La izquierda y el fetiche del Estado

publicado en la revista «Nexos»
# 418, octubre de 2012

 

Otros han sido los ordenados contra compañeros de guerrilla súbitamente extraviados o “descubiertos” como filtración del enemigo de clase.

El punto de llegada, la meta, se derrumbó en 1989: el Muro de Berlín primero y, como fichas de dominó, todo el socialismo real hasta la desaparición de la Unión Soviética, la devolución de su nombre a San Petersburgo y el retorno de la bandera rusa.

En esta desolación, la izquierda comenzó a definirse por ósmosis, por proximidad a un intelectual de intachable izquierdismo. Así es como la izquierda lleva 20 años dando tumbos al compás de sus más ingenuos intelectuales de renombre; la proclividad de éstos a equivocarse ya es ejemplar, y en la caída abrazan generaciones.

Los mismos intelectuales que hoy acompañan en su ruina a López Obrador, ya se habían equivocado en su apoyo al sandinismo de Nicaragua que acabó en lo que ese pueblo llamó la piñata: la rapiña de las mansiones, autos y servidumbre de los Somoza por los sandinistas; después se aferraron al neozapatismo del que, como con Camelia la Texana, “nunca más se supo nada”.

Naufragada la opción socialista, derrotada por los pueblos que la padecieron, ha sido difícil redefinir izquierda en otros términos. Quizá no los hay. “Es la opción por los pobres”, resulta la definición más inapelable, pero nadie en su sano juicio desea que haya pobres. Lo que difiere son las recetas para la creación y el reparto de la riqueza: la generación de la Reforma en México con Gómez Farías, Juárez et alii, se propuso levantar un país liberal y sin duda capitalista y rico. Para eso debieron hacer de los pueblos indios mexicanos comunes, bajo las mismas leyes, pero estorbaba la propiedad comunal de la tierra, herencia del virreinato, que nadie ha definido como gobierno de izquierda, salvo quienes ven en el retorno a esas leyes, exigencia del zapatismo, una demanda de izquierda. Los hombres de la Reforma tuvieron claro que a su proyecto de país liberal eran obstáculo las tierras comunales y las de la iglesia católica. Las eliminaron. Impulsaron la educación pública laica y la inversión en industria.

Luego de 43 presidentes en 40 años de independencia, los conservadores fueron a buscar un monarca europeo que pacificara un país rústico e incivil. Pero resultó que Su Alteza Imperial Maximiliano I de México salió liberal y no derogó las Leyes de Reforma.

Como toda iglesia, la izquierda levantó dogmas de fe: el Muro de Berlín fue una defensa necesaria, Cuba es ejemplo democrático para América Latina; Israel es enclave del imperialismo entre pueblos árabes que no viven una Edad Media ni regímenes prejuaristas, sólo defienden sus costumbres, diversas a las de la democracia. En fin, persecución de opositores en Cuba, cárceles sin derechos humanos, berlineses que preferían morir en su intento de saltar el Muro, cubanos que cruzan entre tiburones para llegar a Miami, son todas patrañas del imperialismo que nunca duerme.

Error histórico de la izquierda

Desde fines del siglo XVIII y durante el XIX, con la Revolución Industrial, el rico produjo riqueza, en parte con nuevas tecnologías, en parte con fuerza de trabajo mal pagada y jornadas laborales inhumanas. Pero un siglo de luchas obreras, izquierda, dio por resultado leyes que, al proteger al trabajador, acabaron por demostrar que era más productivo bien pagado, con jornada menor y sistemas de salud y de pensiones.

La izquierda mexicana vio en la Revolución de 1910 durante el último medio siglo, una revolución traicionada, interrumpida, pero con estupendas leyes cuyo único defecto era el no menor de que no se cumplieran. Es el gran error histórico de la izquierda mexicana: en todas sus modalidades creyó correcto el estatismo de la Constitución de 1917, el corporativismo perfeccionado por el presidente Lázaro Cárdenas, con sus sindicatos anexados al partido gobernante, con su sector campesino y popular.

La izquierda mexicana nunca atacó las estatizaciones porque seguían el modelo soviético y aceptar ese modelo definía quién era de izquierda. Eran propiedad del pueblo: ferrocarriles, teléfonos, producción de electricidad, extracción y refinación de petróleo, venta de papel a diarios y revistas (y no venta cuando así convenía), salas de cine con todo y dulcerías y palomitas, la producción de películas, el monopolio en la compra y venta de maíz para defender al campesino, y por último los bancos. Lo único malo, en esa visión soviética del Estado, era que siempre había dudas y traiciones al espíritu de la Constitución. No estaba mal el dominio del gobierno sobre la producción, sino la corrupción de los administradores y líderes sindicales: defectos humanos de un paradigma ideal.

Debemos buscar una “definición operacional” para enmarcar qué entenderemos por “izquierda” en los próximos decenios del siglo XXI, una vez demostrado en la práctica cómo la meta socialista llevó a un infierno del que los pueblos se liberaron.

En esa redefinición no debemos olvidar el modelo derrumbado, en 1989 fuera de México, en 2000 dentro de México: no podremos volver a predicar que cancelamos libertades presentes en aras de las futuras, ni que una economía estatizada es meta de una izquierda cuya función sea la de evitar el enriquecimiento de los líderes a la cabeza de la propiedad estatal. Ahora está claro: eso es imposible, una conduce a los otros, no por defecto humano, sino necesariamente.

El Estado y la izquierda

Es función del Estado, ya lo sabemos, darnos seguridad en las personas y en los bienes; educación básica gratuita, obligatoria y laica; facilitar la creación de empleos creando infraestructura pública pagada con una eficaz recaudación que grave el consumo, no el capital ahorrado o invertido; redistribuir riqueza por medio de la seguridad social y ofrecer justicia expedita y eficaz con un Poder Judicial basado en tecnologías de punta.

Y quizá debería ser tarea de la izquierda futura impulsar leyes dirigidas a crear infraestructura para la producción, facilitar el empleo, estar presente en los órganos que den transparencia al gasto público, vigilar la calidad de la seguridad social y no andar prometiendo riquezas conseguidas sin esfuerzo. Suena a Perogrullo, pero otros caminos suenan a Gulag y dictaduras del proletariado.