El autogobierno en las cárceles

publicado en la revista «Nexos»
# 460, abril de 2016

 

La cárcel preventiva de Lecumberri, donde ahora está el Archivo General de la Nación, tenía autogestión, autogobierno, como se le quiera llamar a esa sentida demanda de la izquierda estudiantil: la relación inmediata de los presos era con otros presos al mando del orden interior de cada crujía y no con celadores, custodios, policías entrenados en prevenir nuevos delitos, fugas y tumultos. Los estudiantes en la UNAM habían conseguido instalar un modelo que producía en el ámbito académico la democracia ausente del sistema político dominante en el país: el autogobierno de la Facultad de Arquitectura en la UNAM era el modelo visto por las izquierdas como instauración de la democracia en la vida universitaria. Llegó a haber dos sistemas paralelos: el estudiante de arquitectura podía inscribirse en el sistema escolarizado a la vieja usanza o en el modelo de autogobierno. Ignoro si los diplomas de arquitecto señalaban ese detalle.

Antes de llegar a la cárcel de Lecumberri los estudiantes detenidos en 1968 no imaginábamos que hubiera autogobierno de los presos para dirigir la prisión donde pagan una sentencia o la esperan en detención preventiva los acusados de haber infringido la ley. El ideal de autogobierno universitario condujo en los años setenta a extremos como el de Sinaloa y los pronto denominados enfermos: una institución escolar es, proclamaban, una fábrica del instrumental humano necesario para la continuación del dominio de la burguesía sobre los trabajadores. La tesis de la universidad-fábrica veía obreros oprimidos en los estudiantes, capataces en los maestros y agentes del capitalismo burgués en las autoridades. La tesis fue paralela al surgimiento de la guerrilla urbana, en la que los estudiantes de educación superior fueron elemento sustancial: el trágico final del movimiento estudiantil de 1968 la tarde de Tlatelolco era muestra evidente de que los caminos democráticos estaban cerrados y todos los que opináramos en contrario demostrábamos la servil condición de agentes, voluntarios o involuntarios, de la opresión de una clase sobre las demás para seguir extrayendo riqueza de los millones de pobres y canalizarla hacia los pocos cada vez más ricos. Un grito callejero sintetizaba la idea: ¡Burgueses, huevones, por eso están panzones!

Sin que lo sospecháramos en las manifestaciones y mítines, la cárcel mexicana ya había instaurado el autogobierno como medio barato de mantener el orden interno sin pagar salarios ni entrenamientos de suficientes custodios. Como tantas realidades en los métodos de gobierno, era producto combinado del azar, falta de medios y sorprendentes resultados: era mucho más barato controlar una población encarcelada si se permitía a los elementos ya formados en el control de pandillas emplear los mismos métodos a cambio de utilidades en efectivo y en servicios: en vez de pagar dos docenas de custodios por crujía, la dirección de un penal podía dejar la aplicación del reglamento a dos docenas de presos que obtendrían ganancias y servicios.

El autogobierno en prisión: Eficaz y barato

El autogobierno, en una cárcel, es el imperio del terror, la ley del más fuerte, la ley de la selva. Los humanos somos primates y por lo mismo establecemos de inmediato jerarquías: surge un macho alfa que dura, como dicen del amor: dura lo que dura dura. Cuando hay muestras de envejecimiento, debilidad, descuido, pérdida de subalternos, aparece el nuevo macho que, para tomar la posición alfa, no es raro que mate al anterior comandante y a los subordinados que sea necesario en un motín cuyos resultados la autoridad reconoce. Hay nuevo pacto con los recién victoriosos mandos.

Con el nuevo macho alfa llega una nueva camada de subalternos: el autogobierno puede cambiar las reglas y las tarifas, es parte del convenio de no intervención con las autoridades. Los guardias sólo entran a las crujías en situaciones de emergencia: una pelea donde ya han muerto varios, hay incendios de celdas, pillaje. Los guardias llegan a dejar las cosas como estaban y vuelven a salir. El cobro no siempre es en efectivo, puede ser en servicios: el comando dispone de sirvientes para lavarles la ropa, preparar alimentos a los cabecillas y así evitarles comer del rancho dispuesto por la autoridad, sustituir al comando en el lavado semanal de sus celdas y en la de patios o fajina, ofrecer servicios sexuales si no hay nada mejor y, claro, vigilar a los vigilantes, a los custodios: si parece que habrá revisión de celdas, alertar si hay movimientos inusuales entre los guardias.

Así pues, no es lo peor estar encerrado, sino pagar por estarlo: pagar por tener una celda, visita conyugal, derecho a bañarse y a recibir alimentos del exterior.

La cárcel está dividida en crujías, éstas separan a los delincuentes por el tipo de delito (poner a un cajero bancario desfalcador con un multiasesino es sentenciarlo a muerte) y cada crujía tiene ese grupo selecto de presos, el comando, que impone el reglamento interno más las normas no escritas. El comando es, ante la dirección del penal, el responsable del orden interno de la crujía.

Se llega a ser parte del comando por lucha sangrienta entre pandillas. Su deber ante la autoridad es imponer el reglamento, pero el estímulo para alcanzar ese poder interno es el despojo a los prisioneros: el derecho a dormir en una celda tiene un precio si es compartida con otros tres (había cuatro literas de cemento) y es una fortuna si se pide celda individual. El dinero se entrega al comando y éste pasa un porcentaje a las autoridades.

Los que no pueden pagar se aglomeran en una sola celda y duermen como pueden. Era la del fondo y la llamaban, creo, el cuartel. Allí se vuelve a decidir la jerarquía interna: quién duerme en alguna de las literas y quiénes se deben acomodar en el suelo. Surge un macho alfa de los jodidos que manda en la celda.

La dirección imponía una sola obligación en cuestión de higiene: cortarse el pelo. Para eso iba un peluquero que rapaba a toda la crujía y hacía cortes especiales sólo al comando. El peluquero también era un preso. Los que tienen algún oficio se llaman comisionados: pueden trabajar en cocinas, panadería, talleres diversos, dar clases a los analfabetas, ayudar en la enfermería. Pero no hay revisión de higiene: una celda de la crujía, usualmente la última, estaba adaptada con regaderas y la administración enviaba en una o varias ocasiones vapor para que los presos se bañaran con agua caliente. Pero sin estar obligados ni pasar inspección al respecto. Tampoco del uniforme: una vez entregado al preso era tarea suya si lo lava o no lo lava. Para eso había, también al fondo de cada crujía, una hilera de lavaderos frente a otra de excusados. Las celdas de Lecumberri tenían lavabo y excusado, pero mientras debimos compartir celda acordamos no usarlos. Así que era posible conversar entre los que lavan y los que cagan. Los primeros días se produce hasta estreñimiento, después se olvida la vergüenza. Hay lavaderos, pero no hay jabón, ni para lavar la ropa ni para darse un baño. Se debe pedir a las visitas dominicales que lo lleven, siempre familias en el caso de los presos comunes: la sólida familia mexicana. La administración lo permite, previa revisión. En Lecumberri también había una tienda Conasupo donde se podía comprar lo mismo que en todo estanquillo: pan, sardinas, huevo, jabón y refrescos o cuadernos, papel higiénico y para escribir.

Por supuesto, el negocio principal es la distribución de droga, de todas las drogas se puede conseguir y el comando es quien pone a sus vendedores minoristas. Otra fuente de ingresos es la prostitución: el día de visita conyugal entra quien el preso señale como esposa o novia, pero puede pagar por una puta. Supongo que las hay de diversos precios.

Todo lo sabe la dirección del penal y de todo participa.

Los presos políticos

Cuando llegamos los estudiantes a Lecumberri, los líderes del Consejo Nacional de Huelga veníamos del Campo Militar Número 1. Luego de 10 o 15 días (perdí la cuenta) en celdas de aislamiento, de castigo para soldados bajo arresto, nos entregaron a las autoridades de Lecumberri. Llegamos todos. No faltó ninguno.

Primero nos hacinaron en la crujía H, la de paso, donde se clasificaba a los presos por delitos y de allí salían a la crujía correspondiente. En una celda de cuatro por cuatro metros estuvimos unos 30 o más detenidos. No lo sabíamos, pero estaban desocupando una crujía, la más chica, la C, para que no tuviéramos contacto con otros presos. Nos temían.

Las celdas de la crujía H, de paso, no tenían lavabo ni excusado. Nos llevaron una lata alcoholera con una orilla doblada y unos cartones en el doblez para levantarla. Era todo lo que había para orinar o cagar. Debíamos vaciarla una vez al día en los excusados al fondo de la crujía, acompañado el portador por un rondín. No eran para nosotros tales excusados.

Frente a la crujía H estaba la I, destinada a presos VIP-plus. Los VIP simples tenían celda acondicionada en las crujías B y L.

Luego de una eternidad pasó el rondín abriendo puertas y de abajo, porque estábamos en un primer piso, gritaban los celadores que debíamos salir los estudiantes y formarnos en el patio. Nos llevaron a bañar al vapor general de Lecumberri. Después nos dieron uniformes y llegamos a la crujía C de la que todavía no sacaban al comando de presos comunes, con El Toro al frente, pero ya no se le permitía mandar sobre nosotros. En pocos días también se los llevaron.

Cuando terminaron de sacar al comando y quedamos nada más presos detenidos, muchos el 2 de octubre, otros en diversos momentos entre agosto y septiembre, hicimos asamblea en el patio de la crujía y, democráticamente, elegimos comando. Quedó al frente Raúl Álvarez Garín. Primero debimos compartir tres o cuatro una celda con cuatro literas de cemento. Yo estuve con Pablo Gómez y Mario H. Hernández, un ferrocarrilero del PC que siempre anteponía esa H a su apellido. Las escuelas o las familias nos mandaron colchonetas y lo necesario para una cama.

Arreglos a la crujía

Al fondo de la crujía C había una celda, la última de la planta baja, acondicionada con regaderas por tres lados y una plancha de cemento para masaje a la entrada. Como la administración no enviaba agua caliente sino vapor, dos o tres veces al día, sin horario ni aviso, tapamos los vidrios rotos de la única ventana, estrecha y alta, para hacer un baño de vapor con sólo abrir las regaderas.

Escuelas, familias y amistades nos conseguían lo que pidiéramos. La dirección permitía el paso de todo lo que no fueran armas o droga con sólo una revisión: para que el televisor no fuera lleno de cocaína lo encendían, comprobado que era un televisor, lo miraban por dentro y pasaba. Todos cuantos quisiéramos y nos compraran, así como guitarras, libros, máquinas de escribir, radios, ropa. Es que el gobierno del presidente Díaz Ordaz no nos trató como el PRD y Alejandro Encinas harían, decenios después, a Carlos Ahumada, el empresario extorsionado para darle contratos del gobierno del DF y sobre el que cayó toda la furia del jefe de gobierno, López Obrador, cuando hizo públicos los videos de funcionarios aceptando maletines y bolsas de súper llenos de dólares.

Las celdas habían tenido un sistema para cerrarlas todas con una palanca y abrirlas por la mañana a la hora del recuento obligado, pero hacía decenios que el mecanismo estaba pegado por capas y capas de pintura verde. Las celdas daban a un patio y allí había una mesa larga de cemento con bancos de lo mismo, hasta una jardinera. Cada quien entraba y salía de su celda a su aire. El único guardia estaba junto a la reja de entrada, por fuera, y a él debíamos pedir que abriera el candado para ir al estanquillo a comprar jabón, papel, huevos.

No nos autorizó la dirección ir a talleres, cocina, panadería ni contacto alguno con los presos comunes. Nos temían. Ni siquiera ir a dar clases a la escuela para analfabetas. Así que pedimos pizarrones, gises y nos comenzamos a dar clases entre nosotros: álgebra, cálculo, inglés. Los únicos no veinteañeros, dirigentes del Partido Comunista, se reunían con jóvenes de la Juventud Comunista a estudiar Marx, Engels, ruso… Sin ningún problema. Sólo supimos de un libro detenido en el examen previo, fue una novela de título sospechoso: El rojo y el negro.

A los talleres mandamos hacer mesas y sillas para trabajar en la celda, repisas, libreros… Así escribí mi crónica Los días y los años.

Entre los objetos cuya entrada se prohibía estaban las parrillas eléctricas. Nunca he sabido el motivo. Pero las mandábamos hacer con presos comunes que acanalaban un ladrillo y metían una resistencia. Luego debíamos conectar un hilo a la electricidad y otro a la estructura de metal de las celdas. Por eso con enorme frecuencia los grifos de las regaderas daban toques. Yo tardé más de 30 años en perder el miedo al choque eléctrico en los frecuentes baños de vapor que me daba por motivos ajenos a la higiene, a los toques cuando debía regular el agua en una regadera. Se me había hecho un reflejo pavloviano.

¿Y para qué queríamos una parrilla eléctrica? Para calentar la comida que nos llevaban de afuera. Durante todo noviembre de 1968 estuvieron saliendo muchachos, algunos porque no habían participado en nada y los habían detenido en redadas; otros, con participación indudable, por motivos que ignoro. Así que pronto pudimos tener una celda por preso y luego comenzaron a sobrar, allí hicimos cocinas y las llamamos, por supuesto, comunas. Para no comer del rancho que era a diario un cocido, organizamos a familias y amigos para que, en vez de llevar una comida diaria, cocinaran una vez a la semana para seis, que formaban la comuna. Los domingos no contaban porque iban visitas y siempre nos llevaban comida, antojos, libros, ropa.

Así nos llenamos de teles, radios, guitarras, máquinas de escribir. Raúl y yo, que leíamos música y no habíamos obtenido permiso para ir al piano del auditorio, pedimos a nuestras escuelas una flauta dulce, también llamada barroca: la más sencilla, de madera para ensamblar dos partes, y nos llegó una docena, de soprano a barítono que ya exigía una llave metálica para alcanzar el último agujero y se armaba con tres secciones.

En mi comuna estuvo Arturo Zama, de la Juventud Comunista, aunque ya en proceso de salida. Un día su madre, que fundaría Amnesty International de México, le llevó mojarras frescas. Zama, que en todos sus movimientos era notablemente torpe, puso una sartén en la parrilla eléctrica, abundante aceite y echó las mojarras a freír. Comenzó a apestar horrible y de pronto estallaron: no iban abiertas ni limpias. Pidió permiso al guardia de nuestra crujía y compró en el estanquillo Conasupo huevos y jamón. Eso comimos.

Como en esa novela maravillosa El señor de las moscas donde los niños caídos en una isla inhabitada reproducen todos los males sociales, entre nosotros surgieron las clases sociales: había jóvenes cuyas familias no les podían llevar comida para seis una vez a la semana, así que a la hora en que llegaba el rancho salían con sus platos de aluminio a llenarlos. Los que teníamos comuna recogíamos nada más los birotes, grandes, dorados y deliciosos, y los frijoles de olla. Le tocaba recogerlos al mismo a quien le iban a llevar comida ese día. Luego alguno de ellos nos ofreció lavar y planchar los uniformes por unos pesos… Comenzó el servicio doméstico. Los ricos y los pobres.

Por lo mismo fuimos un botín tan apetecible cuando la dirección quiso romper nuestra huelga de hambre, declarada nada más con la exigencia de que dieran inicio nuestros procesos, pues ya había transcurrido el año legal en que se debe dictar sentencia y nuestros procesos ni siquiera habían comenzado. La dirección nos ofreció como botín a los demás presos, los custodios abrieron las rejas de todas las crujías y un clamor avisó esa noche que el asalto había empezado.

Por lo mismo me ha asombrado el escándalo nacional por los lujos orientales descubiertos después del motín en el penal de Topo Chico: celdas individuales amuebladas, teles, saunas… ¡Pero si todo eso teníamos nosotros!, y lo permitía la dirección de Lecumberri sin, en nuestro caso, exigir un pago.

Más sobre el tema carcelario: Los días y los años (Planeta).

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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