Nostalgia por la mano dura

publicado el 03 de agosto de 2009 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

El daño más grande que ha producido la coalición de todos los partidos contra los ciudadanos sin partido ha sido el de revivir el deseo de un despotismo ilustrado: un dictador sabio y benévolo que saque al país de discusiones interminables guiadas por el egoísmo partidario y el afán de meter zancadilla al contrario, aun a costa del país. Aquellos gritos de: "¡Que se hunda Pemex! ¡Nada a su favor! ¡Ya lo rescataré Yo cuando sea presidente!" (mayúscula de yo mayestático), y arrebatos similares han producido un desánimo que los argentinos supieron resumir en un grito: ¡Que se vayan todos!

Pero si se van todos, o los mata un terremoto, alguien debe gobernar, y el ciudadano más apolítico, puesto al frente de la nación, por eso mismo se transforma en político: el giro es ineludible. Y aún peor, será un político inexperto, ingenuo y convencido de que lo único que hace falta al país es gente de buena voluntad, trabajadora y honesta (como él). Para comprobar la falsedad absoluta de ese postulado ingenuo y bobo ya tuvimos seis eternos años de Fox y sus foxadas.

Por otra parte, México en particular ya ha empleado la receta del Mesías salvador de la Patria que gobierna sin estorbos: es lo que hemos tenido de forma casi única durante 200 años: en el siglo XIX, Santa Anna por 30 años con interrupciones y con la pérdida de medio territorio nacional (para gozo de los que quedaron de aquel lado de la raya), Porfirio Díaz otros 30 años (y al menos dejó las líneas férreas que todavía son casi las únicas, un siglo después), y por último tuvimos al dictador que lo sucedió: un autócrata que vivió 70 años con rostro y nombre variable, pero siempre el mismo personaje que ordenaba "¡hágase!" y se hacía sin discusiones desesperantes en Cámaras ni manifestaciones callejeras en contra.

Así que la mano dura es casi lo único que hemos probado. Y no salimos del atolladero, aunque con frecuencia la política del déspota haya sido ilustrada y hasta correcta. Los ejemplos abundan: el TLC que nos convirtió en exportadores y nos dio por primera vez en 200 años una balanza comercial favorable con respecto a Estados Unidos no lo habría aprobado ninguna legislatura posterior a 1997, tampoco habría ganado un referéndum, y es de lo poco que nos ayuda a sortear la crisis mundial; la revisión del pernicioso ejido, la relación civilizada con las iglesias, fueron temas ganados sin la oposición que hoy los detendría. Pero también tuvimos los doce enloquecidos años de Echeverría y López Portillo, "la docena trágica" que nos dejó endeudados y con el peso convertido en milésimas a causa del gasto superior a nuestra capacidad de pago y el populismo de tener a todos contentos a base de dinero a manos llenas, dinero que, cuando llegó el cobro, se nos hizo polvo y tuvimos crisis económicas sexenales hasta la excepción del presidente Zedillo.

A España no la sacó de la pobreza centenaria el dictador Francisco Franco, sino la democracia con el acuerdo sensato entre partidos conformados por adultos y no por niños, unos verdes, otros colorados, pero todos berrinchudos y que terminan por llevarse su pelota.

Los anulistas del voto fuimos la tercera fuerza electoral, la demanda más compartida por fuerzas tan heterogéneas fue la reducción del presupuesto público entregado a los partidos, y a las tres semanas en Jalisco los partidos recortaron gasto público en educación, salud, infraestructura, como es necesario ante la caída en la recaudación… y se subieron un 10 por ciento su rebanada de presupuesto.

Bien: si en tres años no tenemos inversión privada en energía, reestructuración del sistema educativo, reforma fiscal a fondo y nuevas reglas para la relación obrero-patronal, el nuevo presidente recogerá escombros: sin petróleo, con precios bajos para el poco petróleo que nos quede, con disminución de turismo por falta de seguridad y falta de inversión en infraestructura, sin un fisco eficiente que cargue el consumo y premie el ahorro, con sindicatos que pueden paralizar minas y rechazar la instalación de refinerías, ¿de dónde obtendrá recursos para las políticas sociales que nos prometerá?

Lo único cierto es que o permitimos la inversión privada en todo o nos endeudamos. El camino de la deuda ya lo seguimos con "los últimos presidentes de la Revolución" que, en el año de 1982, añorado por dinosaurios dentro y fuera del PRI, dejaron a México hundido en su peor crisis y aumento de la miseria.