La mecedora de Nancy

publicado en la revista «nexos»
# 401, mayo de 2011

 

¿Qué año pudo ser? Digo, aquél en que Nancy Cárdenas nos leía desde su mecedora. Hagamos cuentas: los dirigentes del 68 presos en la crujía C de Lecumberri salimos en 1971, el 27 de abril, que no olvido porque María, la hija de mi amiga Selma Beraud, cumplía un año cuando la abracé en el aeropuerto. Policías judiciales nos habían llevado en autos comunes directo de Lecumberri al aeropuerto. Salíamos a Chile con escala en Lima, Perú.

El presidente Echeverría había repetido el ofrecimiento hecho cuando era secretario de Gobernación: los dejo libres si se van del país, y por sus propios medios, como turistas. Yo había terminado mi carrera de Psicología en la UNAM gracias a la generosidad del rector Javier Barros Sierra, que nos permitió a los universitarios presos hacer exámenes en la cárcel, y a mis maestros que prepararon exámenes especiales. Por eso mi primera intención fue irme a París para hacer un postgrado.

Pero Raúl Álvarez Garín puso orden: Nos vamos todos juntos y nos vamos a Chile porque está Allende en la Presidencia y nos ayudará a tener empleos. Me discipliné.

Juntó el dinero de todos e hizo una caja común. En Santiago nos instalamos en una casa bonita, del llamado Barrio Alto, donde vivían exiliados brasileños, uno mexicano: Roberto Escudero, y uno o dos mexicanos más, estudiantes de postgrado en algún tema social.

Un día quisimos ir al cine. Había uno cercano, de barrio, de los que pasan cine ya exhibido en salas de estreno. Como podíamos ir caminando, nos metimos sin saber mucho de lo que pasaban. Raúl no fue porque había ido a ver gente de la Unidad Popular, un concuño que tramitaba nuestra estancia. O algo así, pero no fue al cine. Comenzó la peli, una italiana: un joven de una belleza impresionante llega a una casa de ricos en Milán, un industrial, su esposa, hijo e hija adolescentes. El joven guapísimo comienza por acostarse con la hija y hasta ahí todo iba bien en la fila llena de mexicanos, salvo por comentarios en voz normal, como de quien está solo, viendo tele, y que siempre me han irritado. Pero luego el recién llegado guapísimo, que ya se acostó con la joven, comienza a darle vueltas al hermano. El Búho, que en Lecumberri era, con el Pino, experto en distinguir quién era puto y quién parecía, comenzó a pegar de gritos levantando los pies por encima de las butacas delanteras: “¡A’i va, a’i va el leandro! ¡Mírenlo, ay, pinche leandro… Uta… Claro, a’i va ya el muy puto!”.

Hubo murmullos chilenos en voz baja: Que se callen los mexicanos (de acento inconfundible). Pero no se callaron, se unieron al Búho uno tras otro, Emery Ulloa y los demás, no tan eufóricos, pero sin quedarse muy atrás. Cuando se acuesta con la señora de la casa, mis compañeros clamaron que ya no se la pegaban y que estaba visto que era puto, puto, puto disimulado…

Y tuvieron razón porque luego el joven guapísimo se acuesta con el señor de la casa, el rico industrial. Las carcajadas de mis amigos y los gritos del Búho en paroxismo ya no eran seguidos de siseos chilenos. En un momento, mis amigos decidieron que no podían más con tanta porquería y se levantaron de sus asientos con un enérgico ¡Vámonos! Yo estaba al final de la fila, junto al pasillo, así que debía ser el primero en levantarme y salir: “¡Vámonos, Luis! ¡Qué pinche putería nos metimos a ver!”. Lo dudé, quizá medio segundo, pero dudé y no me lo perdono. Dije con poca voz que me quedaba: “Es que a mí me está gustando…”. Fue el primer paso, la primera rebelión contra la ortodoxia de izquierda: el hombre nuevo, socialista, no puede ser marica. La tesis cubana y soviética.

Disfruté mucho la cinta ya sin gritos y sin avergonzarme por mis amigos. Llegué preocupado a casa: ¿Cómo iba a explicar que me hubiera quedado a ver una cinta así de maricona? Pero los encontré con caras de regañados. El capitán de los brasileños, Boby Metzger (creo que así se escribe), brasileño del sur, de Porto Alegre, sobre el Trópico de Capricornio, donde hay inmigrantes de origen alemán, me pidió mi opinión y la di: Que me había gustado… y comencé a buscar explicaciones. Me calló Boby: “No digas más, Luis: es una obra maestra, es deslumbrante”. Y me repitió lo que ya había enfriado a los mexicanos, alegres hasta las carcajadas al entrar: un director comunista, miembro del PC italiano… y luego le echó sociología y explicaciones metafóricas anticapitalistas que no seguí. Era Teorema, de Pasolini. A mí simplemente me había deslumbrado ver la homosexualidad tratada como cualquier otra conducta sexual: ni como chiste ni como tragedia o drama familiar. Era la novedad: no había un jotito recibiendo burlas, como en el cine mexicano, tampoco un problemón psico-socio-legal. Nada. Sólo ocurría, y ya. Nunca había pensado en algo así.

Luego vino el regreso de mis amigos sin mí. Un periodista de Excélsior le había preguntado al secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, cuándo podrían volver los mexicanos “exiliados”. Moya se colgó de la lámpara: México no tenía exiliados y quien estuviera fuera del país era por su gusto y podía volver cuando lo deseara. Eso fue el titular principal del diario. Se dispusieron a volver con apenas tres semanas en Chile. Yo me negué. Raúl rechazó de lleno la posibilidad de que me quedara: “Juntos llegamos y juntos nos regresamos, ya luego vuelves por tu cuenta”. Me seguí negando. Yo no había elegido Chile, pero el país ya me simpatizaba, los chilenos eran gente muy agradable, la situación del país era muy interesante: manifestaciones todos los días: contra Allende por tibio y contra Allende por rojo. Alguna de la UP en apoyo leve.

También pedí mi parte de la caja común para comprarme un suéter porque ya venía el invierno chileno, alrevesado, y sería como del norte de México, dije. Raúl perdió los estribos. Única ocasión en que lo he visto así, al rojo morado. Arrojó unos billetes y, cuando parecía ir a más, el Búho se interpuso: “Cálmate, Raúl… Ya, ya, mira, que se quede Luis…”. Raúl salió resoplando, con el pecho inflado como fuelle, fuera de sí. Regresaron a México.

No pasó nada a su vuelta: una multitud escandalosa fue a recibirlos al aeropuerto con pancartas y banderas de todo tipo, goyas, welums, siquiti-bum… Un desmadre. La policía no intervino, los vistas aduanales los dejaron pasar sin problema alguno… México es raro.

Viví de las regalías que me dejaba mi relato del 68 y la cárcel: Los días y los años. Mis editores, ERA, me las enviaban en dólares y se convertían en una respetable fortuna. Al final de mi año legal de estancia los chilenos me corrieron: se me había vencido la visa y no me la renovaban. Bajé por el sur, a los lagos, y pasé por los Andes a Argentina, por Bariloche. Llegué a Buenos Aires, invitado por mi amigo Héctor Valdés, que me había visitado en Santiago cuando iba a tomar el cargo de agregado cultural.

Héctor Valdés traía un novio: un escritor argentino que comenzaba a destacar y ya me habían mencionado en Chile. Se llamaba Manuel Puig. Luego me fui con Héctor al carnaval de Río de Janeiro. Me salí de nuestro buen hotel y me alojé en un hotel pra Cavalheiros… en cuanto vi el anuncio, por la Plaza Mauá (a donde nos había prevenido el taxista de aeropuerto que jamás nos acercáramos y fue el primer lugar que visité), no dudé un instante: tomé un cuartucho más chico que mi celda en Lecumberri y fui por mi maleta. Héctor, a quien todos llamábamos El Pelón, se aterró: me iban a matar. Yo estaba seguro de que la iba a pasar mejor que en toda mi vida: las regaderas eran comunes, sólo de agua fría, y sin separaciones… Y así fue. Tenía 27 gloriosos años y un cuerpito muy bien formado. Y estamos en 1972.

Ese año volví a México, al DF. En la escuela de Psicología, a punto de ser Facultad, la directora, María Luisa Rodríguez, me ofreció enseguida empleo como ayudante de profesor. Me acerqué a mis amigos, que habían fundado la revista Punto Crítico para construir las bases de la revolución. En la UNAM llegué una noche al Consejo Sindical, grupo reducido que promovía la formación de un sindicato de profesores. Me recibieron con mucho gusto. Al año siguiente, 1973, conocí a Ernesto Bañuelos, actor de teatro, admirador de José Luis Ibáñez, de Gurrola y del gran Ludwik Margules. Así que los siguientes hechos pudieron comenzar hacia 1974-1975.

Nancy Cárdenas, talentosa directora con brillante carrera en el teatro universitario, tenía un simpático y pequeño departamento en una zona de la ciudad de México que entonces era bonita y tranquila, San José Insurgentes. Un gran fresno subía tan alto como todo el edificio de amplios y largos balcones. En su depa, Nancy tenía una mecedora, la típica de madera con respaldo de barrotes y muchos cojines. Bien, pues desde ese púlpito se balanceaba al leernos, cada domingo por la tarde, con lentes bien calados en la punta de la nariz y envuelta en un chal abrigador, el tema gay de la semana. Éramos un pequeño grupo sentado a sus pies, desparramado por el suelo, que escuchaba con atención y respeto textos descubiertos por ella. Uno, titulado El homosexual y su liberación, cuyo autor he injustamente olvidado, creo que Weinberger, o algo así, era la base para promover la discusión del tema. El grupo eligió un nombre muy poco original: Gay Liberation Front. Así, en inglés.

Asistíamos esas tardes dominicales Luis Prieto, amigo de Nancy desde sus tiempos de estudiantes y mayor que yo unos 15 años; Braulio Peralta, José Joaquín Blanco, Paco de Hoyos, José Ramón Enríquez y su amigo Bruce Swancey, el pintor Ricardo Regazzoni, Pepe Covarrubias y otra decena que luego fueron semillero de grupos y organizaciones homosexuales, entre ellos Juan Jacobo Hernández, acusado al poco tiempo por Luis y Nancy de romper la unidad del grupo como “agente de Monsiváis”. Yo no entendía por qué Carlos habría de complotar en contra de nuestro grupo de “oyentes de Nancy”; pero así era sin réplica y, como estábamos por ahí de 1975, cuando en el cine hacía furor El Exorcista, Luis se refería a Carlos como “Asmodeo Monsiváis”. A Pepe Covarrubias, Luis Prieto lo apodaba El Tártaro porque era tartamudo. Alguna vez le pregunté si de verdad era tártaro (pensando, de buena fe, que sería mongol, siberiano o algo así, pues no lo había oído hablar sino muy poco, con cierta dificultad, y sí tenía un aire algo chino). Me respondió: “No, p-p-pero así me dice el p-p-eennn-dejo de Luis Prieto porque soy t-t-t-aaar-tamudo”. Una metida de pata de tantas. Años después corría un chiste: que no se llamaba José, sino Pedro Covarrubias. “Mira, lo que ocurre es que nunca lo dejan terminar. Le preguntas cómo se llama y responde ‘Pe-Pe… Pe…’ . Y uno concluye: ah, sí, Pepe, hola, Pepe. Aunque él iba a decir Pedro”.

Nancy tenía una novia, Tina, quien una tarde nos pidió a todos que por favor no la llamáramos “lesbiana” ni empleáramos la palabra, pues le parecía muy desagradable, ofensiva. Solicitaba ser llamada homosexual. Y, en efecto, también es correcto, pues, contra lo que se cree, la palabra no se forma del latín homo, hombre, sino del griego homos: igual, de donde nos viene homogéneo y otras similares. Muchos decenios después, ya habiendo vuelto a Guadalajara, lo dije en una reunión con Gilberto Rincón Gallardo en campaña presidencial y desaté una tormenta inesperada de los muchos grupos gays allí presentes. No eran ya los tiempos de Tina.

El distanciamiento de Luis y Nancy con Juan Jacobo Hernández vino a partir de que encabezó la oposición a un cierto escrito con el que debíamos ir a volantear en lugares de ligue. Muchos lo considerábamos pasadito de moralina. No existía el sida y todas las enfermedades venéreas tenían curación fácil y barata, así que, no teniendo el control que ejercen las mujeres sobre los heterosexuales, sino a otro hombre que también quiere ya, aquí y ahora, “y no me digas ni cómo te llamas”, las relaciones sexuales se tenían y se tienen en pocos instantes al resguardo de cualquier árbol o barda. Los maravillosos y descondonados años setenta. En la Ciudad Universitaria eran famosos los baños de Arquitectura, los centrales y los de la Rectoría, en el sótano.

Pero todos fueron superados pronto por “la casita”. La casita eran unos excusados a la mitad de los campos de futbol americano. Algo así como casa de una planta con una hilera de mingitorios de un lado y excusados en el otro. Tenía por toda iluminación unas ventanas altas, horizontales y estrechas, para no permitir la vista al interior; así que al atardecer, cuando ya no había prácticas deportivas, pero el lugar seguía abierto, eran un “cuarto oscuro” formidable. Por lo mismo, pronto enviamos un comando a repartir por aquellos lares la epístola en llamado al respeto del cuerpo, a la búsqueda del amor y a la prevención de la enfermedad. El comando salió a cumplir su cometido con cierto disgusto.

Al domingo siguiente dieron cuenta de su misión. Hasta entonces, por el relato mismo, no comprendió Luis Prieto que el lugar no tenía más iluminación que la solar durante el día. Y nuestro comando moralizador había repartido su volante al anochecer, que era cuando la casita se llenaba. Luis estalló: “¡Pero… cómo! ¡Cómo! ¿No hay luz? ¿No hay luz? ¡Nanza, no hay luz!… ¡Pues creyeron que les estabas pasando papel para que se limpiaran!”. Luis era muy encantador, pero enfurecido era de temer. Nos pendejeó a todos, sobre todo al comandante de la brigada, Juan Jacobo, por no haber aclarado el punto. Respondimos que lo habíamos creído obvio: si se pone bueno es porque está oscuro… La furia de Luis fue in crescendo hasta ponerlo amoratado. Nancy dejó de mecerse, se caló los lentes y nos miró a todos reprobadora y severa. “Cómo era posible que no nos escandalizara el hecho, la existencia de un lugar así”, se preguntaba. No sólo eso, algunos habíamos ido, y no a repartir volantes. Pero nos cuidamos de no decirlo.

Cuando las autoridades universitarias tomaron cartas en el asunto y cerraron la casita, hasta de día, dejando a los futbolistas sin excusados, ya el daño al grupo estaba hecho y probada la complicidad de Asmodeo Monsiváis en la inmoralidad original con que nacíamos. Se fue Juan Jacobo y fundó otro grupo. Los demás también dejamos de vernos poco a poco y un buen día no hubo tardes dominicales ni mecedora de Nancy.

Tina era productora teatral y Nancy Cárdenas, como todos sabemos, directora de merecido reconocimiento. Pero su fama rebasó los confines del teatro universitario y pasó a los titulares de los diarios cuando las autoridades del Distrito Federal le prohibieron su puesta en escena de Los chicos de la banda, obra que había tenido gran éxito de crítica y público en Estados Unidos. Nanza, como le decía Luis, había previsto el teatro Insurgentes, bien conocido por su público de clase alta y puestas en escena a todo lujo, aunque miradas con desdén por los directores universitarios, a los que pertenecía Nancy. Ésta se negaba a aceptar el cobijo de la “autonomía universitaria”, bajo la cual bien podía poner su obra en el Arcos-Caracol o en otro foro de la UNAM. Al fin mujer peleona, montó una campaña de medios, apareció en cuanta entrevista televisada pudo obtener, en radio y prensa escrita. Las autoridades aceptaron y Nancy estrenó con su banda de chicos. Por supuesto, la prohibición previa le llenó funciones a reventar por meses.

Mi amigo Ernesto Bañuelos, actor, y yo, no fuimos invitados al estreno; pero asistimos después a una función normal, muy trajeados y encorbatados, como era usual en el público del Insurgentes. La obra trata de una fiesta de jotitos, al festejado le regalan un joven guapísimo, y luego todos se dedican a destrozarse, hablar mal unos de otros, decirse frases agudas y odiosas, uno llora, otro cae en acceso de histeria. Un horror de mundo y de mariconerías. En el papel de regalo estaba Ernesto Rendón, famoso por guapo, grandes ojos azules, alto y bien dotado: cuando se la paraba la metía en un vaso jaibolero y eran exactamente de la misma medida en largo y grueso. El regalo debía salir de un envoltorio con gran moño y cruzar el escenario totalmente desnudo. Se sabía que la noche del estreno ese Ernesto había decepcionado al público conocedor de aquella información underground porque había cruzado a toda prisa y con las manos púdicamente enlazadas sobre el famoso y gordo asunto de tamaño jaibolero. Luego había explicado que lo había hecho porque, entre los asistentes… estaba su mamá. Eso.

Ernesto el mío y yo salimos furiosos de la obra que tanto habíamos defendido. Los señores trajeados de oscuro y las señoras de estola y joyas (era antes de que la ciudad de México se volviera territorio sin ley) aplaudían a rabiar y salían con aire satisfecho, un aire de “¡Dios santo! ¡Gracias Altísimo que nos libraste de ser como ellos!”. De ahí su éxito. Escribí una nota diciendo lo anterior y la entregué a La cultura en México, el suplemento del semanario Siempre! que dirigía Monsiváis y donde yo colaboraba de vez en cuando. “No te lo puedo publicar”, respondió Carlos al leerlo. Pregunté por qué. “Porque Nancy es mi amiga”. A pesar de todo, me sigue pareciendo una decisión respetable, aún ahora, por clara.

Luego de varias ignominiosas redadas en bares con presencia de homosexuales, en agosto de 1975 (creo) en el grupo promovimos la publicación del Primer Manifiesto en Defensa de los Homosexuales en México: Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco, publicado en el suplemento cultural de la revista Siempre!, dirigido por Monsiváis, que fue también quien le colocó ese título.

Alguna vez asistimos al teatro de la Facultad de Arquitectura para escuchar una conferencia, muy anunciada por toda la Ciudad Universitaria, sobre homosexualidad, cuando de eso ni se hablaba. Ya no recuerdo el título, pero sí que uno de los expertos sobre el foro había sido mi maestro en la carrera de Psicología, el psicoanalista José (Pepe) Cueli, famoso por su acento cantado de Tepito; pero sí recuerdo a la perfección que el núcleo de su ponencia era que el homosexual era un nazi porque ambos estaban en contra de la vida. Los nazis porque mataban, los homosexuales porque no se reproducían. Al parecer, Cueli estaba convencido de que el afán de tener relaciones con el mismo sexo venía del deseo, quizá dijo inconsciente, de no tener hijos.

Entre los que escuchábamos al fondo del auditorio, recuerdo a Ricardo Regazzoni y al Tártaro, creo que también Paco de Hoyos; en fin, debimos ser una buena docena. Sacamos papel y pluma y redactamos una fulminante protesta… Ahora sólo faltaba el valiente que la leyera ante aquel auditorio repleto de jóvenes silenciosos y aplaudidores de los expertos en homosexualidad. A todos nos daba vergüenza reconocer que nos daba vergüenza subirnos a leer aquello bajo un reflector. El más atrevido fue el Tártaro. Pero no sólo era tartamudo, sino que leía mal y también estaba nervioso, así que el resultado fue un desastre en cuanto a comprensión del texto. Pero hubo tímidos aplausos, supongo que dirigidos principalmente al atrevimiento. Algo comenzaba a cambiar.

El Pepe Cueli de marras no sólo era mi maestro, sino analista de mi amiga Selma Beraud, y por ella sabía yo de las muchas faltas en que incurría mi maestro. Sus clases eran malas, pésimas, pero nos divertía mucho escuchar a un merolico callejero hablándonos de temas serios, creo que de Fromm (ni tan serios, pues). Como era usual en la carrera de Psicología, no nos puso a leer a Freud, ningún maestro lo consideraba necesario.

Rius y la redada en El Topo

En el año glorioso de Saturday Night Fever, 1977, nombre que los gnomos industriosos de Cinematografía respetaron de milagro como Fiebre de sábado, con John Travolta y una resurrección de los Bee Gees, saltó a la palestra el mayor productor de baratijas ideológicas en magníficos monos a color y ventas por millones de ejemplares: Rius. En el número 3 de su nueva revista (cuyo nombre no mencioné en mi nota-respuesta “Rius para principiantes” y no quiero buscar), señala que: “… Los medios masivos de comunicación —cine, radio y televisión— han caído en manos del imperialismo judeo-norteameriyanqui…”.

Esa entrada, con todo el sabor de Derrota Mundial y de los protocolos de los sabios de Sion, sólo anunciaba el rumbo: la homosexualidad entra en el complot mundial judeo-bla-bla… Sus personajes dicen en referencia a Juan Gabriel y John Travolta (en lenguaje de compa, por supuesto):
“—¡Ay chirrión! ¡Pero si los dos son del otro bando, cachan granizo y batean zurdo!
”—Ahí tiene usted: las mujeres enamoradas de los volteados… ¿Lo entiende usted?
”—Pos a mí me dijeron que era el rey de los travolteados”.

Informa luego Rius a sus lectores, en exhibición de anti-materialismo histórico y anti-Marx, que todo es parte de un “plan maestro de los Estados Unidos para hacer que la América piense y hable como ellos, y dependa económicamente de ellos”. Mi respuesta: “La ideología del imperialismo, compañero, no es un plan maquiavélico, sino un producto con autonomía relativa…”. Oh, my God… es aburridísima…

Pero eso había publicado el sociólogo marxista y buen monero, yeah, yeah!

Meses antes yo había escrito en Proceso algo que demuestra que mi fobia por ese tipo de izquierda no me cayó con la edad:

En ciertos aspectos, la izquierda suele ser más intolerante que los cristianos primitivos. Ante los leones, la hoguera o la parrilla, su Dios no les exigía sacrificio. Podían renegar públicamente de la fe para salvar la vida si al volver las circunstancias normales continuaban practicando su religión. De ahí precisamente, de su no compulsión, el mérito del martirio.

Por el contrario, entre la izquierda algunas guerrillas se han exterminado a sí mismas al perseguir y fusilar “traidores” o diversas desviaciones de la línea revolucionaria correcta.

(Fines de 1977.)

Tras el golpe de Echeverría contra Excélsior y la salida de su director, Julio Scherer, con casi todos los colaboradores, unos siguieron a Scherer en la fundación del semanario Proceso, otros prefirieron seguir al subdirector, Manuel Becerra Acosta, y hacer un diario, se llamó unomásuno. Allí comencé a escribir cada semana. El subdirector era Carlos Payán, quien me mostraba especial simpatía.

Así que por eso recurrí a Payán cuando tuve un texto que se excedía con mucho de mi límite. Mi nota (amarilla) no tiene fecha, pero es de 1978, como por octubre-noviembre. No decía que era homosexual, pero mi relato dejaba claro que el ex dirigente del 68, ex preso político, ex exiliado se mete a bares gays sin motivo profesional, como un reportaje o estudio psicológico. No: estaba allí como cliente y se lo había cargado una razzia.

Razzia de sábado en la noche

(Artículo dedicado a John Travolta, but of course.)

Uno se rasura silbando “Amor tierno” [¿habré pensado en “Puppy Love”?], “Copacabana”, “Noche de sábado”, y se pone una camisa bonita para irse a bailar hasta dejar empapada la ropa, a beber un trago o muchos, a encontrarse con los cuates, a poner el mejor ángulo ante la perspectiva de un ligue, a deshacer rápidamente el ligue inicial cuando surge otro mejor, a quedarse sin nada cuando el salto riesgoso se planea mal. Pero no toma en cuenta la opinión que de todo ello tiene la policía.

Así se dirige uno confiado y perfumado hacia una noche que no sabe cuándo ni cómo ni con quién terminará. Después de asomarse a varias discoteques que ofrecen diversas perspectivas, acaba uno dirigiéndose al Topo, como pudo ir a otra similar.

Monumento a la Revolución. A veinte metros de la eterna llama votiva que conmemora al millón de muertos que nos dieron este democrático país [entonces tenía sorna: sólo había PRI], allí en la mera esquina está: bar El Topo. A diez metros está la CTM, a quince las oficinas de la revista Siempre! El letrero: Club Privado es sólo un argumento contra las exigencias policiacas o la sorpresa del algún cliente.

Cien pesos y se tiene acceso al mal sonido, la mala música y la mala bebida. Por razones que sólo a dos docenas de personas interesan, no puedo tomar alcohol. Pido un vaso de agua quina para tener algo en la mano mientras me ambiento.

Las 00:30. La pista de baile está llena. Una rubia grandota como vikinga baila con alguien que podría ser muchachito o muchachita. La clientela es mayoritariamente masculina, a veces no muy masculina. Hay mujeres falsas y de verdad. También hay parejas heterosexuales. Ninguna preferencia erótica se plantea como requisito de admisión.

Las 00:35. La música cesa intempestivamente. Pasan largos minutos. Cuando me estoy sentando, un amigo me dice: “¡Corre!”, y sale sin esperar respuesta. Pienso que ha habido un pleito y que la policía llega para llevarse a los responsables. Me digo “el que nada debe, nada teme” y permanezco en mi asiento sin acordarme de que esa misma frase la dijo un muchacho al que le decíamos El Pirata y que se pasó tres años en Lecumberri sin deber nada.

00:40. Ya inquieto por las carreras que escucho en la escalera, me decido a salir, pero un gordo chaparro me cierra el paso: “Yo te diré cuándo”. Afuera hay una julia de las mismas que la policía ya no usa porque son ofensivas para el decoro del ciudadano detenido. Me pregunto quién habrá dejado estacionado allí ese vehículo de tiempos remotos. Entonces el gordo chaparro le dice a un flaco que se estaba sacando un moco: “Llévate a este”. Volteo a ver al señalado, pero nomás estoy yo. Me suben a un coche sin placas. Adelante van tres secuestradores, atrás vamos cuatro secuestrados. No han dicho cuánto pedirán a nuestras familias por el rescate, pero como el auto no lleva placas ruego por que lo detenga una patrulla tripulada por agentes de la ley. Mis esperanzas crecen cuando, con toda prepotencia, nos pasamos un alto tras otro.

00:45. Nos bajan en un edificio inmenso junto a Buenavista. Afuera dice Delegación Cuauhtémoc. Supongo que será algún refugio clandestino de los secuestradores. Nos ponen en fila. Unos doscientos hombres y sólo cinco o cuatro mujeres. ¿Por qué esa discriminación? En el bar había por lo menos unas treinta. Me digo que debo señalarlo a mis amigas feministas.

La 1:00. Llega un desnutrido con una hoja de papel y le pregunta el nombre al primero de la fila. Yo, que estoy más bien lejos, me entrometo: “Primero nos informan ustedes por qué nos tienen aquí y se identifican, después daremos nuestros nombres”. Un fulano con pinta de agente nada desnutrido me mira e interroga a otro: “¿Quién es este payaso?”. Yo sigo hasta que un vecino, vestido de Travolta, con traje blanco y chaleco, me da un discreto codazo: “No los hagas enojar o nos va peor”. Yo respondo: “Que chinguen a su madre”, pero ya se han empezado a dar los nombres.

La 1:15. El desnutrido va llegando con su lista y pienso negarme a dar mi nombre, pero buenas razones me hacen dudar, entre ellas los cuartitos vacíos y de paredes sucias que se ven desde el pasillo. La madriza puede estar ruda y además me van a separar y así ya no me entero de cómo es una razzia. “¿Nombre?”. “Francisco Villa”.

Se llevan a un muchacho que golpeaba con el puño las paredes, lo encierran en uno de los cuartitos, cuando lo sacan le preguntan: “¿Ya entendiste?”. El muchacho parece que ya entendió.

La 1:45. Nos van llevando, en grupos de a cincuenta, frente a un señor de aspecto respetable, lentes, pelo envaselinado y echado para atrás. En la fila se comenta que es el juez. Nadie parece atemorizado, salvo un muchachito de pelo rubio que me rogaba no separarme de él, como si de mí dependiera. “¿Saldremos mañana?”. “Yo creo que hasta el lunes”. Nos impondrán sólo una multa. Una multa ¿por qué? Todo mundo hacía preguntas al compañero de al lado.

Las 2:15. Mientras me llama el juez, un policía me pone el ojo encima. Deja de lado la revista que hojeaba y se dedica a observarme. Me mira a los ojos, luego a la bragueta, luego a las botas y vuelve a empezar: ojos, bragueta, botas. Finalmente inicia su propio interrogatorio oficioso.
—Y tú qué haces.
—Soy periodista. Trabajo en unomásuno y en Siempre!
—¿Y no te da vergüenza?
—Vergüenza me daría ser policía.
—Pues yo soy policía.
—Ya lo sé. ¿No te da vergüenza ser un pinche chota? —para responder así me atengo a la presencia del juez, frente a quien no suele golpearse a los detenidos. El policía continúa, pero yo he perdido los estribos y sólo consigo resoplar, echando el aire al techo.

Las 2:45. Juez interroga a detenido: “¿Y qué hacías allí?”. El vocablo allí, pronunciado en voz baja, está cargado de paternal reprobación. Los detenidos dicen cualquier cosa. Alcanzo a escuchar: “Tomaba una copa y bailaba”. ¡Muy bien! Me propongo decir: “Me ponía un pedo asqueroso. ¿No puedo?”.

Un policía dirige, cuando lo olvida el juez, una pregunta ridícula acerca de las preferencias sexuales del detenido. Igual podía haber preguntado si le gustaban las jícamas o cuáles eran sus posiciones preferidas en la cama. Pienso detenidamente mi respuesta. La elaboro, la corrijo y me la aprendo: “Con todo el respeto que usted merece, señor juez…”.

Las 3:10. El juez me llama, pero se limita a anotar mi nombre, Francisco Villa, y mi profesión. Enseguida me hace pasar con los demás. Eso sí que no. “¿A mí no me va a preguntar qué estaba haciendo allí?”. Digo que tenía ganas de ver una razzia, porque, como son ilegales, resulta interesante reportear el comportamiento de la autoridad frente a ellas. Me quedo esperando la segunda pregunta, pero ni el juez ni el policía ayudante la formulan, busco a mirabraguetas, pero un triple silencio echa a perder mi brillante alegato. Pregunto entonces cuál es el delito, “porque ha de saber, señor juez… es usted juez, ¿verdad?, que como hoy es 23 de septiembre yo pensé que se trataría de la Liga confundiéndonos con millonarios, ya que nadie se identificó”. El juez indica que no hay delito, tan sólo falta, y que ya se nos notificará más adelante.

3:15. Aluzándose con unos periódicos encendidos en forma de teas, nos hacen bajar a un sótano. Antes de que se apaguen los papeles, alcanzo a ver en el techo los tubos del desagüe. Enseguida la oscuridad es completa. No puede uno verse ni la mano si la pone frente a los ojos. Papá-juez no informa nunca del delito o la falta cometidos. No hay teléfono. Tampoco hay rejas, como lo han prometido los procuradores, porque la puerta es de metal macizo. Un sótano cruzado por aguas negras y en absolutas tinieblas. Nadie sabe si estaremos allí horas o días. Un consuelo: “Peor le fue a Edmundo Dantés, conde de Montecristo”.

Nadie se ha acobardado. Después de la inquietud y el enojo aparece un humor negro. Se encienden a ratos los críquets. Al fondo de la mazmorra alguien ha encontrado una bicicleta. Llega un último grupo, acompañado también por agentes que alzan sobre sus cabezas antorchas de periódico. Decidimos levantar un acta por privación ilegal de la libertad y los delitos que resulten, la dirigiremos contra las autoridades de la Delegación.

Las 4:30. Llegan los agentes y con extraña amabilidad nos forman, iluminados otra vez por los periódicos encendidos; subimos las escaleras… Y nos ponen en la calle sin más trámite. Ni explicaciones, ni disculpas, ni multas, ni nada. Caminando hacia el Monumento a la Revolución para recoger mi coche, empecé a dudar de la veracidad de lo ocurrido.

Las 7:30. Llego a mi casa. No le hubiera podido explicar a mamá-policía mi tardanza de tres horas a causa de un “encuentro cercano”, muy cercano, que tuve al cruzar Durango a las cinco de la mañana, y que me llevó hasta Contreras.

Carlos Payán termina la lectura en silencio, me mira, relee algo, y sólo dice: “Déjamelo. Lo publicamos completo”. Apareció en buena colocación. Pero ya mi versión no iba completa: tratando de reducirla había eliminado que los detenidos habían comenzado a darme aliento en los reclamos: “¡Échales, Pancho Villa! ¡Échales, bigotón!… ¡Sí, sí… a ver que nos expliquen de qué nos acusan, diles, bigotón…!”. Y yo, El Bigotón, gritaba: “¡De qué nos acusan!”.

Una “salida del clóset”, como se ve, sin redoble de tambor ni un ¿pos qué creen?

 

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