Cómo la pobreza moldea el cerebro

publicado en la revista «Nexos»
# 432, diciembre de 2013

 

No es difícil suponer, sin estudio alguno ni esperando premio, que desde la etapa prenatal, el embrión y luego feto, resulta dañado por la desnutrición de la madre. Y el órgano más exigente, el que consume más de nuestras calorías diarias, es el cerebro. Pero un estudio de la Northwestern University plantea algo mucho más complejo: si bien se conocen hace unas dos décadas estudios que asocian el nivel educativo de la madre, su escolaridad, con el desarrollo de habilidades cognitivas en los hijos, investigaciones nuevas asocian elementos inesperados en el aspecto neural: hay pobre procesamiento de la información auditiva en el cerebro adolescente cuando la escolaridad de la madre es baja.

Pero, ¿no entiendes español? ¿Cuántas veces te lo debo repetir? Son las expresiones usuales cuando parece toparse uno con alguna inexplicable dificultad para darse a entender.

Educar a las niñas es producir familias con hijos más capacitados para comprender lo que oyen y tomar decisiones con esos datos. El no pocas veces desesperante nivel de incomprensión en estratos sociales pobres no es sólo un problema de lenguaje: que se empleen términos comunes en medios sociales de mayores ingresos e inusuales en otros de menores ingresos. Esto tampoco es novedad: hay una correlación directa entre amplitud de vocabulario e ingreso familiar porque la pobreza también se observa en pobreza de estimulación: lecturas, conversaciones, música, cine, tv elegida.

Hay un corto gracioso que corre por internet: con cámara y micrófono, un joven hace entrevistas en las que pregunta al transeúnte si le parece que los heterosexuales deban tener derecho a casarse, a adoptar hijos, o si vivirían con un heterosexual. Todas las respuestas que he visto van del civilizado: “Cada quien su vida”, a la negación rotunda. En ambos casos, la persona entrevistada entiende algo muy distinto. Quien responde que “cada quien su vida” tiene en mente alguna diversidad sexual, y no la simple atracción de un sexo por el opuesto, sino algo inusual, para que haga necesario demostrar aceptación, tolerancia, amplitud de criterio. La persona entrevistada no sabe qué es un heterosexual, ya responda con tolerancia o sin ella.

La explicación es sencilla: heterosexual consta de dos partes, una bien conocida: sexual. Y otra, hétero, que debe de ser algo raro puesto que tiene nombre y sólo las enfermedades, los vicios y los delitos tienen nombre.

En el estudio mencionado, adolescentes con madres de bajo nivel escolar mostraron actividad más ruidosa en las neuronas, esto es, dispersa, al azar aun si no recibían ningún estímulo auditivo. Además, “la respuesta al habla en estos adolescentes con madres de baja escolaridad era errática ante estimulación repetida, con baja fidelidad al estímulo verbal”. Esto es, ante la misma expresión, la respuesta neural podía ser diversa, errática. De ahí la repetida queja de maestros y empleadores acerca de que son muchachos que “no entienden”.

Dice Nina Kraus, del equipo de autores: “Imagine el ruido neural como estática en radio, con la voz del locutor débil entre el ruido”.

La educación materna fue una aproximación al nivel socioeconómico en el estudio. Los adolescentes se dividieron en dos grupos, según la escolaridad de las madres. Los de madres con baja escolaridad tuvieron respuestas al habla más ruidosas, más variables y representaron débilmente la señal de entrada (las palabras dirigidas a ellos), además “sus ejecuciones en pruebas de lectura y de memoria de trabajo también fueron más pobres”. Es memoria de trabajo la de corto plazo, la que tenemos en uso durante el desempeño de una tarea: sacamos las reglas del ajedrez si lo jugamos o hablamos del tema, no las tenemos de forma constante en la conciencia. Recordamos las jugadas inmediatas y la información necesaria durante la ejecución de una tarea cognitiva compleja.

La memoria de trabajo codifica, guarda y recupera datos necesarios en cada oportunidad. Una medida de la memoria de trabajo la tenemos cuando debemos introducir una clave, por ejemplo al ingresar por internet a la cuenta bancaria. Si nos aparecen 10 números que debemos transcribir en un recuadro, ¿cuántos grupos hacemos al escribir esa clave? Es rara la persona que de una mirada recuerda los 10 números. También es rara la que escribe de uno en uno. Se nos dan más los pares o los tríos. Salvo excepciones en el formato: 12345678910, 1234554321, 0102030405… y otros que captamos de un golpe o dos más bien por una característica de diseño. Eso ocurre también al leer música: hay acordes que no desciframos, los vemos de golpe.

Esa memoria de trabajo es una ruina en los jóvenes con madres de baja escolaridad. El estudio aparece en el Journal of Neuroscience del 30 de octubre pasado: “The impoverished brain: Disparities in maternal education affect the neural response to sound”.

Algo mucho peor: el estudio básico por Hart y Risley en 1995 “reveló que los niños de familias con altos ingresos se exponían a 30 millones más palabras”. No significa palabras distintas, que no hay esa cantidad, sino 30 millones de veces más a palabras cualesquiera.

Se están realizando estudios en el Northwestern’s Auditory Neuroscience Laboratory para probar si la educación musical puede enriquecer el procesamiento auditivo y así reducir el ruido; en otras palabras, que las neuronas produzcan respuestas consistentes ya que la inconsistencia está correlacionada con dificultades en la comprensión de lectura. Es como tener un cortocircuito permanente en el cerebro. Las palabras perdidas en el ruido, como el de la estática de radio, son muchas.

“Modificar el mundo auditivo de un estudiante, aunque sea durante un fragmento del día, puede mejorar sus resultados académicos al conseguir sintonización fina de la forma en que el sonido se codifica en el cerebro”, dice la autora principal, Erika Scoe. Otras actividades escolares podrían disminuir el impacto negativo del medio acústico pobre. El problema está localizado en las neuronas mismas, en que el cerebro crea una señal diferente ante un mismo sonido.

Las señales del cerebro se evaluaron mientras estudiantes de noveno grado (tercero de secundaria) recibían señales auditivas o no. Las respuestas automáticas al sonido permitieron detectar circuitos sensoriales y cognitivos.

“Al estudiar el estatus socioeconómico dentro de un marco neurocientífico, podemos ampliar nuestro entendimiento de la firma biológica de la pobreza”, dice Kraus. “Y entender mejor cómo las experiencias moldean el cerebro puede robustecer los esfuerzos educativos dirigidos a cerrar la brecha socioeconómica”. Esta brecha es responsable de los diversos grados de logro en los estudiantes. Si la pobreza en el procesamiento de sonidos se relaciona con el nivel escolar de las madres, otros estímulos deben preverse para que se produzca la sintonía fina que se observa en la comprensión de una clase o de una lectura.

Sabemos, por las pruebas ENLACE, que el estudiante mexicano termina sus cursos sin entender lo que lee. El estudio en el Journal of Neuroscience ofrece alternativas.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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