerte correlación entre la felicidad de una nación y la presencia del alelo A, variante del gen rs324420, en la composición genética de sus ciudadanos. Este alelo ayuda a prevenir la degradación química de la anandamida, un neurotransmisor que incrementa el placer sensorial y ayuda a reducir el dolor”.

Los neurotransmisores pasan la señal nerviosa del botón terminal de una neurona a los receptores de la siguiente. Así modulan el mensaje: incrementan, disminuyen y hasta cancelan una señal enviada por alguno de los sentidos. Un ruido constante, por ejemplo, lo dejamos de oír y cuando cesa nos percatamos del hecho. La anandamida es, por cierto, uno de los endocanabinoides: la marihuana que produce nuestro cuerpo sin vigilancia de la DEA ni de la PGR. Es uno de los pocos términos médicos que no vienen del griego ni del latín: ananda es sánscrito y designa el estado de beatitud buscada en prácticas budistas. Amida es una terminación común en química para compuestos orgánicos.

Los investigadores ofrecen ejemplos de este sentimiento subjetivo de bienestar: “Naciones con más alta prevalencia del alelo A son muy claramente las que se perciben a sí mismas como los más felices”, y señalan que son más felices las poblaciones de Ghana, Nigeria y África Occidental, México y Colombia. Las naciones árabes de Irak y Jordania y orientales de China, Hong Kong, Tailandia y Taiwán, con la más baja prevalencia de ese alelo, resultaron, también, las de menor tendencia a considerarse muy felices”.

Tendemos a suponer que italianos y griegos, con inviernos benignos y mares azules todo el año, son los europeos más felices. Pero resultaron ser los suecos, con horribles inviernos y breves veranos. “Encontramos que europeos norteños, como los suecos, tenían una más alta prevalencia del alelo A, y con mayor frecuencia se calificaban a sí mismos como muy felices, más que sus primos de Europa Central y del Sur”. El peso de los problemas económicos y políticos lo observan los investigadores nada más cruzando el Báltico, frente a la feliz Suecia, rusos y estonios, con la misma alta prevalencia del alelo A, se califican como bajos en felicidad.

El dolor y el placer

Vayamos más lejos: el dolor y el placer son estímulos que se procesan en diversos niveles del cerebro. Pero no acabamos de saber qué son. La piel envía señales que se transmiten por el conocido mecanismo de intercambio de iones por la membrana del axón o prolongación larga de una neurona; entre neuronas se cancelan, mitigan o fortalecen las señales en el nivel de la sinapsis: donde la señal eléctrica suelta neurotransmisores que llegan a los receptores de la siguiente neurona, allí se cancelan, mitigan o fortalecen y alcanzan un núcleo cerebral, se relanzan a la corteza cerebral, siguen su curso a otras áreas de integración y análisis, vuelven hacia centros de respuestas motrices. ¿Por qué una secuencia produce un grito de dolor y otra una suave ronroneo de placer? Es parte del misterio de la conciencia.

Así pues, nada tiene de raro que el conjunto completo tenga regulación genética y, puesto que es transmisible, ofrezca pueblos enteros con tendencia a la felicidad o al abatimiento. Los alemanes son propensos a la depresión; colombianos, venezolanos y brasileños pueden ser insoportables en sus manifestaciones callejeras de alegría: radio a todo volumen en el taxi es la queja de un famoso colombiano, Fernando Vallejo: la excepción entre cumbias; el cubano Nicolás Guillén pudo escribir la música del timbal y del bongó en sonoros octosílabos graves y heptasílabos agudos que siguen siendo octosílabos: Sóngoro cosongo, y un peruano triste, el primer Vallejo, César, avisó: “Me moriré en París, con aguacero”. El suicida perfecto es alemán y desventurado: el joven Werther, responsable de un siglo de suicidios por amor.

Así que Minkov y Bond le ponen estudios a lo que sabíamos a medias: sorprende que los suecos se sientan más felices que los mediterráneos; los nigerianos, de África ecuatorial, más que los egipcios, orgullosos de su milenaria cultura, ricos en petróleo y con el clima del inmediato Egeo. Los resultados están, como para todo hay un journal, en el Journal of Happiness Studies.

Más sobre la comunicación en el cerebro

Los procesos cerebrales se conducen por una combinación de transmisión eléctrica y señales químicas que salvan el espacio entre una terminación y los receptores de la siguiente neurona. La señal es unidireccional: si hay respuesta debe seguir otras vías. Que el tejido del cerebro no es continuo lo sabemos desde los estudios de Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX. Ahora un equipo del Instituto para Neurociencia y la Sociedad Max Planck ha demostrado que, como en un sintonizador de radio o de televisión, el cerebro emplea diversos canales.

“En el cerebro, la corteza (o córtex) visual procesa la información visual y la pasa de áreas inferiores a superiores. Sin embargo, hay información que fluye en sentido opuesto, por ejemplo al dirigir la atención a estímulos particulares. ¿Pero cómo sabe el cerebro cuál vía debe tomar la información?”. La información de un objeto pequeño y oscuro en movimiento pasa de la retina por el nervio óptico, hace escalas en núcleos que la analizan, la refuerzan o la cancelan y llega, o no llega, al córtex visual. Si el análisis resulta en “es un alacrán” hay una tormenta que fluye en sentido opuesto: del córtex hacia los músculos, a glándulas de producción hormonal, como la adrenalina, que prepara los mecanismos de “pelea o huye”… En inglés es más sonoro: fight or flight: la pupila se abre, la sangre se retira de áreas superficiales para dotar de energía los músculos y palidecemos. El análisis de bordes, sombras y movimientos dice que es una mancha en la pared y puede ser que la alerta ni siquiera haya alcanzado la conciencia. O la alcance para enseguida recibir órdenes de cancelación.

El equipo de neurocientíficos ha demostrado “que el córtex visual de los humanos usa canales con diversas frecuencias según la dirección en la que deba transportarse la información. Sus hallazgos en humanos fueron posibles por investigaciones previas en macacos. Y deben ayudar a comprender la causa de enfermedades psiquiátricas en las que dos canales parecen mezclarse”. Como radio mal sintonizado.

La información “de abajo hacia arriba ocurre cuando entra por los ojos y fluye de áreas inferiores a superiores”, explica Pascal Fries, del equipo. Pero siempre estamos recibiendo estímulos por los sentidos, “¿cómo sabemos que un fragmento de información es más importante que otro?”. En otro ejemplo: en el campo visual está el ratón de la computadora, con tamaño, forma y cola si no es inalámbrico, pero no causa alarma. O la hay, en todo caso, por su ausencia. Pero cuando se mueve solo, se detiene, husmea, hay información más importante. ¿Cómo distinguimos entre las miles de percepciones una con mayor importancia? Responde Fries: “El cerebro usa experiencias previas para organizar información”: los ratones de computadora no corren solos, salvo que un movimiento involuntario del brazo los haga caer. “Las conexiones anatómicas en dirección arriba abajo se conocen hace mucho tiempo, pero cómo se envía la información a través de esas conexiones ha permanecido inexplicado”.

En macacos el equipo encontró que el flujo abajo-arriba en los cerebros usa una banda particular de frecuencia conocida como banda gama, con unos 60 hertz. Luego el equipo descubrió que el canal arriba-abajo fluye con información en los ritmos llamados frecuencias alfa y beta, de entre 10 y 20 hertz. “Luego, en esencia, el arreglo jerárquico de las áreas del córtex visual usa un canal de distinta frecuencia para enviar información de áreas superiores a inferiores”.

En el último trabajo los investigadores “mostraron que un principio muy similar trabaja en el cerebro humano. Para eso emplearon una técnica llamada magnetoencefalografía (MEG): sensores fuera de la cabeza graban los campos magnéticos producidos por las corrientes eléctricas de células nerviosas activas. Desde 1836 sabemos, por el Diario del inglés Michael Faraday: “Entendí que la electricidad, al pasar, produce magnetismo”. A Faraday le debemos todo el mundo moderno, todo. Dice la nota a su Diario: “En la actualidad, toda dínamo con su zumbido, todo motor eléctrico en su girar, canta un himno de alabanza en honor de aquel inglés genial, sosegado y laborioso”. Hace 180 años…

Ahora estamos observando el mismo efecto: magnetismo producido por el paso de electricidad, en nuestros propios cerebros. Otro golpe al dualismos mente-cuerpo y un argumento más a favor de Baruch Spinoza, el filósofo judío, de familia portuguesa asentada en Holanda, país tolerante hace siglos, que propuso el monismo: somos una sola sustancia, y es física. Excomulgado por la Sinagoga, la iglesia católica y la luterana, por calvinistas y anglicanos, murió opacado por la gloria de Descartes.

La neurociencia actual le da la razón. Busque El error de Descartes y En busca de Spinoza, ambos de Antonio Damasio. Dos maravillas.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

 

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