Los aguafuertes del conquistador

publicado en la revista «nexos»
# 154, octubre de 1990

 

José Luis Martínez: Hernán Cortés. FCE. México, 1990. 548pp.

 

Es inconcebible una visita a los orígenes de la nación mexicana sin toparse con la presencia pavorosa de Hernán Cortés. Fue un papá hiperactivo que estuvo presente y actuante en todas las tareas que concurren a la concepción y el nacimiento de cualquier criatura. Como si fuera un “norte” de los que se meten por Veracruz, descabezó dos imperios y varios señoríos a fuerza de golpear a unos contra otros y de astucias, crueldades y mimos. En la amplia región demolida, introdujo nuevos negocios agrícolas y ganaderos, de extracción de oro y plata y de hechura de viviendas, de vestidos y de comidas, inspirados en los de su patria española. Amplió la economía prehispánica conforme a tres modelos que acá se llamaron: rancho, mina y obraje. En el orden social, fue introductor de la encomienda, el municipio y el régimen monárquico. En el orden de la cultura, deshizo ídolos y expidió sermones y puso el ejemplo de una moral cristiana que hizo compatible con el harem islámico, el orgullo, la gula, la avaricia y el ocio sazonado con juegos de azar.

El chisme callejero le atribuye la paternidad de la rezandería ostentosa, el divorcio por ahogo del cónyuge, la charrería, las corridas de toros, el espíritu de prepotencia, el machismo que permite mandar en la casa y tener una colección de concubinas, el séquito imponente de lambiscones, el soborno, la siesta, la cuatezonería, la dignidad que no perdona y otras reales o supuestas características del mexicano. Los académicos coinciden en que era un tipo de muchas caras; de origen pobretón y pueblerino, pero amante de riquezas y resonancia universal; con pocas letras y con talento de escritor; de cutis ceniciento y pegue con las damas; amable simulador, frío, iracundo, alegre, triste, impávido en las tormentas, demoledor de una cultura fascinante e inhumana y artífice de otra de rostro menos temible.

Pese a lo recio de la personalidad cortesiana y a su función de padre, o por lo menos de primer albañil de México, ha tenido poca suerte con los contemporáneos y con los pósteros. Tuvo poca fortuna con los poetas épicos de antes y con los novelistas de ahora. Tampoco da lugar a piezas sobresalientes de teatro y ópera o a filmes que quiera uno volver a ver. Con todo, ha merecido la atención de más de cien historiadores de fama. Como César, Cortés puso los cimientos para la obra de sus biógrafos con esa especie de autobiografía, que en el caso del capitán español, la forman cinco cartas. A partir de los partes militares de Cortés, se escribieron, ya como ampliación y apoyo, ya para refutarlos, las obras magistrales de Francisco López de Gómara, Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Zorita, Francisco Cervantes de Salazar, fray Jerónimo de Mendieta, fray Juan de Torquemada, Antonio de Solís y de otros historiadores de oriundez española. A las célebres Cartas de relación de Cortés se sumaron abundantes testimonios de los vencidos que recogen los Anales de Tlatelolco, el Libro de la conquista, La Relación de Michoacán y otras obras similares que no es este el momento de presumir.

Lo escrito sobre Cortés en la colonia proporcionó suficiente combustible a dos versiones opuestas e iracundas del personaje que produjo al por mayor una república independiente e infantil. Cortés fue maldecido por muchos liberales y sus aliados anglosajones mientras le echaban incienso Alamán, los conservadores y sus aliados de la península ibérica. Durante una centuria fue escupido y ensalzado.

A partir de la llegada de la historia científica a México con los transterrados españoles del último medio siglo, la figura de Cortés, quitados los desahogos de doña Eulalia Guzmán, ha sido objeto de las semblanzas fidedignas de Manuel Alcalá, Fernando Benítez, Carlos Bosch García, José Fuentes Mares, Bernardo García Martínez, Ramón Iglesia, Ida Rodríguez Prampolini, Silvio Zavala y el centenar de historiadores profesionales que contribuyó al Primer Congreso Internacional sobre Hernán Cortés celebrado en Salamanca en ocasión del quinto centenario de su nacimiento o que puso por escrito su imagen cortesiana en alguna publicación periódica. A este desfile, llamado académico por algunos y científico por otros, acaba de alinearse un historiador de la literatura del que no cabía sospechar su afición al primer general de este país.

En los años cuarenta, en los institutos de cultura superior de la ciudad de México, en Colmex, la ENAH y la UNAM, circulaba el chisme de que el joven jaliscience José Luis Martínez estudiaba para Alfonso Reyes. De hecho, se convirtió en un humanista consumidor de toda especie de humanidades. Como el regiomontano ilustre, se puso a estudiar a los escritores desde el tiempo más remoto hasta nuestros días. Como él, hizo muchos viajes y se rodeó de miles de libros, pero además fue lo que siempre detestó don Alfonso: político, diputado, aunque a la manera de Gutiérrez Nájera. Al revés de su maestro que siempre anduvo de investigador saltarín y más universal que mexicano, el discípulo goza de la buena fama de ser un curioso que puede concentrarse en algunos temas, en su gran mayoría patrióticos. El investigador sistemático que es José Luis Martínez ya tiene en su haber una docena de libros sobre literatura mexicana, sin contar la biografía del poeta y rey Nezahualcóyotl. Ahora, brinca a la mitad del foro con la que quizá resulta su obra máxima, con un libro de gran aliento sobre el soldado e historiador Cortéz.

Martínez se propuso un campo de estudio amplísimo: Hernán Cortés, su contorno y su resonancia. Abre boca con “los dos mundos que se encontraron”, con una breve síntesis del México antiguo y un sumario no menos preciso de aquella España Medieval que se volvía renacentista. También antes de entrar en su historia de vida ofrece un panorama de los indios durante los treinta primeros años de la dominación española. Enseguida acomete el estudio de todo lo que se sabe con seguridad de la familia italoespañola del conquistador, de la infancia de éste y de los latines aprendidos en la universidad de Salamanca, del aprendizaje de aventurero en Cuba, la expedición a México, los incidentes de la travesía de Cozumel a Ulúa; el conflicto con Velázquez, la fundación de Veracruz y el desmantelamiento de las naves; el recorrido triunfal de Veracruz a México, la flor lacustre que dominaba muchos reinos y señoríos. El autor analiza a fondo, en cinco capítulos, los episodios mayores de la demolición del imperio de los mexicas y de la hechura del reino bautizado por Cortés con el nombre de la Nueva España.

Otros biógrafos han preferido regodearse con la carrera ascendente de Cortés, pero José Luis Martínez se ocupa sobre todo del despeñadero de desgracias que empezaron con el viaje a las Hibueras, los negocios corruptos de los lugartenientes del viajero y la trágica expedición a las Molucas; continuaron con el juicio de residencia, el regreso a España, las frías conversaciones con el emperador Carlos V, la obtención de algunos títulos, la pérdida del poder, que era lo que más amaba el ilustre capitán, y terminaron con el inacabable juicio contra él, los miles de pleitos y los malos negocios, la pobreza y la muerte. A la declinación y el fin de Cortés, Martínez le concede diez sádicos capítulos.

Los otros temas que llaman la atención del hasta ahora más incisivo estudioso de Cortés, son doña Marina, la primera amante india y eficiente secretaria trilingüe de don Hernán; su populoso serrallo; los once hijos que hubo con media docena de españolas e indias; el probable síndrome de Barba Azul que le atribuyen algunos malquerientes; la peregrinación de su osamenta; los retratos de pluma, pincel, buril y brocha que se le han hecho al través de los siglos; su mala suerte con la epopeya, y sobre todo, el carácter, la cultura, las ideas directrices y los escritos de índole autobiográfico, histórico y jurídico.

Si la figura de Hernán Cortés no fuera tan controvertida, José Luis Martínez podría haberse evitado una cimentación documental tan ancha y honda como la que le puso a su biografía. Creo que nadie ha juntado y leído tal cantidad de testimonios impresos y de puño sobre Hernán Cortés y su hueste como el autor de este volumen. La investigación ha sido exhaustiva. El metodólogo más exigente puede testimoniar el buen desempeño de las operaciones heurísticas o de junta de testimonios y críticas o de examen de las pruebas. Martínez se ha comportado como un erudito de la mejor época de la exactitud histórica, pero le ha vuelto la espalda a una manía de su siglo y de su generación.

Este esbozo de crítica hubiera resultado menos trivial de haber podido exponer las filosofías de la historia y de la conducta humana usadas para esclarecer la vida y el comportamiento del sin duda neurótico y del sin duda ariete de una clase social explotadora. Pero el autor ha echado a perder esta parte cumbre del análisis de su biografía pues no acude ni a Freud ni a Marx ni a Comte ni a ningún gran visionario del hombre para entender al hacedor de la Nueva España. Martínez comprende y explica el ideario y la conducta de su complejo personaje al modo del vulgo, con las entendederas del sentido común. Aquí se dibujan la parte visible de un señor y del escenario donde hizo su vida que no las impersonales que le dieron personalidad. Para bien de los lectores esta no es una interpretación que sí una exhumación de Cortés.

Todos los que se han metido a investigar al coloso acaban arrojándole insultos o elogios o las dos cosas. El retrato tan objetivo de José Luis Martínez no es la excepción. Agrega a la imagen cortesiana un buen lote de juicios de valor: “resistencia física”, “calculada audacia y valentía”, “comprensión y utilización de los resortes psicológicos y los móviles del enemigo”, “ausencia de escrúpulos morales” y de sentimientos, “avidez erótica puramente animal”, “codicia por el oro y los bienes patrimoniales”, “gusto por la pulcritud personal”, “acertada elección de sus capitales”, “dominio de los hombres”, “interés y amor por la tierra conquistada y su pueblo”, “intensa religiosidad y fidelidad a su rey, nunca ofuscadoras”, “ambición de poder y de fama más fuertes que el afán de riqueza” y otros juicios semejantes que le dan sabor al espeso caldo que es este libro.

Como es costumbre en las biografías, en ésta se acata el orden cronológico pero sin fanatismo. Como lo reconoce el autor, “cada vez que se llega a episodios destacados y controvertidos, se recogen todas las versiones conocidas, españolas e indias”, antiguas y modernas. En el caso del juicio de residencia, “por haberse extendido con interrupciones durante largos años”, se consideró preferible exponerlo en conjunto “en un par de capítulos, uno de acusaciones y el otro de defensas”.

El nuevo y hasta ahora más acucioso historiador de Cortés ha hecho, con la vida y la obra de su personaje, una extensa narración entrecortada por muchos títulos y subtítulos, epígrafes, digresiones, notas, cronologías parciales y otros topes. Como quiera, pese a las trabas, es un discurso narrativo, una serie de episodios bien contados que muchas veces pepenan con fuerza la atención e impiden cambiar esta lectura por otras. Se trata de una novela de caballería verídica.

Como resumen de las impresiones dejadas por una lectura de cuarenta horas, por una descomunal semana inglesa, cabe decir que el Hernán Cortés de José Luis Martínez es un libro muy voluminoso que por su mismo volumen atemoriza a los lectores. Como quiera, la estatura del personaje Cortés y el prestigio del autor Martínez empuja a empezar a leerlo, y quien lo empieza fácilmente lo acaba. Para los que gustan las golosinas de la erudición, las abundantes notas de pie de página, los bien escogidos epígrafes y citas, los cuadros cronológicos, la gruesa de ilustraciones, las bibliografías y el índice onomástico constituyen sabrosas guarniciones de una obra esencialmente sabia. Los reacios a la erudición con poco esfuerzo pueden apartar la vista del voluminoso aparato erudito y aún saltarse a la torera las cien primeras páginas y salirse de la lectura al concluir el capítulo XXV. Por la mayor parte de la obra se puede recorrer con la facilidad a que nos han acostumbrado las grandes biografías del siglo XX. Aunque sea en primer término un libro para especialistas, atrae a todo buen lector, y quizá sólo excluya a los niños. Se cometería un abuso si se pusiera como texto obligatorio en las escuelas primarias del país, pero sí cabe recomendar su lectura a todo mexicano adulto. Los especialistas en el padre fundador de México encontrarán datos y enfoques novedosos, y el resto de los compatriotas, la suma objetiva de lo que conviene que sepan del primer diseñador y albañil de su patria.

 

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