Entre Sabina, sobrina y unas señoritas desnudas

publicado en la revista «Nexos»
# 404, agosto de 2011

 

Repantigado (sin n) en el mullido sillón de mimbre blanco de mi amplísimo estudio, tanto que dejaría bizco de envidia a Gil Gamés, porque el mío permite que desde la planta baja suban palmas y enredaderas entusiasmadas por un tragaluz, leía nexos cuando me topé (zoc) con la historia de Sabina y su sobrina. Lo primero que hice fue un esfuerzo para no divagar con Audrey Hepburn en aquella simpática Sabrina, y llevándome los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz díjeme (para mis adentros) ‘oh, ‘oh, (el signo [‘] lo pongo para expresar ese golpe seco gutural para el que ninguna lengua conocida por mí tiene una letra, pero Piolín expresa con claridad cuando ve un lindo gatito), aquí hay un problema… No, no, hay dos y quizá tres.

En nexos de junio, Sabina Berman relata cómo su sobrina Gaby “azotó contra la mesa” el número de abril, dedicado, como se supo urbe et orbe (con e porque es ablativo: en) a resarcir la escasez de mujeres: “¡Qué es esto!”, preguntó malhumorada Gaby. Sabina le explica la intención reparadora de nexos, la sobrina arremete: “¡Y por qué está plagada de señoritas desnudas!”.

Así que, el primer problema lo tenemos justo en la palabra elegida: señoritas. ¿Por qué no mujeres, Gaby? ¿No las feministas de Estados Unidos pelean el no ser llamadas Miss ni Mrs., sino Ms., aunque nadie sepa cómo carajos pronunciar eso? Deberíamos recurrir a Freud, como hace Sabina, para ver lo no visto en las tales ilustraciones, y analizar la elección de señoritas y desnudas. A mí, con los mismos argumentos que Gaby no enuncia, me parece que señoritas no son, lo afirmo como ella: porque quiero. Y desnudas, tampoco, eso se ve.

La verdad sea dicha (gran frase), a mí tampoco me gustó la portada de abril: cuatro mujeres (señoritas o no, who knows and who cares?) por completo vestidas, pero dando una imagen que, si yo le fuera a poner música, elegiría “La cabalgata de las valkirias”, del gran Wagner. Para quien no la conozca (ignorancia imperdonable), recuerde Apocalypse Now: la música de fondo para la bandada de helicópteros artillados.

Pero no era eso lo peor, sino que puestas a revisar las provocadoras ilustraciones, encuentran que están llenas de pitos (ellas dicen “falos” porque son damas discretas y porque no fueron nunca asesoradas por Salvador Elizondo acerca del término justo: ña pañabra coñecta para esoñ, ño es falooo, falooo era un pitote que sacabañ los romaños en procesión cuando hacía falta, eñ español se dice vergaaa). Aprendí eso y que ilación va sin H en un año entero con él y Juan Rulfo. Pero la beca me vino bien. Ah, y que no se dice orines, sino orina. Orín es herrumbre. Orines, su plural.

Nueva divagación, como con la Hepburn (que es incorrecto ponerle “la” cuando el apellido es de mujer porque no decimos “el” Pavarotti, pero, machistamente, sí decimos “la” Callas. Bueno, pues los griegos dicen, obli-ga-da-mente, el Pavarotti y la Melina y el Kostas y la Dímitra. Y nadie se espanta). Vuelvo al asunto: tía y sobrina revisan las ilustraciones y descubren que están llenas de pitos camuflados y asechantes (con s). Pero, señoras, el experto en pitos soy yo ¿y me los perdí todos? Y hasta un pito anaranjado fosforescente. Corrí a revisar mi ejemplar y caí en franca decepción. O ya estoy muy satisfecho o ya no me hacen el efecto de antes, porque no vi ni uno. Y menos el anaranjado. La única cosa larga y anaranjada a mí me pareció un caramelo. (Ah, conque deslizando subumbrálicas referencias a la chupada… Volvió a repicar Freud, repicar, de campana.)

Y ya entrados en asociaciones libres, los franceses tienen una expresión encantadora para estos casos: Il-y-a quelque chose qui cloche. En español no tiene esa rima chose-cloche, pero quedaría en: aquí hay algo que repica, que campanea… Otra vez aparece papá Freud señalando el metaumbral de campanear, verbo machista si los hay, también tenemos un eufemismo francés que lanzó a la fama a Gérard Depardieu: Les valseuses. Es que a algunos nos bailan, a otros, menos afortunados, no.

Entonces decidí que debía recurrir al método en que es experto Fernando Escalante Gonzalbo, responsable de este torbellino: contar. Y me puse a contar las ilustraciones: señoritas=ninguna; desnudas=ninguna; mujeres=muchas, algunas en insinuantes y provocativas poses si a usted lo erotizan las lámparas de alambrón, tan de moda en los años cincuenta; repetida en páginas opuestas cabalga una mujer un caballo de palo. Pero otras apenas pueden clasificarse como mujeres, son meros manchones. Ilustraciones de todo el número: 40, sin contar fotografías ni anuncios; ilustraciones de mujeres flacas y algo lagartijas que, sin ser experto, supongo poco apetecibles para el buga promedio: 16; rostros: 6. Pero son las 4:00 am y no doy con mi refugio inconsciente para “cabalgando un caballo de palo”. Debo admitir que ya había apagado el equipo (hummm… levanta Freud las cejas) y me dije: es que no me van a dejar dormir Sabina y su sobrina Gaby y los grandes ojos de Hepburn (sin “la”) en Sabrina. Y menos aún su güerito vecino en Breakfast at Tiffany’s.

Mañana sigo.

Hace un par de semanas o menos, subí a FaceBook mi artículo, como hago siempre en domingo y lunes. No recuerdo cuál ni el tema, pero sí que suscitó una larga cadena de comentarios, la mayoría favorables y con nuevos argumentos, pocos sin completo desacuerdo pero señalando detalles. Como Sabina, yo tampoco había percibido algo, hasta que una lectora posteó: “¿Ya vieron que todos los comentarios han sido hechos por hombres? ¿Por qué las mujeres no participamos más en estos temas?”. Tenía razón, eran más de 30 comentarios, todos hechos por hombres. Y juro por Cristo, Dios y Hombre Verdadero, que no las borro del feisbu. Pero también es cierto que ni siquiera había sentido su ausencia hasta que una mujer, quizá incitada por las polémicas en nexos, lo hizo notar.

Asoma Perogrullo bajo las copas de las palmas que alcanzan mi amplísimo estudio hasta el barandal, y espeta: “La verdad, hay cosas que ni qué”.

Ovulación incrementa habilidad

Un estudio realizado en las universidades de Toronto y Tufs, Canadá, muestra que una mujer puede identificar más certeramente la orientación sexual de un hombre con sólo mirar su cara si ella está cerca de su ovulación. En el primer experimento, 40 universitarias debieron juzgar 80 fotos de caras masculinas, sin diferencia emocional alguna en la expresión ni en el atractivo, y guiadas sólo por intuición. Los investigadores encontraron correlación entre número de aciertos y ciclo menstrual: entre más cercana estaba una mujer al momento de su ovulación, más precisa era al juzgar.

Un segundo experimento se realizó con 34 mujeres que vieron 200 fotos de otras mujeres, 100 se asumían como lesbianas, otras 100 como heterosexuales. La tarea era igual: intuir la orientación sexual. Los investigadores no encontraron correlación en ningún caso.

Un tercer experimento consistió en dar a leer a las participantes historias románticas en las que se manipuló la relevancia para la reproducción. Cuando se inducían previamente ideas relacionadas con sexualidad, aumentaban los aciertos al identificar la orientación sexual de hombres.

“Mating Interest Improves Women’s Accuracy in Judging Male Sexual Orientation”, publicado en Psychological Science.

Prejuicio y ciclo menstrual

El sesgo contra hombres extraños se incrementa cuando las mujeres están en periodo fértil, “lo cual sugiere que el prejuicio podría estar en parte alimentado por la genética”, según investigadores de la Michigan State University.

“Nuestros hallazgos sugieren que el prejuicio en las mujeres puede ser, al menos en parte, un subproducto de su biología”, dice Melissa McDonald, quien encabeza el grupo. “Encontramos que las mujeres en días fértiles mostraban mayores sesgos contra hombres de diferentes razas y hombres de diferentes grupos sociales que hombres del mismo grupo de esas mujeres”.

Carlos David Navarrete, psicólogo y experto en evolución, señala un punto clave: “El incremento del sesgo ocurrió sólo en mujeres que percibieron a los hombres como físicamente amenazantes”. En cambio, mujeres en etapa fértil encontraron atractivos los mismos rasgos en hombres si pertenecían a su propio grupo social.

La explicación es sencilla. McDonald señala que las mujeres en días fértiles pueden dar muestra de mayor sesgo contra hombres que perciban como riesgo para su elección reproductiva. Y los hombres extraños, a lo largo de la historia, han sido de mayor riesgo como invasores. “Esto puede estar engranado de manera profunda en niveles psicológicos y se manifiesta de forma aguda si las mujeres ven hombres de diversos grupos con aspecto físicamente amenazante cuando ellas son más fértiles”, concluye Navarrete.

 

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