'Inédito' de Fuentes

publicado el 20 de mayo de 2013 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Ya los años no los hacen como antes: se cumplió rapidísimo el primer aniversario de la muerte de Carlos Fuentes y su encargo póstumo: "No permitan que gane Peña Nieto". Dejé muy pronto de leer a Fuentes porque me sentía tratado como gringo: se ven las costuras de la nota que iría a pie de página si fuera ensayo, pero Fuentes la incorpora al texto. El narrador está pensando en sus lectores neoyorkinos, suecos y franceses, en su inmediata traducción al inglés, sin duda, y a diez lenguas más. Así que debe ir soltando un hilo de Ariadna, unas migas de pan en el bosque, para el momento en que Ingmar Lagerloff abra la novela del gran escritor mexicano:

"Tonatiú Gutiérrez miró hacia el balcón central de Palacio y lo sobrecogió el recuerdo de los tlatoanis, como llamaban los aztecas a sus reyes. Se dijo que los mexicanos deberían seguir llamando así a sus presidentes, dado que tampoco los pueden ver a los ojos."

"La mirada de Tonatiú se posó encima del balcón, en la campana de Dolores, llevada allí por el presidente eternizado, Porfirio Díaz, quien cumplía años el 15 de septiembre y salía al balcón del Palacio Nacional a que su pueblo le cantara Las Mañanitas, nuestro Happy Birthday, pueblo que pronto se levantaría en armas contra la dictadura, y que apenas atisbaba, desde abajo, los salones llenos de luces, sedas y perfumes, donde los Apellidos Sonoros departían con champaña. Abajo, en la plaza que los mexicanos llamamos El Zócalo, porque tuvo por muchos años un zócalo vacío para la estatua ecuestre del tonto rey Carlos IV, de inmerecida memoria fundida en bronce por el gran Manuel Tolsá, había pulque."

"Con la carta de Ixca en un bolsillo interior del saco, Tonatiú sonrió para sí mismo: allí está ahora, sobre el balcón central, por órdenes del dictador que no sabía cómo su repique presagiaría humos de cañones y sangre de una revuelta que duraría diez años, allí está la vieja campana con que el cura Hidalgo convocara a independizar México la mañana del 16 de septiembre de 1810 y Porfirio Díaz se dio por regalo de cumpleaños; pero dobló a misa de muerto por una dictadura larga de 30 años, y nadie se preguntó por quién doblan las campanas, pero esa pequeña campana doblaba por Díaz que, en medio año, se embarcaría rumbo a Europa en el vapor alemán Ypiranga."

"Sonrió Tonatiú por su monólogo interior: Y piensa, Ixca, ahora ese pueblo se llama Dolores Hidalgo: ah, la manía mexicana por encimar nombres de héroes a la ciudad de sus hazañas. Cualquiera pensaría que es un apareamiento de ciudad y estado como "Mérida, Yucatán", o "Xalapa, Veracruz", así también Dolores sería un pueblo en el estado de Hidalgo; pero no es así, como Lagos de Moreno, dedicada a Pedro Moreno, el independentista, y Toluca de Lerdo, Dolores debía convertirse en Dolores de Hidalgo, pero dado el significado español de dolores (*el traductor pone nota obligada), lo dejaron en ese raro Dolores Hidalgo... que está en Guanajuato."

"Ixca no respondería a Tonatiú, que ya contemplaba la enorme bandera tricolor de México desplegada por un viento suave, porque no tendría lugar el diálogo. Tonatiú, con su nombre de sol azteca y sus ecos a Pedro de Alvarado, el conquistador pelirrojo por eso llamado Tonatiú, sol, habría de morir en su vieja casona de Santa María la Ribera, una de las primeras colonias, como llamamos en México a los barrios nuevos que le crecen a esta enorme capital extendida al pie de dos volcanes nevados: nieve y fuego... ¡imagen perfecta de México! Un corazón de lava ardiente y un exterior inmutable, de indio cabizbajo, de mestizo en apariencia dócil."

"No hubo esa conversación que habría tenido lugar en la cantina La Ópera de maderas artesonadas; sus bellos espejos, que tantos esplendores han reflejado, no vieron a Ixca y Tonatiú hilvanando trozos de quilt, retacería de México, en todos los colores y texturas, como las que ahora se extienden por Washington y San Francisco para recordar los nombre de los muertos por sida."

"Con su nombre azteca, que recuerda, sin embargo, al feroz Pedro de Alvarado, pelirrojo como el dios-sol, Tonatiú volvió sobre sus pasos, miró desde la acera la cantina La Ópera, que alguna vez tuvo un salón para damas porque no se permitieron mujeres en las cantinas hasta los años 70, y se dirigió hacia la calle denominada Puente de Alvarado, en honor a aquel Tonatiú conquistador...".

 

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