Una huelga de hambre y los ojos de Rocco

publicado en la revista «Nexos»
# 416, agosto de 2012

 

En Filosofía y Letras un pequeño grupo, el Miguel Hernández, llenaba los pasillos con periódicos murales contra la guerra de Vietnam y programaba actos que, suponíamos, debían interesar a los estudiantes: una mesa redonda (todavía no se llamaban paneles y un panel era una división vertical que aislaba un escritorio de otro en una oficina o un panel de instrumentos), un recital poético, otro de música… en fin, lo que la imaginación diera.

Pero en esa balsa de aceite hubo al menos dos hechos de significación política: una huelga de hambre estudiantil en solidaridad con la iniciada en la cárcel por Demetrio Vallejo, dirigente ferrocarrilero aprehendido en 1959 con Valentín Campa y otros que habían paralizado con una huelga los Ferrocarriles Nacionales de México. Eso y la creación de la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios, UNER. Ambas son invenciones: la huelga de hambre la inventó Romeo González Medrado, presidente del Comité Ejecutivo de Ciencias Políticas, y no hubo más de… digamos, para no exagerar, 10, 12, puede que 15 participantes. Y la UNER la inventé yo, presidente de la Sociedad de Alumnos de Filosofía y Letras, a donde pertenecía el entonces Colegio de Psicología, donde yo estudiaba, y no hubiera existido esa organización (en realidad nunca llegó a existir) si no hubiera tenido Rocco los ojos que tenía… Después lo explico.

Los habituados a huelgas, paros y marchas éramos pocos. Hemos dado estos dos ejemplos para demostrar, ex post facto, que había un conocimiento generalizado de la persecución política contra los opositores al régimen del PRI y de su encarcelamiento, prueba de ello es que, para exigir la liberación de los dirigentes ferrocarrileros, presos desde 1959 por su participación en una huelga, un grupo de dirigentes estudiantiles se había puesto en huelga de hambre. Y el nivel de conciencia había alcanzado una masa crítica: los estudiantes conscientes de todo el país habían construido ya su primera célula organizativa, que fue la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios, UNER. Así explicamos las movilizaciones de agosto y septiembre de 1968.

Ambas son vaciladas. De la huelga de hambre no se enteró nadie a más de 50 metros de la Facultad de Ciencias Políticas. Yo participé porque, como todas las tardes, me di una vuelta al café de esa entonces Escuela. Encontré que el minúsculo jardín con unos arbolitos trespeleques tenía la mitad acordonada por una cinta de la que colgaban carteles advirtiendo: ¡Huelga de hambre en solidaridad con el compañero Demetrio Vallejo! ¡No a la guerra de Vietnam! ¡Muera la burguesía represora!... o algo así. En la cárcel, Vallejo se había vuelto a poner, una vez más, en huelga de hambre. De ahí que hubiera solidarios. Campa, no. Por razones ideológicas que ya no recuerdo.

Cuando me vieron los huelguistas, quizá una docena, atrincherados dentro de su cerco de carteles colgantes, reclamaron de inmediato la solidaridad de Filosofía y Letras. Me aproximé al cordón para escuchar las razones de Romeo. Alguien levantó el cordón, otra mano me dio un leve empujón y estuve dentro del cuadrado de los huelguistas. Hubo porras por la solidaridad de Filosofía. De improviso, vi que ya no me era posible volver a levantar el cordón y entrar a la cafetería. Eso duró media semana. Levantamos la huelga de hambre cuando, según recuerdo, la levantó el propio Vallejo.

Y la UNER fue obra de un partido minúsculo, el POR (t), cuya t minúscula significaba trotskista y nunca supe el motivo para esconderla así.

Rocco militaba en el POR (t) y por supuesto no se llamaba así. Por entonces había tenido gran éxito una cinta de Visconti llamada Rocco y sus hermanos. Trata de una familia de italianos sureños que llegan al norte, a la industrial Milán, en busca de empleo, viven hacinados en dos cuartos y son todos hombres, cuatro, distribuidos de los 10 años a los 20, e impresionantemente guapos al menos dos, Rocco, a cargo de Alain Delon, y otro, mayor, caracterizado por el no menos guapo, pero más atractivo Renato Salvatori.

Bueno, ya está dicho: Rocco, Alain Delon a sus 25 años, o algo así, era el hombre más guapo del mundo.

Renato Salvatori inicia carrera poco afortunada en el box, luego tiene un par de escenas con un hombre rico mucho mayor que él, oscuras, disimuladas, que no comprendí bien: ahora sé que, fallido boxeador, le resultaba mucho más fácil que el KO la conquista de hombres ricos que le pagaran bien por un rato de diversión. Entonces no estuve seguro, me parecía un exceso de mi parte. Un mal pensamiento. Es claro que acertaba, sin duda.

Un estudiante de la Facultad de Economía, llegado de Baja California Sur, tenía la belleza de Rocco y le decían por eso Rocco. De verdad, no recuerdo su nombre si bien alguna vez lo supe.

Yo había vivido con mi único tío materno, en su casa del Pedregal con alberca entre rocas de lava. Mi tío perforaba pozos de petróleo para Pemex y le pagaban tanto si producía ese pozo, como si no. No eran contratos de riesgo, sino sin riesgo alguno. Pero el nuevo presidente, Gustavo Díaz Ordaz, resolvió en 1965 que la perforación en tierra la haría de forma exclusiva Pemex. Las compañías privadas podían perforar en el mar. Mi tío rico no lo fue tanto cuando se trató de comprar plataformas de perforación. Así que, con la ayuda de un joven pasante de química, se dio a experimentar la forma de darle la vuelta a las patentes internacionales de un producto indispensable para la petroquímica, el furfural.

Cuando nos explotó una olla de presión de mi tía que mi tío había mandado acondicionar con un herrero que la proveyó de flejes, tapó la válvula de seguridad y puso un manómetro para observar que alcanzara la presión necesaria, mi tío y yo estábamos, a media tarde, en la cocina tomando un café con tarta de higo hecha por mi tía con higos de su propia higuera. Ambos eran mis tíos porque eran primos. La armazón construida por el herrero había aguantado. Pero no el metal de la olla. Así que, cuando se despejó el humo y nos atrevimos a entrar, vimos el metal abierto en flor. Un olor dulzón impregnaba el minúsculo cuarto de trebejos devenido laboratorio. Llevó a analizar los residuos y eran furfural. Pablo Gómez, mi compañero de celda en Lecumberri por un buen tiempo, lo llamaba “tu tío el del furfural” porque, agotadas las anécdotas sobre el 68 y nuestras detenciones, repetíamos lo que llamábamos “el mismo caset”.

El segundo de mis hermanos había trabajado, desde sus 15 años, en las perforadoras de mi tío. Cerradas, llegó al DF a buscar empleo. El tercero de mis hermanos llegó de Guadalajara a estudiar restauración de obras de arte. Rentamos un minúsculo departamento por la calle de Wisconsin, en unos palomares abigarrados. Pronto comenzaron a circular por allí algunos de mis amigos de Filosofía. Luego se desocupó el de enfrente y se dieron maña para forzar la cerradura y tomaron el depa como conquista proletaria. Allí se instaló, entre una larga lista de todas las escuelas de Humanidades, Rocco, que estudiaba Economía.

Por entonces, yo no hubiera podido decir quién tenía más hermosos ojos azules, si el Rocco de Visconti en Milán, o Rocco el mío. El mío tenía otra similitud: un aire infantil, ingenuo, bueno, que me recordaba la última escena de la peli: el hermano menor, ya obrero industrial, dice que el defecto de su hermano Rocco es su excesiva bondad.

Y así comenzó la historia de la UNER. Que yo no sabía aprovechar mi puesto, espetó Rocco con la claridad que dan las lecturas marxistas y trotskistas; me limitaba, acusó, al fin pequeño burgués, a hacer mesitas redondas sobre marxismo y lecturillas de poesía de Miguel Hernández. La Historia me reclamaba algo mayor. Para eso tenía yo la representación de una Facultad importante y muy buenas relaciones con la Rectoría.

—¿Como qué, Rocco? ¿A qué te refieres? Celebramos los cien años de El Capital… —dije contemplando a ese Alain Delon con añadido de cachondería norteña, grandes y bonitos pies siempre descalzos en el que ya era su depa, y pantalón vaquero, sin camisa cuando hacía abdominales y me hablaba de la Revolución Permanente, de la maldad de los estalinistas y de cómo el verdadero creador de la Unión Soviética era Trotsky. Yo le daba razón en todo.

—Un organismo revolucionario estudiantil que concentre los esfuerzos del estudiantado nacional… Puedes comenzar por pedir a la UNAM que nos haga los carteles para la convocatoria.

En efecto, la Dirección de Difusión Cultural, dirigida por Gastón García Cantú, nos enviaba a la imprenta de un señor Chirinos que nos imprimían unas decenas de carteles y unos millares de volantes para el recital de un cantante o una mesa redonda sobre materialismo histórico. En uno de esos actos, leyó Octavio Paz su poema Blanco ante un auditorio Justo Sierra repleto.

Claro que no iban a bastar unas decenas de carteles, sino, al menos, 10 mil para llamar a los estudiantes revolucionarios desde Tijuana hasta Mérida.

—Pero, Rocco, ¿y luego cómo pegamos esos carteles en la Universidad de Chihua-hua, en la de Guerrero…? —dije con zozobra y un nada secreto temor de no estar a la altura de las exigencias históricas.

—Yo me encargo —respondió con aplomo Rocco.

En resumen, yo le pedía a don Gastón 10 mil carteles y Rocco y sus hermanos los distribuirían por todos los rincones de México: las escuelas de agricultura, las normales rurales, los politécnicos y universidades: en todas partes Rocco tenía gente para ejecutar ese trabajo.

—Y cuando lleguen los delegados… la UNAM no va a querer pagar alojamiento de tanta gente, Rocco, es una institución al servicio de la burguesía… Y bueno, los pasajes primero, y la alimentación de los representantes estudiantiles del proletariado…

—Nosotros los alojamos. Y los traemos y les damos de comer.

—¿Y cómo vigilamos las asambleas en Saltillo y Veracruz para asegurarnos de que nos llegan representantes elegidos democráticamente en sus respectivas asambleas? —Nosotros las vigilaremos.

Y Rocco cumplió en todo: desde conseguir la camioneta para sacar 10 mil carteles de con Chirinos, hasta distribuirlos por dos millones de kilómetros cuadrados. Organizó las asambleas y se aseguró de que sólo el voto democrático nombrara representantes.

El Gran Congreso Inaugural tuvo lugar en Filosofía, por supuesto, donde conseguí, además, que la Dirección nos prestara cuantos salones de clase fueran necesarios para las diversas mesas de debate. Los temas también los había pensado Rocco porque yo no sabía mucho de organizar estudiantes revolucionarios.

Durante los debates en los salones de Filosofía comenzó a ocurrir algo que me extrañó: había diversas delegaciones de la Facultad de Economía, allí nomás pegada a Filosofía, la entonces Escuela de Ciencias Políticas estaba representada por varios grupos, Derecho también inscribió diversas organizaciones, la propia Filosofía tenía un par de grupos políticos revolucionarios. Había maoístas, trotskistas, comunistas (del PCM) y a los de Filosofía nos asignaron al conjunto de los foquistas. Pregunté el motivo: —Porque ustedes creen en el foco guerrillero y nosotros en la Revolución Permanente —respondió el camarada Rocco. Y sus grandes ojos azules mostraron la más pura inocencia, la honestidad de niño observando una pecera.

El congreso tuvo fuertes encontronazos entre la línea de masas y “todo el poder para los sóviets”. Los grupos de la UNAM se hacían pedazos. Pero, de forma sorpresiva, los delegados de toda la República mantenían la calma y ganaban las votaciones a favor de la Revolución Permanente. Comencé a sospechar que yo le había hecho su congreso nacional al POR (t), no debe uno olvidar la (t). Pero eso fue por mayo o junio de 1968.

El 26 de julio de ese año, de forma muy sospechosa, las autoridades de la ciudad permitieron dos manifestaciones simultáneas, mismo día y misma hora, cuando lo usual era que las prohibieran todas. Cuando los granaderos apalearon a los dos grupos de manifestantes, uno liderado por la corporación estudiantil del PRI en el Politécnico, y la otra por el PC, ya nadie volvió a recordar la UNER. Hace poco me la encontré citada por Gilberto Guevara y me puse a recordar su origen.

Rocco nunca me devolvió el favor, dicho sea ni tan de paso. Años después supe que había muerto en un accidente de auto allá en su tierra, Baja California.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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