La superioridad moral del ciclista... y minorías

publicado el 12 de septiembre de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

A Horacio Franco

 

Comienzo por señalar que considero la bicicleta el mejor medio de transporte en una ciudad: contamina cero, no ocupa espacio de más y beneficia la circulación, tanto la citadina como la corporal. Dicho esto paso a relatar mi experiencia con lo que ya se llama "movimiento" ciclista:

Comí con amigos en un restorán de la avenida Tepeyac, de carril triple para cada sentido y con camellón florido. Llegué en auto porque no aprendí a andar en bicicleta para que mi papá, con una farmacia que ofrecía servicio a domicilio en la esquina de Alcalde y Herrera y Cairo, no me enviara a dejar pedidos. Hablo de Guadalajara hacia 1960. Bien, salimos de comer y solicité mi coche al valet parking, que lo dejó cruzado sobre la banqueta para permitirme subir sin estorbar el arroyo.

Avancé unos centímetros, pero vi venir a dos ciclistas, dos, dos, dos... y en un exceso de cortesía por mi parte, pues estaban a unos 30 metros, frené y los dejé pasar. Nunca, ni en el sótano de MILENIO, he sido más insultado: el par cruzó frente a mí tan fresco, pero vi, con algo de susto, que detrás de ellos venían varios cientos de ciclistas que ocupaban el arroyo completo poniente-oriente, así que debía esperar varios minutos.

Puse el freno de mano y esperé aunque, al comenzar mi salida y ver al par, ya había sacado unos 50 centímetros de trompa sobre un arroyo que tiene allí triple carril. Los primeros ciclistas de la enorme banda voltearon a verme feo. Los siguientes comenzaron a mentar madre a silbidos. Y de pronto se generalizaron las mentadas y estuve en medio de una silbatina de varios centenares de furias que descargaban un odio digno de mejor causa.

A los mienta-madres no importaba que tenía centímetros, ni siquiera la trompa, encima del arroyo porque había cedido el paso a dos de sus compañeros y, segundo, pero más importante: si me echaba en reversa, lo cual podía hacer, tapaba toda la banqueta, toda, y cualquier peatón hubiera debido bajar al arroyo para seguir su paso... y el arroyo estaba lleno de ciclistas de lado a lado y por varias cuadras. Preferí no obstruir la banqueta. Como dijo el tan citado sabio del viejo y sólido PRI: Gonzalo N. Santos, cacique de SLP: Los periodistas son como los perros: nomás el primero sabe por qué ladró, los demás lo siguen. Mentaban madres al que, de seguro, había tirado con su auto a un ciclista... o algo así. No sabían.

Me ha sucedido que me salvo por un pelo de ser atropellado por un ciclista (sólo recuerdo hombres y más bien jóvenes) que circula sobre la banqueta, el espacio citadino que siento seguro al caminar. Y bueno, tengo barba blanca, y atropellado por ciclista es posible que me mate o me deje con un daño permanente. Con auto sería peor. Pero nunca me han aventado uno por la banqueta. Detesto a los conductores de auto que, teniendo espacio detrás cuando los atrapa un alto sobre un paso peatonal de rayas, no meten reversa y allí se quedan estorbando. En ocasiones lo hacen, o hacemos, porque el de atrás queda muy cerca y tampoco mete reversa: no hay remedio, pero casi siempre es descuido. Más aún detesto a los que dejan el auto frente a su casa sobre su banqueta y me hacen bajar al arroyo. Pero de los autos me cuido al cruzar una calle. Al caminar por una banqueta no voy poniendo atención.

Bien: estamos ante otro caso más de superioridad moral: el ciclista, como el miembro del PRD, el homosexual, y hasta una minoría que es mayoría, las mujeres, tienen siempre la antena dispuesta para captar malas vibras. MILENIO señala gustoso que ya otro estado más de la federación tipificó el feminicidio. Sigo sin entender por qué sea digno de legislación especial matar a una mujer... Creo que esa legislación es un ejemplo de machismo: la mujer es delicada, débil e inútil. Además de tonta, claro. Por eso urge que los legisladores, mayoría masculina, le ofrezca protecciones extra.

¿Y al gay que matan? El crimen de odio debe estar contemplado por la ley porque es crimen, no porque sea odio. Matar un homosexual, una mujer o un heterosexual en idénticas circunstancias debe penalizarse con idéntica severidad. Es agravante que el crimen se cometa con alevosía, ventaja o particular violencia, como en el caso en que va precedido de tortura. Pero no tiene por qué ser agravante que la víctima sea mujer, gay, indio, negro, judío... o gallego, que tantos chistes padecen.

De cómo una bellísima mujer hace todo por destruir su vida, y casi lo consigue: Olga (Planeta, 2010).