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publicado el 11 de septiembre de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Hoy hace diez años. Todos recordamos dónde y cómo lo supimos. Al igual que quienes tenemos edad para recordar el asesinato del presidente Kennedy. Carlos me tenía abrazado de un hombro, dormía, y yo trataba de no moverme para no despertarlo. Pero sonó el teléfono. Era la mayor de mis hermanas: "¿No están viendo la tele?" Dije que no, nunca la prendemos por la mañana. Hizo una breve síntesis. Antes de colgar ya mirábamos las imágenes: una de las Torres Gemelas de Nueva York ardía. En el mes de enero las habíamos visto por última vez desde el auto de un amigo que nos dio un paseo nocturno alrededor de las torres.

Yo había entrado a una cuando aún olía a nuevo y no terminaban las plazas. Y hasta subí para ver, sin acercarme a los ventanales, la curvatura del planeta Tierra. Subí con esfuerzo mental: nunca subo a nada más alto que la Acrópolis. Tengo acrofobia, entre otras muchas fobias. Las alfombras del altísimo vestíbulo, varios pisos de altura libre, tenían marcas de pisadas con yeso. Aún había trabajadores y materiales de construcción en los ingresos.

La otra torre estaba aún intacta. Vimos el segundo avión entrar por un costado y el enorme flamazo salir por el costado opuesto. El avión y sus pasajeros, no sabíamos si llevaba, se habían evaporado. Aún no se tenía noticia del secuestro de vuelos. No pudimos decir ni hacer nada, sólo, creo, abrir la boca. Estábamos en vivo, y mirábamos desde la cama tibia. Comenzaron a repetir la secuencia del segundo avión. Una y otra vez.

"Desde los hechos del 11 de septiembre a los recientes actos de terrorismo en Noruega, raza, religión y democracia continúan estrellándose de formas trágicas", dice el número de los ANNALS of the American Academy of Political and Social Science". Analiza la intersección de esos tres campos. "En una democracia, nosotros, la gente, tratamos de asegurarnos, sin duda, de que las voces más fuertes escuchen a las más suaves, al menos en ocasiones", escriben en ese número los co-editores, John L. Jackson y David Kyuman Kim.

Los autores exploran las relaciones en la intersección de esos tres campos alrededor del mundo. El artículo "Race, Religion, and Late Democracy" está disponible con un costo.

El editorial del semanario Science del pasado viernes, Still Vulnerable in 2011, también dedicado al tema, lo firma Lewis M. Branscomb, profesor emérito de la Escuela John F. Kennedy en la Universidad de Harvard. "Como respuesta a los ataques del 11 de septiembre, las Academias Nacionales movilizaron talentos científicos y técnicos para responder una pregunta: ¿Cómo puede el conocimiento técnico hacer a la nación menos vulnerable a la catástrofe? La respuesta, Making the Nation Safer, fue publicada en junio del 2002. Desafortunadamente, la infraestructura esencial de la nación todavía es muy vulnerable, no sólo al terrorismo, sino a los desastres naturales y a calamidades producidas por malos manejos institucionales en la industria y el gobierno".

Una debilidad gigante en cualquier país con una red eléctrica siquiera mediana es el daño enorme que puede causar un sabotaje menor pero bien calculado. Las redes eléctricas están destinadas a desaparecer en la medida en que la energía para la industria y el hogar se produzcan en el lugar mismo donde es necesaria: celdas solares en tejados, turbinas de viento, pintura que fabrica electricidad a partir de luz solar. Branscomb recuerda la fragilidad de la red eléctrica y el gran apagón del 2003, no causado por terrorismo, que dejó a 55 millones de personas del noreste de EU a oscuras, sin agua, con trenes detenidos, teléfonos sin línea y fábricas paradas.

El sistema eléctrico es perfecto para que una falla menor se replique hasta niveles desastrosos. Toda red centralizada y con puntos vitales resulta una invitación al accidente, no digamos al terrorismo. Las matemáticas de las redes, llamadas teoría de grafos, analizan los puntos esenciales para la comunicación entre una red, y por lo mismo, para su desplome. Pero ya tenemos en las autopistas teléfonos de emergencia alimentados por una pequeña placa de celdas fotoeléctricas. También hay iluminación pública basada en el mismo sistema y que hace independiente a cada uno de los arbotantes y faroles. Las lámparas basadas en leds y no en vapores de mercurio y otros gases exigen menos energía y se desechan con menor riesgo. Falta la decisión de instalarlos y el dinero para el recambio, pero el ahorro de energía paga en poco tiempo la inversión.

El matemático más reconocido en teoría grafos es Claude Berge. Esa área nos ofrece la forma de calcular si una red (eléctrica, de agua, de gas) admite subredes parciales o no, cuáles son sus puntos de articulación, cómo se define la separación de un vértice, cuándo ese vértice es un centro. Todo lo cual es muy útil para diseñar una red... o para destruirla con la mayor eficacia.

Maravillas y misterios de la física cuántica, Cal y Arena 2010.