Retsina, tranvías y mexicanos

publicado en la revista «Nexos»
# 413, mayo de 2012

 

Creo que es muy notorio el poco interés que el autor de esta columna tiene por las ciencias sociales: hay notas sobre cuántica, astronomía, evolución, pero las únicas referencias a asuntos sociales han sido cuando una hormona hace monógamos a los perritos de la pradera y un inhibidor de esa hormona los lanza a la gozosa promiscuidad. He sido ampliamente vilipendiado y motivado irrisiones.

Así que les relataré una anécdota para que ustedes y ustedas, hagan el trabajo sociológico. El libro de Jorge Castañeda, El misterio de los mexicanos, les puede ser de provecho, de guía. En fin…

En alguna temporada larga en Grecia, a pesar del calorón de 45 grados que hacía huir a las islas a los atenienses, me quedé en Atenas porque llevaba un curso de griego moderno; además, había encontrado una escuela de baile que enseñaba tango y otros ritmos latinoamericanos.

—Pero yo quiero aprender jasápiko —dije para sorpresa del administrador.

No tenía a nadie por el momento, pero en dos días me aseguraba un maestro. Fui y me presentó con un joven. En el salón grande ensayaban tango. Nos fuimos a un pequeño cuarto vacío y puso una cinta con una canción que me cambiaría la vida (digo, en recuerdo de Enrique Peña, que ningún libro me la ha cambiado): To tram to telefteo (El último tranvía). Algunos no entendemos bien ni las canciones en español, así que me costó trabajo y, el día que la entendí completa, se me rodaron las lágrimas sin control.

El jasápiko es en música lo que Walt Whitman en poesía (digo, no se enojen): la camaradería masculina, los amigos con los que se bebe, se duerme en estaciones vacías, en la hierba. Al jasápiko le viene el nombre de jasapis: carnicero, carniceros tomados de los hombros, una coreografía más o menos complicada, siempre exacta, que yo suponía surgida del entendimiento natural entre los hombres, las Hojas de hierba en música pegajosa, antes de comenzar mis clases y saber que eran pasos, figuras aprendidas, coreografiadas. El hecho es que aprendí los primeros pasos de jasápiko y se me quedó para siempre en la memoria la letra de El último tranvía.

Un par de años después, en otra estancia larga, por la zona alegre de Monastiraki, llena de jóvenes, tabernas, músicos callejeros, mesas en la calle siempre abarrotadas, vendedores de elotes y un magnífico lugar para suvlakis a las brasas sobre pita y con un tomate asado encima, di con una taberna, entre muchas, que tenía todas las noches tres músicos tocando nada más música tradicional griega. Me amarchanté. La clientela era de griegos que salían del teatro, de un concierto y de seguro entre los grupos que entraban tarde iban varias luminarias a pasar una noche bohemia. Era un remate obligado para la cantante y sus amigos, la palomilla salida del teatro al pie de la Acrópolis luego de oír a Dalaras… Como el Russian Tea Room en Nueva York, digo, en mucho más pobre y encantador.

Una noche, luego de un magnífico trozo de cordero con papas y medio kilo del vino griego popular, retsina (que se vende por kilos y no litros), el grupo musical comenzó a tocar y, desde las primeras notas, antes de oír la letra, distinguí El último tranvía. Ufff, “Esúrosa kie aryísame”…: “Me emborraché y se nos hizo tarde, abre el paso a ver si alcanzamos el último tranvía…”. Me hicieron la noche y un recuerdo que dura hace años, disimulé las lágrimas con la servilleta. Pero me extrañó que no cantaran la última estrofa. Entonces me levanté, algo tambaleante por la retsina en abundancia, pero más o menos derecho, llegué y les dije: —Muchachos… se les olvidó la última estrofa…

Imaginen un griego pasado de tequilas en la Plaza de los Mariachis, junto a San Juan de Dios, reclamando al mariachi que le faltó la última estrofa de El son de la Negra… ¿Ya? ¿Ya vieron la mirada que le lanza el mariachi a quien habla un español algo raro, quizá demasiado lento o con algún error de gramática en un idioma con gramática endemoniada? Pues ésa fue la gélida mirada que me barrió.
—¿Qué dices? ¿Que nos faltó qué cosa?
—La última estrofa… —dije un tanto inhibido por la mirada de Zeus tonante.
—¿Cuál?
—La que dice (va con versión fonética al español): Aj, ti krima pu’ne na’se, na’se toso ftojadaki (Ay, qué lástima que seas, que seas tan pobrecito…) —y me apoyé en el respaldo de una silla.

Se miraron uno al otro, el otro al otro, y el otro al uno y se les fue llenando la cara con una sonrisa primero apretada, luego suelta y amplia, el que había hablado meneó la cabeza. Soltaron las risas.
—Pues mira… que tienes razón… ¿Eres cretense?
—No, soy mexicano.
—Ah, vaya, griego de México… (los griegos no dejan de serlo pasadas las generaciones: griego de Australia, griego de Canadá, etcétera).
—No. Soy mexicano de México.
—Mira, mexicano, al rato la volvemos a cantar completa, pero con una condición...
—Sí...
—Que vengas a cantarla con nosotros.

Al cabo de una media hora me hicieron seña de que me acercara y la cantamos, con la estrofa final, completa.

Una noche encontré en esa misma taberna un gran chorizo de mesas pegadas para un grupo grande, una docena. Hablaban español. Puse atención y no percibí acento, luego, eran mexicanos. No soy fan de los mexicanos en el extranjero, no me ando presentando cuando me los encuentro, más bien huyo. Pero esa vez los tenía a unos pasos y no veía botellas de vino. Me levanté:
—Hola, muchachos, ¿son mexicanos, verdad?

Que sí y que yo también y que mira como es buena la comida y que ya nos vamos mañana, esta cena es nuestra despedida de Grecia. Revisé la mesa:
—Pues no, ustedes no son mexicanos…
—Oye, y por qué dices esto…
—Ustedes son gringos… la última cena en Grecia y en las mesas no veo sino Coca-Colas… Ni una sola botella de vino griego. ¿Cómo creen que podrán digerir el cordero sin vino, revuelto con Coca dulzona?
—Es que no sabemos cuál pedir, no los conocemos.
—Es fácil: el más barato, más popular y más rico: retsina. Los griegos inventaron el vino (…creo), no se pueden ir sin tomarse unas copas.
—¿Y es muy fuerte?
—Para nada, es un vino blanco, sólo que tiene añadido sabor a resina de pino: los griegos de la antigüedad sellaban sus ánforas de vino con resina para que no se agriara, y el sabor pasaba al vino. Ahora se lo añaden por gusto. Por eso, al primer trago ya se sabe: lo odias o lo adoras, si te sabe a Pinol no lo vuelves a pedir. Le voy a decir al mesero que les traiga una primera botella… ¿Ustedes se imaginan a un grupo de griegos que viaja a México y nunca prueba una copa de tequila? No, ¿verdad? Pues exactamente es lo que ustedes están haciendo y ya se van mañana…

Detuve a un mesero: —Mira (yo siempre hablo de usted a los meseros, pero los griegos me tutean, así que si respondo con un usted estoy marcando distancia, les hablo de tú), estos muchachos son mexicanos y se van de Grecia sin probar retsina. Tráeles una botella y prepara otras porque los mexicanos somos buenos bebedores (me salió el mexicano).

Estaba de nuevo hablando con los más cercanos (la mesa era larga), cuando los músicos me echaron un silbido. Me volví a verlos e hicieron seña con las primeras notas de El último tranvía. De dos trancos estuve con ellos: Esúrosa kie aryísame… ma oso kie na fteo… (y fue mi culpa).

Comenzaron movimientos raros en la mesa larga mexicana: se acercaban unos a otros, grupos de a tres como en La última cena de Leonardo, comentaban, volteaba a verme uno, le decía algo a otro, éste también me miraba, y no eran expresiones sonrientes, ni siquiera amistosas… Estaban de lo más serios, caras largas, miradas de enojo hacia mí. Terminamos y volví a mi mesa.

En eso los mexicanos ya habían pagado y comenzaron a salir. Debían pasar junto a mi mesa. Los miré sonriente, buscando la despedida. Ninguno me habló. Con el que más había llevado conversación, por ser el más cercano, esbozó una media sonrisa embarazosa y ni adiós dijo.

Me quedé frío. ¿Qué les había hecho? Llamé al mismo mesero:
—¿Cuántas botellas te pidieron los mexicanos?
—Ni una, y cancelaron la que pediste tú…

Entre las brumas de retsina y metaxá fui desbrozando el enigma: yo era el único sentado solo a una mesa, cerca de la pasada, le había ordenado algo a un mesero, el mesero había cumplido y llevado una botella de vino… Luego un chiflido de los músicos y allí estaba cantando quién sabe qué con los músicos de la taberna. ¿Quién está sentado solo en una mesa pequeña y hace todo eso? El dueño.

Se dijeron, supongo: “Nos quisiste vender alguna porquería que nadie te compra, pero no somos gringos mensos, güey, somos mexicanos y nos sabemos todas las pinches tranzas de gentuza como tú…”. Y se fueron.

¿No vale la pena aplicarle algunos de los hallazgos de Castañeda para encontrar el misterio de estos mexicanos?