Efectos irónicos de los mensajes antiprejuicio

publicado en la revista «Nexos»
# 405, septiembre de 2011

 

Desde el siglo XVI, en que los europeos iniciaron su expansión por el mundo, comenzando por América y dando la vuelta hasta Japón y Australia, no había visto la humanidad una catarata migratoria como la que está ocurriendo ahora y comenzó a mediados del siglo XX: los países colonizados en África fueron alcanzando su independencia y sus poblaciones iniciaron la migración a las metrópolis que, ricas y bellas, ofrecían trabajo mejor pagado que las ex colonias. París se llenó, primero, de árabes llegados desde Túnez hasta Casablanca: el Magreb. Luego fueron llegando, y fueron menos bienvenidos, los subsaharianos de lengua francesa, y por último los de cualquier lengua africana que comenzaban por aprender francés en Marsella.

Una buena amiga francesa, liberal y enamorada de México, me hizo un comentario que no deja de tener múltiples significados: “Y ves las escuelas primarias, donde los niños de origen francés son minoría, pero todos recitan: Nos ancêtres les Gaulois… ¿Recuerdan a Rimbaud?: “Tengo de mis ancestros galos el ojo azul blanco, el cerebro estrecho, y la torpeza en la lucha…” (Une saison en enfer, abril-agosto de 1873). (La biblioteca infinita de Borges está ya con nosotros: no logré encontrar mi libro, sólo una traducción horrible, guglié autor y título y le voilà!: Mauvais sang completa.)

Mi amiga hizo la mejor descripción del problema: ninguno de esos hijos de inmigrantes tiene ojos azules de galo, pero la escuela pública francesa está diseñada para población francesa originaria, rubia en buen número, blanca toda. También, aunque sea laica, conserva sus raíces cristianas y la población inmigrante es de mayoría musulmana. De ahí el conflicto cuando se exigió a las familias que conservan tradiciones del islam que enviaran a sus hijas a la escuela sin velo. Y, en celo de la igualdad, se eliminaron cruces. Pero las banderas de todos los países escandinavos tienen una cruz: Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia. También Inglaterra, Suiza y Grecia llevan una cruz en su bandera. Lo digo mal, no es que tengan una cruz, la bandera es una cruz. La de Israel es la estrella de David. Las de países islámicos tienen lunas en cuarto creciente.

La receta liberal afirma que los niños deben aprender desde la escuela primaria el respeto a la diversidad. Pero esa noticia no ha llegado a Musulmania (la llama Revueltas). ¿Quién debe respetar a quién? Imaginemos al aduanero francés enfrentado al dilema de un pasaporte afgano y frente a él una especie de alcachofa donde se oculta una mujer. El marido o hermano (pues resulta imposible que vaya sola: su religión lo impide) está dispuesto a todo para evitar que se descubra el rostro. Yo estoy con el aduanero: o la señora me muestra su cara para cotejar con el pasaporte o se me va derechito de regreso a la tribu afgana donde urge que termine un pedido de tapetes.

Y, por el contrario, después de que Irán ahorcara a dos jovencitos de 17 años por el delito de amarse más de la cuenta siendo ambos varones, no entro a Irán donde me arriesgo a terminar colgando de una soga.

Ante estos conflicto de “usos y costumbres” la tendencia democrática ha sido combatir la xenofobia (cseno, cseno…) de la población local. Nadie se atreve a decir que hay límites. Una familia musulmana, en Canadá: ¿tiene derecho de casar a su hija con un joven desconocido para ella, residente en Irak? ¿Debe Canadá aceptar un hecho que en ese país es delito, como el matrimonio obligado? Si los padres de una recién nacida piden a los médicos del hospital en Nueva York que le corte el clítoris, ¿deben hacerlo? En caso de negarse pueden señalar los padres que entonces tampoco deberían realizar circuncisiones a niños judíos. Y en Estados Unidos se circuncida a todos los varones como práctica médica común. ¿Es lo mismo? Unos decimos que no, ellos que sí.

Con la mejor voluntad democrática, organizaciones de todo el mundo han desarrollado programas para curar de prejuicios a los occidentales (y no a la inversa). Los resultados no son muy alentadores. En la Universidad de Toronto, Lisa Legault, Jennifer Gutsell y Michael Inzlicht condujeron dos experimentos para estudiar dos diversos tipos de intervenciones: “Una forma controlada (en la que se decía a la gente lo que debería hacer) y otra más personal (se explicaba por qué es más valioso y disfrutable ser una persona no prejuiciosa)”.

Los participantes recibían al azar un folleto que debían leer. Los había con los dos tipos de intervención antes señalados: a) decir qué hacer, b) explicar. A un tercer grupo no se le motivó de ninguna forma para reducir sus prejuicios. “Los autores encontraron, de forma irónica, que quienes habían leído el folleto controlado (qué debían hacer) después mostraban mayor prejuicio que el grupo sin lectura. Quienes habían leído el folleto diseñado para apoyar motivaciones personales eran quienes mostraban menor prejuicio”.

Según Legault es tentador, por rápido y fácil, emplear el método que dice cómo comportarse, qué se debe pensar, “así como las consecuencias negativas de no pensar ni comportarse de forma deseable, pero las personas necesitan sentir que son ellas quienes, con libertad, eligen ser no prejuiciosas”. En síntesis, algunos programas para abatir el prejuicio pueden incrementarlo.

En fin, en toda casa son los invitados a comer quienes deben respetar las reglas o abstenerse de asistir. Se agradece la cortesía del anfitrión que pregunta si hay algún alimento que no deba servir. Pero si invita a un asado en el jardín, no hay remedio: se come carne o no se asiste para no incomodar con solicitudes vegetarianas. Es civilización.

Para mayor información sobre el estudio, publicado en Psychological Science: Lisa Legault, lisa.legault@utoronto.ca

Los no prejuicios producto de un prejuicio

Toda persona de buena voluntad supone que es un prejuicio social sostener que niños con juegos en roles de género invertidos serán homosexuales, tanto ellos como ellas. Es al contrario: no es que jugar con muñecas vuelva al niño homosexual, sino que más homosexuales que heterosexuales futuros juegan, de manera consistente, con niñas. Y viceversa. El prejuicio está en suponer un prejuicio machista, ya que centenas de investigaciones prueban esto. Una reciente fue realizada en la Queen Mary University of London (Universidad de Londres Reina María) y publicado en PLoS One, bajo las firmas de Andrea Burri y Qazi Rahman.

Un equipo siguió a cuatro mil mujeres británicas que fueran una en un par de gemelos. Se estudió el tipo de juego que prefirieron en su infancia en busca de no conformidades de género, el tipo de conductas que los correctos entrecomillan: juego “masculino”, juego “femenino”. Multitud de estudios afirman que los hay, y van sin comillas: hay juegos masculinos y femeninos. Ocurre hasta con las novedades: en años de ver jóvenes en patineta, todavía no he visto una muchacha: nadie lo prohíbe, nomás no les gusta y ya. Los autores sostienen que las diferencias en sexualidad y no conformidad de género son simultáneas.

El interés del estudio iba dirigido no tanto a esa obviedad bien conocida, sino a la salud mental de las minorías sexuales. “Nuestros resultados sugieren que ser no conforme con el género y lesbiana viene de dentro. Así que la no conformidad de género no causa problemas de salud mental, sino que puede disparar reacciones negativas de otras personas (como padres y compañeros) que lleven a tener problemas de salud mental”, entre éstos, mayores síntomas de ansiedad y depresión, dicen los investigadores.

Contacto: Sian Halkyard, s.halkyard@qmul.ac.uk

Esto recuerda la inversión de las categorías que los psicoanalistas sostuvieron hasta hace unos años: la combinación de padre ausente y madre fuerte hacía homosexuales. Es al contrario: ante ciertos rasgos del niño el padre se aleja y la madre sobreprotege.

Esa maravilla de incorrección política llamada Fran Lebowitz, en una conferencia escuchó la pregunta de una reportera: ¿Cree usted que hay diferencias de voz en la literatura masculina y femenina? Respondió con velocidad de acróbata: Las hay hasta por teléfono. Me declaro fan de Fran.

 

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