El misterio

publicado el 24 de abril de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Creo que el ateo más ateo es el que no predica, el que no busca ampliar sus fieles. Sencillamente, ninguna divinidad está en su pensamiento cuando actúa. Héctor Aguilar Camín y yo, por lo que le he leído esta semana, somos fans de Dostoyevski y en particular nos cimbra la afirmación de Iván Karamásov: Si Dios no existe, todo está permitido. Iván se equivoca y es un mal ateo. A los ateos no nos detiene el “temor de Dios”, como se dice en los sermones, ni siquiera el temor a la ley. Nos detiene una moral natural que está imbricada en nuestro cerebro por la evolución.

Es imposible probar la inexistencia de Dios. Pero también es tarea inútil e injusta: debe probar quien afirma. Si niego la existencia de sirenas, el creyente en ellas me podrá demostrar que no he revisado cada metro cuadrado de los fondos oceánicos. Es una discusión tonta y por evitar. Dios ha venido siendo, con los avances de la ciencia, cada vez más la “hipótesis no necesaria”, como la llamó Laplace ante Napoleón. Para la existencia del universo, tenemos el Big Bang; para la del sistema solar tenemos a Laplace y su nube de polvo y gases, para la de los elefantes, las lechugas y nosotros tenemos la evolución.

Pero siempre un Dios pudo haber detonado el principio de todo y puesto las variables que los físicos encuentran tan notablemente ajustadas que resultan demasiadas casualidades en cadena. Para eso repito un ejemplo sencillo: si tengo un millón de boletos para la rifa de un millón de pesos y los vendo todos (digo todos), la probabilidad de que una persona particular se lo saque es un millonésimo. Pero la de que una persona cualquiera (digo cual-quie-ra) se la saque es 1: es imposible que no se lo saque nadie.

Así podemos explicar nuestro particular Bang: como uno de los infinitos bangs que crean universos que duran instantes y decaen, otros con leyes que no permiten la formación de materia, etcétera. Como quien se sacó el millón: en uno de tantos bangs, de entre millones de millones, era imposible que no se dieran las condiciones que condujeron a que la materia cobrara conciencia y se estudiara a sí misma.

Un creyente puede llamar a esa infinita y eterna espuma de universos “Dios”. Pero al menos una de sus características no existe: es todo menos bondadoso. La vida, desde que surgió en seres unicelulares, estuvo diseñada para que un ser se comiera al otro. Quienes se oponen al consumo de carne por amor a los animales traen zapatos, cinturones, carteras y bolsos de piel.

El “respeto” de los animales por la naturaleza es una tontería de moda. Si por las hormigas fuera, acabarían con todos y cada uno de los árboles sobre la Tierra, pero la evolución ha creado también sus balances: hay aves, murciélagos y otros animales que comen hormigas, árboles que lanzan señales al aire ante un ataque para que otros árboles desprendan resina pegajosa y se defiendan. Las bacterias más feroces, las que matan al organismo invadido, se suicidan porque mueren con el portador. Sobreviven las que, de linaje más benigno, no matan pronto y así permiten que el portador siga dispersándolas. Eso se llama selección natural y alguien puede decir que es obra de Dios... Quizá, pero de un Dios muy cruel y, sobre todo, impasible: no hay llanto de niño que lo conmueva ni injusticia que impida.

En los terremotos se caen iglesias con más frecuencia que burdeles porque son más frágiles en su afán de ser altas. A menudo leemos que los peregrinos que iban a un santuario perecieron al caer su autobús a un barranco; la madre soltera que sale a trabajar para el sustento de sus tres hijos puede volver y encontrar que la veladora encendida a un santo dio inicio a un incendio donde los tres niños murieron carbonizados... ¿Y la Virgen o el santo dónde carajos estaban? José Emilio Pacheco tiene un bello poema donde dice que los santos lo son precisamente porque son insobornables (cito de memoria).

En fin, Iván Karamásov no tiene razón porque la evolución ha puesto controles que, en humanos, llamamos moral o ética. Es bien sabido que el león joven que derrota al viejo lo primero que hace es matar al par de cachorros del derrotado, después se los come porque es carne, proteínas. El león no lo sabe, pero la evolución implantó ese mecanismo porque así la leona vuelve a entrar en celo y el joven se vuelve padre de una camada propia, una que lleva sus genes y no los del derrotado. Como el león no tiene predadores (hasta la muy reciente aparición del humano) sus camadas son de uno o dos cachorros, pocos. Las ratas, rodeadas de predadores que se alimentan de ellas, los tienen por decena. Es horrible.

La inmensa mayoría de los ateos no hemos matado a nadie, no robamos, no secuestramos, ayudamos a nuestros padres hasta sin saber que un mandamiento lo exige. Es un producto de la evolución: especie que se mata en exceso entre sí, no se va al infierno, se va a la nada, desaparece. De ahí nos viene la ética laica: sin Dios ni paraíso ni infierno.

Maravillas y misterios de la física cuántica (antes El burro de Sancho y...), Cal y Arena.