Crisis europea y ética protestante

publicado en la revista «Nexos»
# 407, noviembre de 2011

 

Alguna vez dije que, a partir del juicio contra Galileo, la ciencia se había refugiado en la Europa del norte, donde era más difícil, aunque no imposible, que lo quemaran vivo a uno por experimentar con la fuerza del vapor de agua, la electricidad y el magnetismo. No había leído a Max Weber, pero todos sabemos que la revolución industrial comenzó en la Inglaterra protestante a mediados del siglo XVIII y que fue en buena medida producto de la máquina de James Watt, primera en emplear de manera eficiente el vapor de agua para mover un cilindro, un pistón, que luego, por diversos mecanismos, transmite su movimiento a telares, barrenos para excavar minas, molinos para pulverizar piedras y obtener metales, y el vehículo que los transportaría, el tren. La locomotora de vapor y el barco de vapor, que ya no depende de los caprichosos vientos, llevaron los productos ingleses por el planeta entero.

Ya había ocurrido, un milenio y medio antes, que la ciencia clásica, irradiada desde Alejandría por todo el Mediterráneo, se viera cortada de golpe con el martirio y asesinato de Hypatia, la astrónoma, filósofa y matemática que simbolizaba, para los cristianos, el paganismo. Un obispo fanático, Cirilo, azuzó a los cristianos contra la representación misma del mal: era mujer y además hermosa, era neoplatónica y no aristotélica como tendía a ser la naciente Iglesia cristiana, además de astrónoma y matemática, dos ciencias originadas en el mundo pagano. Y buena oradora, para divulgar el pecado.

Los Juegos Olímpicos habían sido abolidos en el año 393 porque se celebraban en honor a Zeus, pero, sobre todo, porque eran la fiesta del cuerpo, recordemos que los atletas iban desnudos y la palabra gimnasio nos viene del término griego para desnudo. Así pues, eran la fiesta del cuerpo desnudo, y era éste, para los cristianos, el origen de todos los pecados. Todavía lo es.

El arte y la ciencia eran formas del mal en tanto herencias del paganismo, así que en el año 415 fue desmembrada su representante más notable, Hypatia. Los filósofos, artistas y científicos no esperaron a verse masacrados por una multitud cristiana y abandonaron Alejandría. La ciencia y el arte son tareas que exigen comunidad. Dispersos y ocultos se apagaron. Con la muerte de cada uno, terminaba una tradición comenzada mil años antes. Cayó un telón de oscuridad que duró otros mil años. Y por el 1415 ya teníamos los albores del Renacimiento.

La obra de Galileo, concluida con su juicio y sentencia, se continúa en el norte de Europa: Kepler, Newton, Leibnitz… se acumulan los nombres ingleses, alemanes, holandeses. Un danés, Hans Christian Oersted, hace los primeros estudios sobre el magnetismo. El francés François Dominique Arago, gracias a que nació en 1786 y tenía tres años cuando la Revolución francesa comenzó a cortar cabezas a los curas, pudo con esas bases producir magnetismo con un alambre de cobre electrificado y enrollado en torno a un cilindro.

El inglés Michael Faraday, protestante profundamente religioso, hace la tarea opuesta: produce electricidad con un magneto que gira. Y así es como seguimos haciendo electricidad, ya sea que movamos generadores con agua de una cascada, petróleo de una termoeléctrica, plutonio de una planta nuclear o viento que mueve aspas.

Produje las furias de un católico que ahora ocupa mi espacio en La Jornada y por entonces tenía cabida sólo en las cartas de los lectores. El asunto me parecía obvio: lo que hoy conocemos como revolución industrial no es sino la aplicación práctica de la ciencia. Y la ciencia nació en el Mediterráneo, pero dos veces tuvo que huir.

Luego me topé con un libro titulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber. Mira pues, y yo que sólo conocía al Weber autor de los dos maravillosos conciertos para clarinete.

Una investigación del Centre for Competitive Advantage in the Global Economy (CAGE), en la Universidad de Warwick, Inglaterra, sugiere que la ética protestante, que en el siglo XIX concedía al trabajo una función salvadora, pudo haber dado a las economías europeas del norte una ventaja respecto de sus vecinos sureños, y todavía moldea el sentimiento popular en la Europa del norte que se resiste a achicar el agua del barco en la brega de los países sureños.

Sacha Becker, director del CAGE, puso a prueba la teoría de Max Weber, según la cual el protestantismo alentó el trabajo duro como una obligación de la fe religiosa, y buscó datos que confirmaran el desarrollo de áreas protestantes comparadas con católicas.

Becker empleó datos de Prusia, un reino alemán independiente hasta algo más de la primera mitad del siglo XIX, y localizó 450 municipios. “Encontró que el apego a la educación era más alto en áreas protestantes y allí había más gente trabajando en servicios y manufacturas, y no en agricultura”.

El motivo para observar la Prusia del siglo XIX lo explica así: “Fue la sociedad en que Max Weber nació. La religiosidad penetraba más por entonces. Parece que la religión fue el conductor principal tras de las diferencias en educación, los protestantes eran más estimulados en ir a la escuela y leer la Biblia, y este más alto nivel de educación se tradujo en más altos ingresos que en regiones católicas”.

No olvidemos, añado, que uno de los pecados cometidos por Martín Lutero fue haber traducido la Biblia del latín al alemán común, y fue una de las causas de su excomunión. Yo nunca vi una Biblia en mi casa, nominalmente católica aunque mi padre creo que se confesó dos veces, para casarse y para morir. Y cuando mi abuela paterna me quiso regalar un libro, a mis dieciséis años, vio con sospecha que eligiera La divina comedia. “He sabido que no es una lectura muy recomendable”, dijo. “Es el más grande poeta católico”, repliqué, si bien cuando nació en Florencia faltaban unos dos siglos y medio para la rebelión de Lutero. Pero tuvo razón mi abuela: me aburrió muchísimo y me dediqué a Dostoyevski, renegando siempre del calor de Guadalajara que no permitía ni en diciembre un gorro de piel.

En las áreas protestantes, durante el siglo XVI, los reformadores estimularon que hubiera escuelas en todas las parroquias. Esto dio a la población protestante una ventaja educativa por encima de los católicos, a quienes tomó más de cien años alcanzar a sus pares protestantes.

“Fue sólo siglos después, al volverse obligatoria la escuela, cuando los católicos comenzaron a alcanzar a los protestantes. Todavía hoy, los datos del año 2000 muestran que en Alemania los protestantes tienen un más alto nivel educativo que los católicos. También tienen una mayor probabilidad de ir a la universidad y de terminar una carrera”.

Además, los investigadores encontraron que las mujeres en áreas protestantes tendían a ser más liberales porque las niñas eran educadas junto con los niños. “Otra vez”, dice Becker, “fue una ventaja educativa que las niñas protestantes fueran enviadas a la escuela con los niños en los primeros años de la Reforma. Parece que el protestantismo fue un temprano conductor de la emancipación femenina”.

El orden encontrado por los investigadores fue el siguiente, de arriba hacia abajo: hombres protestantes, mujeres protestantes, hombres católicos y luego muy, muy por debajo están las mujeres católicas. “Es sorprendente que aún hoy encontráramos que en los países escandinavos la mayoría de las mujeres salen a trabajar fuera de la casa, pero en Italia un mayor número se quedan en casa a cuidar los niños”.

Sin necesidad de muchas estadísticas, es claro que en Italia se replica, a escala menor, el modelo europeo: en la norteña, industrial, escolarizada y descreída Milán, más mujeres trabajan fuera del hogar que en la Calabria sureña que aún saca en peregrinación a sus santos y vírgenes.

Estos hallazgos cobran particular interés a la luz de la crisis en la Unión Europea. Dice Becker: “Es notable que los países europeos norteños parezcan estar llevando mejor sus finanzas, mientras en los del sur todo parece estarse desbaratando”.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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