Coatlicue-Poseidón: El horror y el humanismo

publicado en la revista «Nexos»
# 457, enero de 2016

 

Dos maravillosas piezas escultóricas en dos grandes museos del mundo: la Coatlicue y el Poseidón (o Zeus, los griegos ni en eso se ponen de acuerdo). Con el añadido, no despreciable, de que la diosa fue esculpida en roca por artistas de una cultura que no había descubierto el hierro, tampoco el cobre, así que carecía de cinceles para modelar piedra dura, y no tenía el suave mármol ni la tecnología del vaciado en bronce del artista griego.

La cultura dominante, que es la de los países metropolitanos y en algún momento hegemónicos: Roma, España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, está estructurada en dos pilares: el humanismo nacido en Grecia con la filosofía de los jonios presocráticos, y el monoteísmo de Israel, difundido por el cristianismo. El choque fue cruento: los dioses griegos y romanos eran poderosos pero con debilidades humanas, nuestros celos, envidias y guerras. Resultaban más tratables que el dios colérico de Israel que cuando le colmábamos la paciencia enviaba diluvios o tormentas de fuego.

De Grecia aprendimos que la naturaleza es comprensible, un libro que podemos leer. Eso fue obra de los jonios, el pueblo griego que habitó lo que hoy es la costa turca del mar Egeo. Con Pitágoras, Heráclito, Parménides y los presocráticos aprendimos a buscar en la naturaleza la explicación de los fenómenos naturales. Nos equivocamos: la esencia de todo el Cosmos no es el agua, ni el aire, la tierra o el fuego. Pero es el camino correcto: no la voluntad de Zeus, sino las leyes naturales, observables, nos explican el día y la noche, el rayo, la primavera y el invierno.

Así la humanidad se hizo de dos explicaciones: el invierno se produce por la tristeza de una diosa que debe entregar a su hija al Hades por largos meses. O el invierno se produce porque el Sol sube menos en el cielo y cae más oblicuo. Ambas fueron válidas. Cuando Euclides construyó esa catedral fulgurante que es su Geometría, sobre apenas cinco axiomas, probó que en dos rectas cruzadas al azar los ángulos opuestos por el vértice son iguales. Teorema 15 del Libro I. Con éste, y el 27 y 28 demostró el 29: una línea recta que corta dos paralelas produce ángulos alternos iguales.

Con esas armas del intelecto y un palo clavado en la arena en Alejandría, fundada en Egipto por Alejandro Magno, Eratóstenes midió la circunferencia terrestre en el siglo III a.C., antes de saber que existía un continente que hoy llamamos América, sin ir a China, ni ver el océano Pacífico: la sombra de un palo al mediodía del solsticio de verano, más Euclides y razonamiento puro. Una cuerda tendida hasta el extremo de la sombra cuando es mínima da un ángulo, por el teorema 29 supo que en el centro del planeta (que debía ser redondo) se formaba un ángulo igual, y que ese ángulo en el centro de la Tierra subtendía un arco entre Alejandría y Siena, hoy Asuán, donde los rayos del Sol ese día caen verticales y se refleja el Sol en el agua de un pozo. Multiplicó el arco las veces necesarias para completar un círculo y dijo cuánto medía el planeta entero. Y acertó.

Pero la cristianización del Imperio Romano bajó el telón por mil años. Los arrebatos de furia del obispo de Alejandría, Cirilo, hoy san Cirilo, culminaron en el asesinato de Hypatia, astrónoma, matemática y filósofa. El terror despobló a Alejandría de sus mejores intelectos, que huyeron del martirio: Hypatia había sido descarnada en vida por las turbas de Cirilo.

Así la cristianización de Grecia y los países mediterráneos impuso una sola explicación, una narración de los hechos: la palabra del Dios único, sin forma y cuyo nombre no debe pronunciarse, creó el Cosmos. Esto produjo literatura maravillosa: el Génesis, los Salmos, Isaías, Job. Pero su rechazo de la religión pagana incluyó la culminación de la filosofía clásica, que no es otra sino la ciencia. Las esculturas debían destruirse por ser representaciones de humanos o animales y, en consecuencia, peligro de convertirse en objetos de adoración, de idolatría.

Pero también los estudios de la naturaleza eran de fondo pagano. Para saber lo necesario bastaba con leer los libros revelados: En el principio el espíritu del Innombrable vagaba sobre las aguas. E hizo la luz, separó aguas y tierras, creó plantas y animales, luego hizo al ser humano, un varón, por supuesto. Cansado, se tumbó a contemplar su obra. Eso es todo. Ha durado cinco mil años. Que al primer hombre lo hizo de barro es claro en hebreo: hombre se dice, transliterando, adam, adamá es tierra, adom es rojo; adón es señor, amo, dueño; edim es vapor, una forma del aliento de la tierra. Así que el primer hombre, que conocemos como Adán, se llamó Hombre y ya. Y como el hebreo no tiene mayúsculas o minúsculas, queda igual. Una curiosidad del español: leído a la inversa, como en hebreo, dice “nada”. Un breve palíndromo: Adán=nadA.

Es posible que el origen del Innombrable, el no figurable, el Uno de Parménides, haya estado en Egipto y no en el desierto de Canaán. El faraón Amenotep IV, harto del poderío acumulado por los sacerdotes a costa del trono, decidió realizar una profunda reforma: la prédica de los sacerdotes es falsa, sostuvo, pues no hay sino un dios, no tiene figura ni debe intentarse darle una, pero se puede representar por el disco solar, dador de vida. El disco es Atón-Ra. Amenotep cambió su nombre por Akén-Atón, Ajenatón: Horizonte de Atón, construyó una nueva capital política y religiosa en Amarna y, dueño del poder terreno, se apropió el celeste. Un movimiento genial en el tablero de la autocracia egipcia. Está deliciosamente narrado por Thomas Mann en su tetralogía José y sus hermanos. Qué sueños ni qué nada: el faraón estaba hasta la doble corona del poderío de los curas y los acabó con borrón y cuenta nueva.

El nombre que se escribe, pero no se dice

A la novedosa creencia del dios único y sin figura, los hijos de Abraham le añadieron otro obstáculo mental: su nombre se escribe, pero no se debe pronunciar; se escribe hei, vav, hei, iud, leído desde iud, de derecha a izquierda. Se le conoce como el tetragrámaton, lo cual no es sino griego para decir “el de cuatro letras”. Si le ponemos vocales (porque el hebreo no las pone casi nunca y en este caso sólo la i de iud), quedaría IAVÉ o Yavé. Nunca Jehová porque eso exigiría que el nombre en hebreo comenzara con la letra jet, de sonido aspirado fuerte y no es así. Para un judío observante es una falta religiosa decir el nombre, así que cuando un lector en voz alta o cantante, ahora que se han musicalizado los Salmos con música bellísima, llega a esas cuatro letras dice HaShem, El Nombre, como los chavos dicen El Equis.

Es fácil suponer que el monoteísmo de Ajenatón pasó a los descendientes de Abraham porque crecieron en Egipto y levantaron pirámides, luego de que José, hijo de Jacob, adivinara sueños al faraón, como dice el Éxodo. Sólo que no hay dato alguno en tal sentido. El libro del Éxodo, o de la Salida, no tiene base histórica alguna. Y si hay una historia conocida, y lo es porque no está escrita en papiros o pergaminos que se pudren ni en tablillas de barro que se rompen, sino en roca sólida, en paredes de granito, a cincel y marro, es la de Egipto, escritura descifrada desde los trabajos de Champollion y la piedra de Rosetta localizada durante la ocupación napoleónica de Egipto, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX.

Ni rastros de pueblo esclavo, ni de Moisés ni de órdenes divinas para liberar al pueblo elegido, ni de plagas para probar el poder del dios Innombrable. Nada. Cero.

Peor aún, los arqueólogos han descubierto que las pirámides no las construyeron esclavos, sino campesinos con varios meses libres y que, a cambio, ganaron tumbas a la sombra de la pirámide y su parte de vida eterna. Sólo que una catástrofe, un horror como la degollina de todos y cada uno de los primogénitos de Egipto por el Ángel de la Muerte en la primera noche de Pascua, incluido el príncipe heredero, estaría repetida en granito una y otra vez. Nada.

La resistencia del pensamiento mágico

Judíos, cristianos y musulmanes sostienen, contra toda evidencia histórica, la verdad del monoteísmo como revelación del Innombrable a Abram, luego llamado Abraham. Y es el primer patriarca para tres religiones que acepta casi media humanidad.

Un estudio de la Universidad de Chicago muestra por qué las supersticiones son difíciles de sacudir.

Los fanáticos de un equipo deportivo saben que ponerse la camiseta del equipo no influirá en el desempeño del equipo, aceptan que suponerlo sería irracional. “Pero de todas formas se la ponen”, dice la nota publicada en Psychological Review.

Estamos llenos de esas supersticiones resistentes: personas de lo más sensatas “tocan madera” para evitar la mala suerte o, al menos, lo dicen: “Toco madera para que no vaya a ocurrir”; creemos que nos podemos sacar la lotería, pero no que nuestro avión caiga, aunque lo primero es mucho menos probable; la investigadora Jane Risen, a cargo del proyecto, sostiene que “detectar un pensamiento irracional y corregir ese error son dos procesos separados, y no uno, como la mayoría de los sistemas cognitivos asumen”. Podemos detectar un pensamiento irracional y elegir, libremente, no corregirlo. Es un proceso que la investigadora llama consentimiento.

Detección y corrección son procesos desacoplados, de ahí que “hasta cuando las condiciones son perfectas para detectar un error: cuando la gente tiene la habilidad y la motivación para ser racional y cuando el contexto dirige la atención hacia el error, puede prevalecer la intuición mágica”.

Si hay personas que ven irracional el acto de creer que no transmitir una cierta carta por internet traerá un mal o que compartirla traerá un bien, pueden ignorar lo que la razón dicta cuando el costo es mínimo. Saben que la maldición sobre quien rompa la cadena de cartas es irracional, pero no cuesta nada compartirla, hasta se pueden decir: “Por si acaso”. Otro acto irracional que se consienten hasta con burla de sí mismos.

Religión y generosidad

Los padres religiosos (con cualquier tipo de práctica religiosa) “son más dados a describir sus hijos como empáticos y preocupados por la justicia que los padres no religiosos. “Pero nueva evidencia reportada en el journal Courrent Biology, de Cell Press, sugiere que de hecho es verdad lo contrario”.

En el estudio se observó que niños educados en un medio no religioso eran significativamente más dados a compartir que niños educados en hogares religiosos. Estos hallazgos “apoyan la noción de que la secularización del discurso moral puede servir para incrementar, más que reducir, la generosidad humana”, dicen los investigadores.

No es asombroso que un niño comparta más sus juguetes y alimentos por motivos centrados en la igualdad, la justicia y la simple generosidad que por otros donde cumple normas religiosas o acumula puntos para su remoto futuro en la eternidad.

El humanismo o el terror

Para entender el monoteísmo debemos observar que en Israel fue un sistema de sobrevivencia: en las lindes del desierto, la obediencia al padre y a los mayores debe ser absoluta, a riesgo de perder la vida; las reglas de alimentación también, pues no tuvieron problemas de triquinosis cerebral ni envenenamiento con mariscos de la costa llevados a Jerusalén a lomo de camello; no mezclar lácteos y carnes es saludable. En religión tenemos el padre terrible que castiga a sus hijos ahogándolos junto a perros, gatos, tigres, leones, lobos y elefantes que nada malo habían hecho al Eterno. Pero su éxito mundial vino con la figura amable de Jesús, el permiso para darle rostro, nombre e historia.

En el primer concilio cristiano, si le podemos dar ese nombre, los santos Pedro y Pablo debatieron en Jerusalén la apertura al mundo. Pedro era globalifóbico: la prédica de Jesús de Nazaret había sido para normar la vida de judíos observantes y suavizar los excesos de la ley: no matar a pedradas a la mujer adúltera porque nadie está libre de pecado, no condenar al campesino que siembra dos semillas distintas en su parcela ni al pobre que usa ropas de dos fibras porque el alimento y el vestido son prioridades en las que los pobres no tienen mucha elección.

Ganó la globalifilia de Pablo y el cristianismo se extendió entre los esclavos paganos con la promesa de que todos eran iguales ante los ojos del nuevo Dios único, arrepentido de sus excesos.

El humanismo, por el contrario, se centró en el ser humano. Dos figuras de culto simbolizan mejor que nada la religión del amor y la del terror: el maravilloso cuerpo desnudo y perfecto del dios griego Poseidón, el Neptuno romano, en el Museo Nacional de Atenas, y la fascinante pieza que representa a Coatlicue, en nuestro Nacional de Antropología. Uno está desnudo y perfecto. La otra tiene cabeza formada por dos serpientes gigantes y una faldita de víboras entretejidas. Dos altares: el del humanismo grecolatino que dulcificó la dura ley judía, y las muchas religiones del terror.