Apostamos el alma... y la perdimos

publicado en la revista «Nexos»
# 420, diciembre de 2012

 

Hace menos de cinco años veía a un sex-amigo muy joven: más joven que la Alemania unificada. En eso encontró anunciado un recital con los Coros del Ejército Rojo y neceó hasta que lo llevé. Estuve convencido de que yo la iba a pasar mal, pero no creí que tanto… ni tantos. Comenzó como un nudo en la garganta, luego ojos brillantes, luego una lágrima discreta; pero llegó Katiusha, después Kalinka con su largo y atenorado “Kaaaaaaaaaaaaaa… linka…” y como por una ventana por la que escurre lluvia pude ver hileras completas de gente con pañuelos en el rostro, algunos cantaban (en ruso), las mujeres tenían el rímel corrido. Mi amigo no entendía. En la fila de atrás se oyó algún sollozo, me miró intrigado, sin atreverse a voltear.

Al salir, entre ojos hinchados y enrojecidos de hombres calvos y mujeres ejerciendo su femenino derecho al pañuelo, dije: Observa nuestras edades… Todos andamos en los 60 años y tuvimos fe de carbonero. Ahora, para empeorarlo todo, sabemos que cometimos el crimen del que ve por encima y no indaga más. No fuimos André Gide. Predicamos los lugares comunes y nos contentamos con ellos.

Lo que tanto nos emocionaba no era soviético: eran los restos del alma rusa despuntando bajo el gris y gélido cemento en el que los soviéticos fueron expertos. Kalinka es el siglo XIX, el de Tolstoi y su afán de parecer campesino sin serlo, como nosotros.

A 23 años de la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, la Universidad de Zúrich, Suiza, encuentra todavía “Consecuencias traumáticas”, se titula el artículo en el journal Nervenarzt. Andreas Maercker y Matthias Schützwohl condujeron una investigación realizada en 146 ex prisioneros políticos de la Alemania comunista hacia mediados de los años noventa. Volvieron a estudiar a la mayoría 15 años después y sus resultados no son alentadores.

“Para nuestra sorpresa, aún está presente el trastorno de estrés postraumático en un tercio de las personas estudiadas”, dice Maercker. Esto es, ha resistido de 25 a 40 años o más. “Mientras algunas personas se han recuperado respecto de hace 15 años, en otras el trastorno por estrés se ha manifestado solamente en años recientes”. Lo cual es una sorpresa mayor: ¿hay un estado larvario? A eso apunta el estudio, o bien a crisis recurrentes observables en un 15 por ciento de la población estudiada.

Maercker afirma que conoce estudios realizados en otros países con prisioneros de guerra o con otro tipo de víctimas de violencia, que muestran también crisis retrasadas o recurrentes.

El estudio de Maercker y Schützwohl es el primero en demostrar esto en ex prisioneros políticos. “Análisis adicionales están por publicarse en inglés en el journal Torture”.

Otros trastornos psicológicos en ex prisioneros de la Alemania comunista disminuyeron durante estos 15 años. Las fobias fueron menos comunes. También disminuyó el número de personas adictas al alcohol y a medicamentos. Sin embargo, se cuadruplicó el número de ex prisioneros con depresión aguda. Entre el primer estudio y el reciente se mantuvieron similares los porcentajes en cuanto a ansiedad y crisis de pánico (un 24 por ciento el año pasado).

“Hicimos otro descubrimiento clave: los afectados tienden a calificar su propio trastorno psicológico luego de su liberación de forma muy errónea en retrospectiva, pero con mayor realismo su estado presente”, dice Schützwohl. Concluyen que estos factores se expresan en la tendencia a una evaluación negativa de la vida.

Tradiciones arrasadas

A partir de 1989 media Europa cambió sus tradiciones sociales. Las de la Europa comunista o del Este fueron arrasadas. Pero donde se pudieron cotejar ambos sistemas dentro de un mismo país, como en Alemania, hubo algunas sorpresas. Los hospitales alemanes reportaron un súbito e inexplicable incremento de hospitalizados a causa de accidentes sufridos en autopistas muy seguras. Pronto los médicos ataron cabos sin mucha estadística: el incremento sobre la tasa regular de accidentes lo hacían alemanes “del Este”, de la ex República Democrática Alemana, que en el nombre llevaba un mordaz escarnio.

Pronto fue claro el motivo: por toda su vida los alemanes accidentados habían deseado autos que sólo veían en revistas pasadas de contrabando o en cine y TV a pesar de la censura, que no siempre lograba ocultar el egoísta y metalizado modo de vida occidental, basado en la detestable posesión de cosas y no en la solidaridad comunista. Así que, el alemán del Este, en total olvido del catecismo de su infancia, había ido directo a comprarse un BMW y lanzarse a 220 kilómetros por hora en autopistas de perfección tal que no imponen límites de velocidad. En la primera curva se estrellaba contra un rutilante anuncio de vacaciones en Ceilán pagaderas a plazos de pocos marcos.

[La canción de Roza

Mi nombre es Roza
Soy la canción del alma
Sobre los tejados de las casas,
Paso con el viento.

Quería cambiar el mundo
Y me volví canción
Para rescatar el sueño.

Mi padre me decía:
“Roza, eres la tormenta!”
Mi madre me decía:
“Roza, eres la nube!”
Mis hermanos me gritaban:
“Roza, eres la revolución!”

Y me volví Roza
Para rescatar el sueño.
Y amé mucho,
Creí mucho.

Ya no pertenezco a este mundo.
Mi nombre es Roza.
Mi nombre es Roza.

Letra: Jristóforos Jristofís. Música: Eleni Karaíndru. Primera intérprete: María Faranduri.]

Los chimpancés crean tradiciones sociales

Pero no somos los humanos los únicos habitantes de este planeta que construimos tradiciones sociales, aunque quizá sí seamos los únicos en afirmar que somos los únicos en construir tradiciones sociales.

Los chimpancés no son sólo capaces de aprender uno del otro, sino también de usar esta información social para formar y mantener tradiciones locales. Investigadores de la Universidad Gonzaga y del Instituto Max Planck para Psicolingüística en Nijmegen, Holanda, han descubierto que diversas comunidades de chimpancés muestran tradiciones sociales aprendidas y afinadas de generación en generación.

El equipo muestra que los chimpancés se acicalan mutuamente según la moda de su comunidad. Por ejemplo, una diferencia local consiste en que ambos chimpancés levantan un brazo y se toman de la mano en alto mientras con la mano libre se espulgan, despiojan y peinan. La pregunta es siempre la misma nature or nurture?

Edwin Van Leeuwen y Katherine Cronin observaron del 2007 al 2012 una mezcla de chimpancés nacidos libres y en cautiverio en el Orfanato Chimfunshi Wildlife, de Zambia. Investigaciones previas sugerían que el apretón de manos para acicalarse mostraba sutiles pero estables diferencias en diversos grupos: uno prefería apretarse las manos y otro no apretaba sus manos, sino las giraba de forma que cada uno rodeaba la muñeca del otro (qué joda con el español: wrists son los que se envuelven uno al otro).

“No sabemos qué mecanismos den cuenta de estas diferencias”, dice Van Leeuwen. “Pero nuestro estudio revela cuando menos que estas comunidades de chimpancés han mantenido sus tradiciones locales para acicalarse durante los últimos cinco años. Nuestras observaciones podrían también indicar que los chimpancés pueden sobreponerse a sus predisposiciones innatas, lo cual les permite manipular su ambiente en base a constructos sociales más que meros instintos”.

Mark Bodamer, otro miembro del equipo, observa que los jóvenes comienzan el apretón de manos mayormente en compañía de sus madres. Eso apoya la conclusión de que aprenden la tradición local, lo que puede ser evidencia de cultura social.

“El monitoreo de esos grupos arrojará luz acerca de cómo las tradiciones se mantienen a través del tiempo y por qué a los chimpancés les gusta levantar los brazos al aire, en primer lugar durante el acicalamiento social”, añade Van Leeuwen. Hum… y el gesto humano de triunfo que traspasa tiempos, culturas y razas, consiste en levantar los brazos; que sean ambos o uno tiene variación en el significado. Uno y con el puño apretado es más agresivo que los dos en alto y las manos abiertas. Quizás porque, cuando golpeamos a alguien, lo hacemos con un brazo en ataque y el otro en defensa, pueden alternarse, pero nunca se disparan los dos puños juntos. No lo había notado, pero los aficionados al box lo sabrán mucho mejor.

“Chimpancés create social traditions”, Max-Planck-Gesellschaft, agosto 29, 2012.

 

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