El ornitorrinco paradójico

publicado en la revista «nexos»
# 263, noviembre de 1999

 

Este es el texto que Luis González de Alba leyó durante la presentación de El antiguo régimen y la transición en México de Jesús Silva-Herzog Márquez, un libro que descubre nuevos ángulos de nuestra realidad política y que se niega a confirmar las doctrinas de siempre.

 

Me disculpo ante el autor y el auditorio por haber aceptado presentar una obra sobre materias que no son mi especialidad: mi alejamiento de las ciencias sociales ha sido completo por años, suponiendo que alguna vez estuve cerca por mi carrera.

Pero el libro me atrapó y decidí venir a contar una historia que podría interesarles, ya que nunca he sabido analizar un libro.

Durante años creí que mi generación, la llamada del 68, había aplastado a la siguiente. Es cierto que hemos estado en la renovación de la prensa y de la política, en las nuevas instituciones nacionales y en el abandono de la vieja piel, hoy ya un recuerdo. Pero también el lenguaje vacío de la izquierda, los sindicatos universitarios a cual más corruptos, los ancestros del PRD y luego este partido con sus autofraudes; la prensa sectaria de hoy. más abominable que la de ayer porque hoy el servilismo ha dejado de ser exigencia del poder; la idea de que Cuautémoc[1] Cárdenas sería un magnífico Presidente de la República: todo eso está en los saldos de mi generación. Así como vi mi granito, no de arena sino de buen concreto, personal y minúsculo, pero grano al fin, en el Muro de Berlín, me ha pesado hasta la responsabilidad directa, individual, con mis más cercanos compañeros de política estudiantil, de haber cambiado el nombre del auditorio Justo Sierra por “Che” Guevara.

Como el rey David, he pensado en cubrirme la cabeza de ceniza y hacer penitencia en el desierto. Si algún recuerdo me sonroja es mi comentario a quien hace catorce años era el gobernador priista de Michoacán, llegado a casa de un amigo común: “Oiga, Cuautémoc, ¿y usted nunca ha pensado en lanzarse a la Presidencia de la República? Muchos en la izquierda votaríamos por usted, aunque debiéramos votar por el PRI, pues estamos cansados de votar cruzando los dedos para que nuestro candidato no gane”. Así, rogando perder, algunos habíamos votado disciplinadamente por Amoldo Martínez Verdugo o por Heberto Castillo. Fuimos a las urnas con la convicción de que el riesgo era cero, pero con el sentimiento de culpa de quien hace una mala acción aunque sepa que no va a tener consecuencias.

El mal ejemplo había cundido al mismo tiempo que lo más rescatable de nuestra obra. Mis alumnos hacían huelga contra la idea de sustituir los exámenes arbitrarios que improvisamos los maestros, por exámenes diseñados en cada departamento y se admiraban de que yo no apoyara su “movimiento estudiantil”. Tenía llamadas: ¿pero cómo puedes estar contra los estudiantes? Al parecer habíamos convencido a México, no sólo de la urgente reforma política, sino también de que los estudiantes siempre expresan lo mejor, la conciencia social más pura, destilada de cualquier interés mezquino. “Son idealistas porque aún no han caído en compromisos”, dice alguien a quienes ustedes leen con veneración.

Otro de mis amigos y colegas inventó la sociedad civil con la que hoy cualquiera se da baños de pureza. Decidí dedicarme a investigar sobre la física cuántica, los quarks, la constante de Planck, los quasares y las más lejanas galaxias. Ese fue el convento a donde huí, perseguido por la turba en la noche de los muertos vivientes, de nuestros frankesteines y otros horrores que deambulan todavía en este atardecer espeluznante con el que muere nuestro antiguo régimen.

El amanecer de la razón

Y de pronto hasta el convento llegaron voces con todas las edades y las tesituras, pensando con libertad, analizando, replanteando las ideas intocables. Un día ya no fueron pocas voces, sino el claro anuncio de un amanecer de la razón, del fin de la receta para responder, la catástrofe de los libros sagrados. Una de esas voces, entre las de la generación que creí perdida, es la de Jesús Silva-Herzog Márquez, quien nos entrega en su libro El antiguo régimen y la transición en México, más que una recopilación de sus trabajos previos, una reelaboración de ideas bosquejadas previamente y transformadas en ensayos donde la reflexión emancipada produce hallazgos notables, de ésos ante los que uno murmura: ¿pero cómo no se me había ocurrido antes?

Me entusiasmaron, sobre todo, aspectos que quizá resulten los menos atractivos a lectores interesados en el momento político y son más cercanos a mis intereses. Por ejemplo, el señalamiento de que fue la invención de una categoría, el empleo de la palabra autoritarismo, lo que abrió la ventana al análisis del caso político mexicano, siempre visto como inanalizable por único. “Como México no hay dos, y basta”. Pero los humanos somos seres categorizantes: sólo podemos entender lo que haya pasado por el proceso inconsciente de la categorización. Un buen ejemplo son las artes, pues un artista necesita ser definido por la crítica como primer paso del proceso de análisis. Cuando esto no se logra, siempre hay un sentimiento de desazón. Tomemos por caso a Eric Satie. Nadie sabe de dónde salió este músico de las Gymopedias, dónde ponerlo, qué hacer con él.

No menos atractivo es que el autor no caiga en la diatriba contra el régimen, que por fácil abunda, y se proponga comprender. entender. Nos presenta una primera fase, al término de la Revolución, donde la estructuración del nuevo Estado pasa por la vieja manía mexicana de considerarnos víctimas. Dice: “Apenas exagero si digo que el alimento del nacionalismo mexicano ha sido la derrota”. No estoy de acuerdo con el autor en el matiz, pues estoy seguro de que no exagera en absoluto. De esa fuente de lágrimas amargas y en el rincón de una cantina donde oímos la canción que pedimos, nace el nacionalismo, y de éste se construye un régimen autoritario en lo político y poco competitivo en lo económico, señala el autor.

Sobre una cita de Jorge Cuesta en las páginas 20 y 21. los mexicanos podríamos pasar largas horas añadiendo anécdotas. Dice: “El nacionalismo mexicano se ha caracterizado por su falta de originalidad, o, en otras palabras, lo más extranjero, lo más falsamente mexicano que se ha producido en nuestro arte y nuestra literatura, son las obras nacionalistas. Como una ironía del destino, encontramos que en el momento en que más ‘nacionales’ hemos sido es cuando nos hemos falsificado más”.

Pensemos únicamente en que las peores caricaturas de lo mexicano las hacemos los mexicanos. En ningún mercado de artesanías falta el campesino sentado, dormido, semicubierto por un sombrerote y recostado donde es imposible recostarse: en un cacto espinoso. Nuestros artesanos los hacen de barro, de ónix, de cobre y hasta de plata. Son mexicanos quienes se plantan esos sombreros enormes hasta la risa que llevan a los partidos de futbol contra selecciones extranjeras y que nadie en el país usa ni ha usado jamás. Y qué decir de los sombreros de “charro” color guinda, verde, morado o fucsia, completamente cubiertos, hasta el ridículo, de lazos y adornos dorados y baratos, y que venden a los turistas todos nuestros aeropuertos. Peor aún: ya hay mariachis nuevos que se los ponen, suponiendo que son sombreros de charro.

Los que pedimos ideas

Lo que algunos lectores pedimos a los analistas de nuestro momento político es que nos descubran nuevos ángulos, no que nos confirmen en nuestras propias doctrinas. Y el tercer Silva-Herzog no se limita a recuperar el anecdotario de las maldades del régimen, que son muchas y ya las sabemos de sobra. Trata, además, de alcanzar una explicación. Así es como nos dice que fue la vitalidad del sistema circulatorio propio del régimen inventado por Calles, la gran movilidad política garantizada por el PRI y sus ancestros, lo que nos dio setenta años de priismo con pocos sobresaltos.

Los mítines y las asambleas atribuyen a la represión la sobrevivencia del régimen y obtienen así más aplausos del respetable de los que obtendrá Jesús Silva-Herzog con su idea de que es la capacidad para repartir parcelas de poder lo que generó la aceptación social del PRI: una diputación local, un empleo en la subsecretaría, hasta una licencia de inspector: había para todos y cualquiera podía llegar a Presidente de la República. Sólo se le exigía disciplina, hacer cola ordenadamente. Aunque luego, señala el autor, si el PRI fue durante décadas un partido mimado, eso mismo lo atrofió como partido. Otra idea interesante.

En este aspecto, me permitiría señalar que de esa atrofia parece recuperarse milagrosamente el PRI. De una parte, con sus propias siglas, como acabamos de ver en la aplastante victoria ante la alianza PAN- PRD y otros partidos en las elecciones por la gubernatura de Coahuila. Y de otra parte, con cambio de siglas, porque es un hecho que Zacatecas, Tlaxcala, Baja California, Nayarit y Aguascalientes, están gobernados por priistas, aunque las cuentas alegres del perredismo los enlisten en triunfos del sol azteca o de sus alianzas. Y por qué no decirlo, también el Distrito Federal. Estos gobernadores se formaron en el PRI, con las relaciones, mañas, usos y costumbres, alianzas, métodos y trapacerías del PRI. Luego son del PRI aunque hayan llegado al poder al azar de otros colores.

Lo cierto es que la gente votó en esos estados no por el PRD. sino por una persona que también habría ganado, y con más votos, si la lanza el PRI. Pero de que conservan las mañas ni quien lo dude. Ya lo decía en la cárcel el Pino: “Una vez boy scout, siempre boy scout”. El lo decía para molestar a los exmiembros del Partido Comunista que se habían rebelado contra la dirección y señalar que ni eso los cambiaba. Pero el refrán se le aplica hoy a su jefe: vean a Cuautémoc Cárdenas brincoteando gozosamente en las arcas abiertas del Distrito Federal, como buen priista. para promover con millonarios anuncios de televisión su deteriorada imagen, y vean cómo retrasó su renuncia para no sacar la chequera personal a la hora de pagarle a Televisa y Televisión Azteca.

Como dijo La Crónica: cuatro lecciones deja la derrota de la alianza PAN-PRD en Coahuila, menciono dos: 1) las alianzas sólo triunfan cuando llevan un candidato salido del PRI. y 4) sólo el PRI puede destruir al PRI. Así es: el PRI sólo ha perdido en donde ha ganado un expriista, incluido el Distrito Federal.

Las investigaciones y lecturas con las que Jesús Silva-Herzog articula sus ensayos encuentran en ocasiones diamantes de tantos quilates como éste: “En el gobierno una sola fuerza política debe sobresalir: la del presidente de la república, que debe ser el único representante de los sentimientos democráticos del pueblo”. Adivine el lector quién lo dijo: Gustavo Díaz Ordaz, Fidel Castro, Benito Mussolini. Frío, frío. Fue el presidente Lázaro Cárdenas, en completo olvido de la representación directa con la que el voto popular inviste a nuestros diputados y senadores, ya no digamos a los gobernadores de estados libres y soberanos. ¿Y quién afirmó: “Ayer encarné la voluntad de la nación?”. Diríamos por aclamación que Luis XIV y nos equivocaríamos rotundamente. Fue hace dos años Porfirio Muñoz Ledo con su mansedumbre acostumbrada.

Estos son los detalles que ponen sal en las páginas de Silva-Herzog y vuelven su libro una lectura atractiva. Aunque debo admitir que soy mal lector: divido los libros en los que me aburren y abandono, y los que me atrapan. Hace muchos años que dejé de leer por disciplina y de avergonzarme por no conocer la última novedad.

Tenemos pues, en El antiguo régimen y la transición en México una rica recopilación de temas para ayudarnos a comprender el México que comienza a vivir su democracia: la prensa frenética y desenfrenada con su tributo a la emotividad; la fantasía del gobierno directo y el tiempo de los charlatanes que dicen lo que el auditorio quiere oír, el ornitorrinco del viejo sistema, la transición sin cabezas. Uno concluye esta lectura no más enojado, sino con nuevas herramientas para organizar la aparente confusión de los hechos diarios. Lo cual no puede afirmarse de quienes se han convertido en burlones profesionales y expertos en arrancar aplausos con sus viejos juegos de palabras y eternos retruécanos.

Ah, los editores, ah…

No quiero dejar de mencionar la edición de Planeta al libro de Jesús Silva- Herzog Márquez, por pasmosamente mala. De una parte, las numerosas citas del autor, cuando van incorporadas al texto, como las que he leído, son todas muy apreciables y están en donde deben ir. Pero las notas al pie de página, y casi una en cada página. entorpecen la lectura e impiden que las ideas fluyan del autor a su lector. Sobre todo las absolutamente prescindibles en las que el autor reconoce cierto parentesco, a veces remoto, de una idea suya con lo expresado por otro analista; éstas debieron ir al final del libro, para consulta exclusiva del especialista interesado en profundizar el tema.

Una manía resulta particularmente irritante en los editores, y es la de escribir Partido acción nacional, Partido de la revolución democrática, Partido revolucionario institucional, con mayúscula exclusivamente en “Partido” y minúscula en las demás partes del nombre. No se trata de erratas, como puede uno creer en las primeras páginas, sino de una manía tipográfica que distrae, enoja, interrumpe, pone de mal humor y tienta a abandonar la lectura. Sobre todo cuando vemos que también Suprema corte de justicia lleva minúsculas en “corte” y “justicia”. Anda, y yo con estos pelos.

Algunos descuidos editoriales llegan a cambiar el sentido completo de una frase, por ejemplo donde se lee: “Es hasta el sexenio de Lázaro Cárdenas, cuando el partido oficial controla todos los espacios de la representación y el presidente es el líder incuestionable del partido”. Esto significa que después del presidente Cárdenas el partido oficial dejó de controlar y etcétera. Resulta obvio que la idea es la contraria y que falta un “no”: “No es hasta el sexenio de Lázaro Cárdenas, cuando el partido oficial controla todos los espacios…”. Es la diferencia que hay entre “está abierto hasta las cinco” y “no está abierto hasta las cinco”. En el primer caso, cierran a las cinco; en el segundo, abren.

En la nomenclatura técnica de los seres vivos, los nombres se escriben con mayúscula en el género y minúscula en la especie. Pero Ornithorhyncus paradoxus está escrito con dos mayúsculas en plena portada y con dos minúsculas en el interior. No se trata de un caso excepcional, ni de mala suerte de un libro, pues Las Preguntas de la vida, de Savater, con sello de Ariel pero reimpresión mexicana de Planeta, lleno de empastelamientos de párrafos enteros que hacen de su lectura un laberinto, se me quedó convertido en un montón de hojas sueltas. Al terminar la lectura, ya no había libro.

Luis González de Alba. Escritor. Colaborador de La Crónica. Su más reciente libro es Cielo de invierno.

1 Escribo “Cuautémoc” sin la ridícula e inútil h intermedia. Espero hacer escuela.

 

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