Toros: terreno minado

publicado el 02 de enero de 2012 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Los legisladores mexicanos prometieron revisar este año el asunto de las corridas de toros. En estas líneas intento plantear un solución que no admitirá ninguno de los extremos, pero quizá resulte aceptable para las mayorías. Veamos los datos duros:

1. El toro de lidia es una raza criada (y creada) sólo para la fiesta brava. No es buena su carne, tampoco sirve para la reproducción de vacas lecheras. No: el toro de lidia es para la lidia, dice Perogrullo, y si no hay lidia la especie desaparece.

2. El toro de lidia pasa cinco años que envidiarían Slim y el sultán de Borneo: tiene todo asegurado desde que nace: atención veterinaria de primera calidad, vacunas, complementos a la leche materna. Luego, es un animal absolutamente libre. Las haciendas ganaderas son tan enormes que rara vez un toro encuentra una alambrada. Come sin falta, en años en que herbívoros silvestres pasan hambre y hasta mueren, al toro de lidia lo atienden sus criadores "a cuerpo de rey".

Slim y el sultán de Borneo deben preocuparse por las caídas de la bolsa, calcular riesgos, no dormir por la preocupación de un contrato, prever las traiciones, cuidar que el harem, en el caso del sultán, no corra peligro.

Nada de esto padece el toro de lidia: es perfectamente libre de ir y venir por inabarcables praderas, tiene hierba enriquecida extra, vitaminas, minerales, desparasitación frecuente. Come lo mejor, corre con el viento, de vez en cuando le ofrecen una vaquita, a veces precedida de un ternerito para despertar su lujuria, duerme seguro de que mañana comerá, que si llueve tendrá cobijo. Un rey sin las preocupaciones de un rey.

Así pasa sus "cinco años maravillosos": libre, fuerte, veterinarios a su servicio, sexo, sueño, paz.

3. Luego, un día, es parte de los 6 toros 6 de una corrida. Los transportan con gran cuidado: una pata rota, un cuerno mellado y se arruinó esa fortuna cuidada durante cinco años.

La corrida tiene tres tercios. El primer tercio consiste en algo que al toro divierte mucho porque se trata de atacar un capote, sin daño alguno posible, salvo para el torero. El toro está haciendo lo que su naturaleza dicta, embestir y embestir otra vez.

El segundo tercio comienza con una tontería que bien puede ser eliminada: los picadores. La medicina de Galeno sostenía que la sangre podía tener humores negros, de ahí que se recetara con mucha frecuencia una sangría (no una transfusión) al enfermo grave que, oh sorpresa, moría. El médico afirmaba que la sangría no se había aplicado a tiempo.

Hace mucho que la teoría de los humores está en el mismo rincón que la muñeca fea. Además, el público taurino detesta a los picadores: nomás se abren las puertas de toriles, salen estos gordinflones montados en sus caballos, y la rechifla comienza, aún antes del primer puyazo.

Luego vienen las banderillas... y comienza el primer problema. Si comparamos los 450 kilos de un toro adulto con los 75 de un hombre adulto, la piel de toro cuyo grosor permite fabricar zapatos y botas, la capa de grasa bajo esa protección de pelo y cuero, entonces veremos que la púa de una banderilla es en proporción más chica que una aguja del 21 con que nos inyectamos penicilina.

Para conservar la proporción, la púa de la banderilla debería ser 7 veces más grande que la aguja hipodérmica (de unos 5 cm.), esto es: ¡de 35 centímetros! La púa tiene menos del doble que la aguja hipodérmica, y el toro pesa siete veces más que un hombre promedio.

Luego viene el tercer y último tercio. Una buena parte se la lleva de nuevo el toro embistiendo la muleta roja: un derechazo, un natural y todas esas figuras ante las que se grita ¡ole! Hasta allí, no pasa nada. Y creo que el toro la pasa mejor que nadie.

Pero, de entre la muleta, aparece el estoque: la espada con ligera curva que debe entrar entre los omóplatos del toro, bajo el morro, para producir una muerte fulminante. Casi nunca ocurre así, y el matador falla y falla y vuelve a fallar. El sufrimiento del toro es horrendo.

Eliminemos el estoque.

Eliminemos también, las trampas: jueces de plaza y veterinarios deben certificar que los cuernos del toro no hayan sido lijados para exponer las terminales nerviosas y hacerlo dudar hasta de embestir. Esa y otras prácticas deben penarse con severidad. Y que "Carmelo, que está en el Cielo" se siga asomando a ver torear, no solo a su hermano Silverio, sino al Curro y a todos los buenos.

De cómo una bellísima jovencita hace todo por destruir su vida, y casi lo consigue: Olga (Planeta, 2010).