Evolución día con día

publicado en la revista «Nexos»
# 419, noviembre de 2012

 

Una de las más grandes tonterías que oponen quienes resisten las evidencias de la evolución de las especies es de risa: ¿Y por qué los changos no se siguen convirtiendo en hombres? Uno: porque nadie ha dicho jamás semejante barbaridad. Los humanos no somos descendencia de los changos actuales, tenemos abuelos genéticos tan cercanos como los seis millones de años con nuestros primos, y de 14 a 20 con otros más alejados, como gorila y orangután. Y dos: porque estamos hablando de un proceso que se mide en millones de años.

Para encontrar el primer animal descubierto, debemos remontar 760 millones de años, hasta la minúscula esponja Otavia antiqua, no mayor que un grano de arena, y que comía algas y bacterias usando los poros de su cuerpo para llevarlos al tubo digestivo. El fósil fue encontrado por el paleontólogo Bob Brain y el geólogo Anthony Prave, de la Universidad St. Andrews, Escocia, en rocas de Namibia, África. La investigación la publicó el South African Journal of Science. Brain sostiene que Otavia fue el primer predador y estuvo en lo más alto de la cadena alimenticia.

Pero todos los días estamos ante procesos evolutivos que no observamos sumidos en nuestro tráfago citadino. Un equipo de la Universidad de Toronto, Canadá, publica la más reciente observación de evolución visible en la vida cotidiana.

“Los científicos hace tiempo se plantean la hipótesis de que la interacción entre plantas e insectos ha conducido a buena parte de la diversidad que vemos entre las plantas, incluidas las que cosechamos, pero hasta ahora teníamos evidencia experimental indirecta”, dice Marc Johnson, unos de los autores del reporte en Science del 5 de octubre: “Everyday evolution”. El equipo de Toronto sostiene que su investigación “llena una brecha en nuestro conocimiento de cómo la selección natural, realizada por insectos, causa cambios evolutivos en plantas y demuestra cuán rápido pueden ocurrir esos cambios en la naturaleza”.

Johnson y colaboradores de las universidades de Cornell y Montana, en Estados Unidos, así como de Turku en Finlandia, plantaron primrose (vellorita, primavera) en dos conjuntos de parcelas. En cada una 18 diferentes genotipos de vellorita, plantas con diversos conjuntos de mutaciones.

“Para probar si los insectos conducían la evolución de las defensas en las plantas, un conjunto se mantuvo libre de insectos con aplicación de insecticida dos veces por semana”. El otro se dejó a su nivel natural de insectos. Por cinco años crecieron sin más interferencia que la indicada.

Por supuesto, también los predadores evolucionan y se establece una competencia. Así es como la evolución puede cambiar la ecología de un ecosistema completo con gran rapidez. La evolución “que es simplemente un cambio en la frecuencia de un cierto genotipo, se observó en todas las parcelas luego de sólo una generación”. La divergencia de las plantas en respuesta al ataque de insectos fue significativa en tres o cuatro generaciones. Por ejemplo, se incrementó la frecuencia de genotipos asociados con altos niveles de toxinas en los frutos, que adquirieron mal sabor para los predadores. También incrementaron su frecuencia las plantas con floración tardía, que así evitaron a los insectos predadores.

Anaximandro

La evolución de las especies había sido propuesta, dos mil 500 años antes de Darwin, por Anaximandro, nacido en el 611 antes de Cristo, en la misma ciudad, Mileto, famosa por Tales de Mileto, por entonces en la Jonia griega, hoy en Turquía. Enfrentado, como todos los hombres que comenzaron a pensar, al problema del principio del universo, Anaximandro dio con la solución más sencilla, la que evita un creador que a su vez debe ser increado y existir desde toda la eternidad. Sagan, en tiempos actuales, dijo: si de todas formas vamos a requerir algo o alguien que existe desde toda la eternidad sin tiempo, digamos que es el universo y nos ahorramos un paso.

Es la propuesta de Anaximandro 25 siglos antes: los mundos son infinitos y eternos, sin principio ni fin. Pero hizo una observación aún más acuciosa: puesto que los humanos no se alimentan por sí mismos en la infancia, deben provenir de seres vivos que sobreviven en circunstancias en que los humanos perecen, todos deben provenir del agua y, obligados a vivir en tierra por cambios climáticos, adaptaron sus formas.

Le faltó a Anaximandro el mecanismo para esa adaptación: la selección natural basada en la variación genética y en la mutación azarosa. Pero es un buen salto. En Agrigento, Sicilia, parte de la Magna Grecia (la Grecia grande) que incluye el sur de Italia con Nápoles (Nea Polis=nueva ciudad), nació Empédocles 128 años después. Hacia el 450 a.C. sostuvo que en tiempos remotos debió existir mayor variedad de animales, muchos de los cuales fueron “incapaces de generar y continuar su especie, porque en el caso de todas las especies existentes, la inteligencia, el valor o la rapidez los han protegido y preservado…”. Darwin habría dicho, juguetón: Caliente, caliente, caliente… Empédocles avizora la selección natural.

Las polillas que Darwin no vio

Lo que Darwin no habría dado por observar una selección natural que estaba ocurriendo en sus días y a la vista del mundo entero, incluidos los caricaturistas que lo dibujaban con cara de chango: el abedul, árbol abundante en bosques fríos como los de Polonia, Rusia e Inglaterra, tiene corteza muy clara, blanco moteado de grises. Una polilla (las mariposas polvorientas que se lanzan contra las luces y dan origen a canciones arrabaleras: “Allí quemaron tus alas, mariposa equivocada, las luces de Nueva York”), la de nombre Biston betularia, tiene colores con perfecto camuflaje que la disimula al posarse en la corteza blanquecina del abedul.

Todos sabemos que el primer pecado de Lutero fue traducir la Biblia del latín al común alemán de la chusma. Y así, la Reforma puso a ingleses y alemanes a aprender a leer para salvar sus almas. Pero leyeron otros libros menos perniciosos y el desarrollo de la ciencia, mediterráneo en tiempos clásicos, se pasó al norte de Europa. La ciencia produjo tecnología, la tecnología derivó en riqueza y comodidades para el trabajo y la vida cotidiana: las máquinas de vapor, alimentadas con carbón mineral, comenzaron a mover telares y barcos que llevaron las telas y mercaderías inglesas por todo el mundo. Surgió el Imperio Británico mientras el Imperio Español se amodorraba entre jaculatorias y construcción de bellas iglesias.

Pero no había leyes ambientalistas. Así que el carbón de las fábricas despedía hollín que ennegrecía a niños como Oliver Twist, a obreros y… abedules. Los pájaros que se alimentan de la Biston del abedul distinguieron con facilidad a las más claras y no a las nacidas poco más oscuras al azar de la mutación y la variación genética. Las oscuras sobrevivían a la cacería de las aves y dejaban descendencia oscura.

Eso estaba ocurriendo por donde Darwin paseaba y, habiendo observado en su viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle la variación del pico en los pinzones de las islas Galápagos, frente a la costa de Ecuador, y cómo eran gruesos y fuertes o delgados según debieran romper nueces o sacar gusanos de entre la corteza de los árboles, no vio el cambio de color en la polilla del abedul inglés porque no tuvo comparación con decenios atrás, antes de que Inglaterra comenzara a llenarse de hollín.

Cuando el siglo XX llegó con su preocupación por la ecología y las fábricas dejaron de lanzar libremente hollín al aire, los abedules volvieron a ser claros, las polillas oscuras fueron más visibles y se las comieron los pájaros sin dejar descendencia, o poca. Al blanquearse el abedul por leyes que controlaron las emisiones, se blanqueó de nuevo la polilla del abedul (que eso significa betularia) por selección natural ejercida por las aves.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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