2009: Año de Galileo

publicado en la revista «nexos»
# 375, marzo de 2009

 

En 1609, hace cuatro siglos, Galileo Galilei empleó un invento holandés, el telescopio, ya no para ver la bandera de los barcos que se aproximaran, sino para observar los cielos. Así comenzaron sus problemas con la teología. Que los cielos eran perfectos y todas las imperfecciones se acumulaban en la Tierra no era sólo asunto de astronomía, sino de religión. Y la religión cristiana había tomado dos fuentes de filosofía pagana: Platón a través de san Agustín y Aristóteles por santo Tomás de Aquino.

Del neoplatonismo había persistido la creencia en cielos perfectos donde habitaban las Ideas y las Formas eternas e invariables, el topos uranós, que no significa sino "lugar del cielo". La Iglesia cristiana primitiva tomó de Platón esta noción, y la de un alma que guía al cuerpo. Así que negar la perfección de los cielos ya no contradecía a un filósofo pagano, sino a los "padres de la Iglesia".

Las figuras perfectas eran el círculo en el plano y la esfera en los sólidos. Por eso, no porque lo descubrieran observaciones, los planetas y la Luna tenían que ser esferas perfectas y seguir órbitas perfectamente circulares. Así era y a callar todos.

Así que Galileo, a través de su telescopio, vio con terror creciente una evidencia en contra de las enseñanzas de la Iglesia, por entonces en plena guerra, armada y teológica, contra el naciente protestantismo. No era el mejor momento, en plenas guerras de religión y matanzas entre católicos y protestantes, degollinas y defenestraciones de unos contra otros o de otros contra unos, de moverle a ninguna de las Verdades Supremas. Y una era la eterna perfección de los cielos. ¿Una Luna chipotuda?, jamás. Pero exactamente eso había visto Galileo a través de su telescopio: montañas y valles, hasta cráteres en la superficie de la Luna, de la que hizo escrupulosos dibujos.

Aristarco de Samos, isla griega del Egeo, había propuesto, en el siglo IV antes de Cristo, un sistema heliocéntrico, con la Tierra y los demás planetas girando en torno al Sol; poco después Eratóstenes, en Alejandría, había medido con enorme acierto la circunferencia terrestre sin más herramientas que una vara, su sombra durante el solsticio de verano, y un par de axiomas de Euclides. Hacia el 128 a. C., Hiparco descubrió y calculó la precesión de los equinoccios, que es el bamboleo del planeta y el consecuente cambio de dirección del eje sobre el cual rota, como vemos que ocurre a los trompos. El ciclo para que el eje terrestre vuelva a apuntar hacia la misma región del cielo es de 26 mil años, sostuvo Hiparco, y todavía es un número de precisión aceptable.

Cae el telón: Hipatia

En el siglo IV después de Cristo, en Alejandría los cristianos discutían ferozmente entre sí acerca de la divinidad de Cristo y combatían con mayor ferocidad los restos del paganismo, principalmente la ciencia, nacida mil años antes. Los Juegos Olímpicos fueron abolidos en el año 393 por el emperador romano Teodosio, cristiano, porque se celebraban en honor a Zeus, e hizo derribar su templo en Olimpia. Alejandría siguió siendo un foco de resistencia del helenismo y la filosofía griega. Allí nació Hipatia (o Hypatia si usted escribe Fysica y Olympia) hacia el año 370 d. C. Pronto destacó como filósofa neoplatónica, astrónoma y matemática. Su elocuencia y su extraordinaria belleza eran un atractivo más que le atraía numerosos discípulos y extendía sus enseñanzas.

Hipatia simbolizaba la filosofía y la ciencia, abominaciones paganas para los cristianos en pleno ascenso al poder político. Los teólogos Atanasio y Arrio mantenían posiciones diversas acerca de la naturaleza de Cristo y ambos se denunciaban mutuamente como herejes. El arrianismo era seguido por altos políticos de la ciudad y eso agudizó el conflicto entre el Estado y la Iglesia, que seguía la postura de Atanasio.

Las tensiones entre cristianos de ambos bandos se exacerbaron porque el arrianismo mantenía lazos filosóficos con el neoplatonismo y con el poder civil de la ciudad. Uno de los llamados Padres de la Iglesia, san Agustín, introductor de Platón en la escolástica, confiesa entre sus pecados el arrianismo de su juventud. Una neoplatónica tan admirada como Hipatia era un peligro.

En el año 412 d. C. fue proclamado patriarca de Alejandría un furibundo antiarriano, el obispo Cirilo. Una de sus víctimas fue Hipatia. En marzo del 415 una multitud azuzada por Cirilo asaltó el carruaje de la astrónoma y la asesinó arrancándole en vida la carne de sus huesos.

Ese bárbaro martirio y asesinato cometido por los cristianos produjo la huida de otros científicos y pronto Alejandría declinó como centro de la cultura mediterránea. Un oscuro velo de mil años comenzó a caer sobre el conocimiento y la ciencia. Hipatia es la primera mujer notable en matemáticas. Cirilo es conocido ahora como san Cirilo.

Las esferas de Ptolomeo

A la muerte de Alejandro Magno, en 323 a. C., sin hijos, su imperio se repartió entre sus generales. Egipto le tocó Ptolomeo, apodado Sotir (salvador). Desde esa fecha hasta Julio César reinó en Egipto la dinastía griega de los Ptolomeos, cuyo miembro más famoso es Cleopatra. Pero un Ptolomeo del siglo II d. C., Claudio, fue el astrónomo y matemático que logró explicar los movimientos al parecer erráticos de los planetas, así llamados porque planitis en griego es vagabundo, pues parecen ir y venir a su antojo entre las estrellas fijas.

¿Por qué vemos esas cinco estrellas (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) avanzar entre las estrellas fijas, detenerse, regresar, acelerarse hacia delante? Porque están montadas en unas inmensas esferas de cristal que giran sobre otras aún más enormes y todo el conjunto da vuelta a la Tierra, que está en el centro del universo. Las esferas fueron llamadas ciclos y epiciclos las montadas sobre los ciclos. Un complejo mecanismo que, con todo y sus irreales bases, logró tablas de gran exactitud para las posiciones planetarias. Mil años después de Ptolomeo, al comenzar el Renacimiento, las predicciones de sus tablas eran muy exactas.

El sistema tenía un solo defecto: era una suma de parches ad hoc que los siglos habían acumulado con ajustes a los supuestos ciclos y epiciclos de cristal.

Copérnico

Los ires y venires planetarios resultaban más sencillamente explicados si, como había dicho Aristarco, el Sol era el centro del universo y veíamos a los planetas contra el telón de fondo de las "estrellas fijas". Sencillo sí, pero hereje. ¿No decía la historia de Israel que Josué ordenó: "Sol, detente en Gabaón... Y el sol se detuvo"? Josué 10.12. Luego, por esa cita y muchas otras, el Sol gira en torno de la Tierra, como todos vemos que ocurre: sale, cruza el firmamento y se pone.

El Sol inmóvil y la Tierra girando eran paganos. A fines del siglo XV, siglo de los viajes por mar, del descubrimiento de América e inicio del Renacimiento, con su fiebre de conocimiento y búsqueda del arte clásico, nació en Polonia Nicolás Copérnico (Koppernigk). En 1503 recibió el doctorado en derecho canónico en Italia, donde hervían las nuevas ideas, se leía a los clásicos grecolatinos y se copiaba el arte y la arquitectura de Grecia y la antigua Roma.

Una primera descripción, o Commentariolus, del sistema copernicano circuló en copias manuscritas como material peligroso. Declara "completamente absurdo que un cuerpo celeste no se mueva siempre con velocidad uniforme, en un círculo perfecto".

El aterrorizado canónigo no habría publicado nunca su sistema heliocéntrico de no ser por la presión de un joven de sólo 25 años, protestante y homosexual, Georg Joachim von Lauchen, conocido como Rético, por su lugar de nacimiento, Rhaetia, nombre latino del Tirol. Rético resumió el contenido del manuscrito que Copérnico se negaba a publicar, lo tituló Narratio Prima y lo hizo imprimir. En lo que Arthur Koestler llama "la traición a Rético" (Los sonámbulos), el anciano timorato que sólo vio un ejemplar de su libro en el lecho de muerte, no menciona a Rético en la amplia dedicatoria al papa Paulo III.

"Copérnico tenía veinte años menos que Leonardo. Durante los diez años que pasó en Italia vivió entre hombres de esa nueva generación; sin embargo, no se convirtió en uno de ellos. Volvió a su torre medieval [...] Llevó a su patria sólo una idea que el renacimiento pitagórico había puesto de moda: el movimiento de la Tierra; y se pasó el resto de su vida tratando de encajarla en un marco medieval fundado en la física aristotélica y en las ruedas ptolemaicas" (op. cit.). En su sistema, "los planetas no se mueven alrededor del Sol, como cualquier escolar cree que enseñó Copérnico", sino en ciclos y epiciclos en torno al centro de la órbita de la Tierra (ídem.).

Las elipses de Kepler

El perfecto mundo platónico-cristiano de los cielos, constituido por esferas y círculos, sufrió un asalto más, de los muchos que le deparaban los siglos: Johannes Kepler, contemporáneo de Galileo, encontró que los planetas no sólo giraban en torno al Sol y no a la Tierra, sino que en vez de girar en armoniosos círculos concéntricos, lo hacen en disparatadas elipses; uno de los focos de la elipse es el Sol, el otro es vacío, un foco puramente geométrico. Peor aún: los planetas tampoco giran a velocidad constante sino que se aceleran en la porción en que la elipse los acerca más al Sol.

En fin, que el mundo celebra este año a Galileo y a Darwin, de quien se cumplen 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de El origen de las especies... Otro libro guardado por su autor a lo largo de decenios en previsión de sus provocadoras conclusiones.