Nuevos poderosos tienden a ser más vengativos

publicado en la revista «Nexos»
# 433, enero de 2014

 

Investigadores de la Universidad de Kent, Reino Unido, han demostrado que “la gente no acostumbrada a tener poder tiene mayor probabilidad de ser vengativa cuando se la coloca en un cargo. En cambio, los habituados al poder son más tolerantes al percibir errores”. Son menos agresivos con los subordinados que se equivocan.

El equipo estuvo codirigido por Mario Weick, de Kent, y Peter Strelan, de la Universidad de Adelaida, Australia. Es la primera ocasión en que se explora la relación entre poder y venganza, según Martin Herrema, de Kent. Concluyeron que “venganza y otros actos de agresión es más posible que los realicen personas nuevas en el ejercicio de un poder: se sienten más vulnerables a amenazas, y no quienes están seguros de sí mismos y tienen experiencia en ejercer poder”.

El equipo llevó a cabo cuatro experimentos, tanto en el Reino Unido como en Australia, en los que participaron unos 500 estudiantes y público general. Durante los cuatro experimentos, los participantes respondieron a transgresiones, entre ellas: plagio, negligencia, chismorreo y delitos violentos en estado de ebriedad.

Se hizo una diferenciación de los participantes al otorgar poder a parte del grupo antes de que los investigadores midieran la inclinación del grupo general a buscar venganza contra los culpables de las transgresiones ya señaladas. Otra parte del grupo no pudo ejercer ningún poder ni sufrió alguna experiencia ante la que sintiera impotencia.

En los cuatro estudios, quienes no estuvieron acostumbrados a ejercer poder y lo tuvieron buscaron más venganzas que los seguros de sí mismos. En cambio, no se encontraron diferencias en el revanchismo entre el grupo no expuesto al poder y el que sufrió un breve episodio de impotencia.

“Nuestros resultados proveen una firme indicación de la relación entre poder y revancha. El poder no es simplemente bueno o malo, afecta a personas diferentes de distinta manera. Nuestros estudios iluminan algunos de los efectos negativos que el poder puede tener en personas menos acostumbradas a estar a cargo. Para los más acostumbrados al poder, por otra parte, las consecuencias fueron en realidad bastante positivas en lo que concierne a buscar revancha”, dijo Weick.

Fue interesante que no sólo la habilidad de impactar a otros resultara en diversas inclinaciones a tomar represalias: “Las posturas corporales también demostraron tener un efecto. En un estudio, un grupo de participantes estuvo de pie con postura corporal expansiva, mientras otro grupo se sentó agachado sobre el suelo. En otro estudio, los participantes hicieron puño con la mano o abrieron la palma mientras leían acerca de transgresiones”.

Resultó que tanto el grupo con posición corporal expandida como el de puño apretado inculcaron un sentido de poder en los participantes y eso condujo a mayor grado de venganza en personas menos acostumbradas a ejercer poder, comparadas con los más seguros de sí mismos. “Estas diferencias no emergieron cuando los participantes se sentaron agachados en el piso o abrieron la palma de la mano”, dijo Weick.

“Nuestros hallazgos son también relevantes para comprender cómo se forman y mantienen las jerarquías sociales. El temor a las represalias podría ser una razón que evitara que la gente en la base de las jerarquías busque alcanzar posiciones de poder”, añade Strelan.

Cómo se influyen sexo y género

Si procesamos el lenguaje poniendo atención o no a algo más que no sean las palabras, es un viejo debate. “Pero no fue hasta que científicos de la Universidad de Kansas diseñaron un experimento que demostró que el sexo de quien habla afecta la velocidad a la que el escucha identifica gramaticalmente las palabras, cuando se tuvo evidencia de que aun los procesos de nivel superior se afectan por quien habla”, sostiene un informe de esa universidad: “Sex of speaker affects listener language processing”, publicado en el journal PLOS ONE del 13 de noviembre pasado.

Los investigadores basaron su estudio en el idioma español porque las palabras tienen género gramatical: las que terminan en “o” son casi siempre de género masculino, y en “a” de género femenino. Pero las hay, como flor, canción, coche, voz, con otras terminaciones y sin dato para atribuir un género, aunque de género indudable para el hablante nativo. O malos amigos como “el habla”, “el clima”, “la o”, “la sobrecargo”. Con género común de dos: el dentista y la dentista. Las literarias: la mar; las arcaicas: la calor, la color.

El inglés ofrece, entre sus ventajas para quien lo aprende como segunda lengua, su falta de géneros (aunque ship es she), y de conjugaciones, con excepción de la tercera persona del singular en presente que añade una “s”: he loves me, y así nos evita el papelón de decir “el mesa, la coche, yo vienes, él vine…” y otras que nos hacen sonreír o corregir, a veces mal, como el rotulista que, al oír que su cliente libanés quería llamar a su tienda El Baratas, pintó La Barata, sólo para oír la indignada explicación: ¡No, no! ¡El Baratas!: ¡los que traen pata de palo, parche en un ojo y un perico en el hombro! (Contado por Adrián, mi sobrino mayor.)

También italiano, francés y portugués tienen dos géneros asignados a sus adjetivos y sustantivos, sin que tengan siempre relación con aspectos sexuales: el término común para el órgano sexual masculino es de género femenino en español y en francés, y para el femenino es masculino. De ahí la confusión ahora que la moda es hablar de “violencia de género”, cuando es de un sexo contra el otro (y se da en ambos). El alemán y el griego tienen tres géneros porque incluyen el neutro y, además de conjugar los verbos, declinan los sustantivos y adjetivos en casos, según su función en la frase, como el latín: dominus, domini, dominum, domine, domino, dominorum... el señor, del señor, al señor, ¡señor!, en-con… el señor, de los señores…

Pero en el estado de Kansas abunda la población hispano-hablante, sobre todo mexicana. “Los investigadores mostraron que el sexo de quien habla afecta cuán rápida y precisamente los escuchas pudieron identificar una lista de palabras españolas como de género masculino o femenino. Cuando había desajuste entre el sexo del hablante y el género de la palabra, los escuchas se atrasaban en identificar la palabra y eran menos precisos. Tanto los que hablaban como los escuchas tenían el español como idioma nativo”.

Señala Michael Vitevitch la contradicción de estos resultados con la idea de que “gramática y sintaxis son procesos cerebrales automáticos e intocables, y todo lo demás: el sexo de quien habla, su dialecto particular, etcétera, el cerebro lo arranca cuando procesa la señal sonora de una palabra y la almacena como forma abstracta. Este es el modelo abstraccionista de cómo almacenamos palabras en la memoria encabezado por el bien conocido científico, lingüista y filósofo Noam Chomsky y sus seguidores”.

Vitevitch sostiene que el estudio realizado por su equipo muestra que esa información —sexo de quien habla, acento— sí influye no sólo el proceso por el que se reconocen las palabras, “sino los niveles superiores asociados con la gramática” y que, mientras lingüistas y psicólogos debaten si la memoria es abstracta o basada en ejemplos, sigue ambos sistemas porque “no evolucionamos para ser eficientes, evolucionamos para cumplir una tarea. Necesitamos ambos sistemas”.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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