El cardenal defiende su negocio

publicado el 01 de noviembre de 2009 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

El cardenal tapatío, Juan Sandoval, vocifera en misa —mientras da a comer carne humana y bebe sangre de Jesús— contra la Cartilla de Salud que ofrece información sexual respaldada en fríos datos científicos descritos en términos sencillos y médicos. Exige que el tema se deje a los padres. Por cierto nadie puede negar a los padres ese derecho. Pero son más bien ellos quienes lo rechazan: es un tema que prefieren no tratar o tratan de forma tan abominable como la mamá de Carrie, y no informan a sus hijas adolescentes que en algún momento se les presentará su primer sangrado menstrual. ¿Cuántas Carries reales hay?

Los padres están en todo su derecho de informar a sus hijos acerca de historia, geografía, aritmética y biología. Pero a nadie escandaliza ahora, aunque haya sido motivo de disputas y guerras, el derecho de un Estado laico a impartir educación estandarizada en todos los temas. Si los jerarcas religiosos no discuten las lecciones de geografía ni la capital de Pakistán, ¿por qué desean tener la exclusividad en las de biología?

El cardenal lo hace porque cuida su clientela: el día maravilloso, azul y pleno de luz en que se prohibiera dar información religiosa alguna a los niños, y fuera delito de corrupción de menores imbuirles ideas aterradoras no comprobadas ni comprobables, las iglesias y sus monstruosas fábulas se vendrían abajo. Nadie que haya pasado su infancia sin oír hablar de dioses podría imaginar uno tan berrinchudo, vengativo y ruin que por castigar a los humanos destruyera a todos los animales terrestres del planeta inundando todas las tierras, leyenda torpe e infantil.

Ese Espantajo que condena sus hijos, porque probaron de un fruto prohibido —arbitrariamente prohibido como prueba de obediencia ciega—, a tortura eterna y sufrimiento en este mundo, no lo imaginaría nadie que no fuera un pastor ignorante aterrorizado por los rayos y ajeno a las grandes culturas de su época, florecientes en Egipto y Mesopotamia.

Y ese mismo Espantajo es el que, según la moral judeo-cristiana-musulmana, nos arroja a las llamas eternas por hacernos una puñeta o usar lo que nos da sin pasar por la bendición (y pago) de Sus representantes terráqueos, a los que debemos mantener para que nos permitan usar el cuerpo. Nadie que no viviera en el casi desierto, al borde cotidiano de la muerte, pudo inventar un Creador que hizo a sus criaturas de forma tal que debamos comernos los unos a los otros: la vaca se come la pradera, nosotros a la vaca, el lobo a la oveja, el pez grande al chico, el león a la gacela que aún no muere y ya ve sus tripas devoradas por los encantadores cachorritos: un Ser monstruoso.

Y a nombre de Eso, el cardenal lanza anatemas y fulmina condenas porque a los adolescentes se les dice que ellos tienen una cosa y ellas otra, que meter una dentro de la otra puede resultar en embarazos que destruyan la vida de un par de jóvenes que solamente se estaban divirtiendo con los dones dispuestos por el Creador. Pero que embarazo y posibles enfermedades se pueden prevenir de forma sencilla.

La Iglesia católica y las protestantes perdieron las culturas occidentales con la Ilustración, la Revolución Francesa, la separación de iglesias y Estados, con el fin de la persecución del pecado por la policía. Con las hogueras apagadas, los representantes del Monstruo de Ira tienen poco para amenazar y seguirse dando vida de reyes. No defienden sino sus banquetes opíparos, sus autos de narco y sus mariconas faldas coloradas llenas de encajes, lazos, madroños y otras puterías. Pero no pierden la esperanza de recuperar el reino de este mundo. Y el camino pasa por recuperar la infancia: allí está el meollo de las furias cardenalicias.

Cuando somos niños estamos en pleno moldeamiento cerebral. Los niños, como los changuitos, deben tener una gran plasticidad en el aprendizaje para que el idioma y las normas comprobadas que les permitirán sobrevivir en un mundo plagado de carnívoros se moldeen y ajusten. Por eso en la infancia nos tragamos cuentos como el de un viejo panzón vestido de colorado que lleva, en una sola noche, juguetes a todos los niños del planeta, excepto a los pobres que de seguro se portan mal. Creemos todo.

También nos tragamos, de niños, que el creador del tiempo y del espacio se preocupa por encontrarnos las llaves extraviadas, o nos salva al hijo enfermo si le rezamos, pero no lo salva —monstruo de soberbia— a quien no se le hinca. Y Su crueldad es tal que ni la burla perdona cuando hace desbarrancar el autobús repleto de peregrinos que van entre cánticos a un santuario a entregar limosnas.

Eso es lo que está en juego cuando el cardenal y todos los dirigentes de iglesias, que de eso y nada más de eso viven, vociferan ante sus feligreses: las limosnas y el negocio de la Eternidad.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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