La Influencia Del Sexo

publicado en la revista «nexos»
# 352, abril de 2007

 

Ivabelle Arroyo

 

¿Por qué en las películas, cuando está a punto de hundirse un barco, siempre hay un hombre, marinero o viajero, que grita: “Mujeres y niños primero?”. Nunca me ha tocado estar en un naufragio, por eso mi referente es sólo el cine y me deja perpleja escuchar que siempre salgan con eso de que las mujeres y los niños se salven primero. ¿Les enseñaron eso a los marineros de la armada? ¿Fueron instruidos los hombres tan severamente en su infancia que ante una situación crítica de sobrevivencia prefieren morir antes que violentar la cortesía y las reglas de virilidad?

Otra pregunta: ¿por qué hay tantas mujeres que mueren solas, que pierden hijos, maridos y hermanos antes de dejar de funcionar del todo? ¿Es porque a ellos les enseñaron que debían ser agresivos, torpes en su cuidado? ¿Es porque ellas alcanzaron bote cuando fue lo del naufragio? Una más: ¿por qué los homosexuales (los hombres homosexuales) fueron los que inventaron el cuarto oscuro con fines sexualmente tumultuarios? ¿Es porque se quedaron arriba, solos en el barco, cuando todas las mujeres habían saltado a los botes?

Tengo más preguntas, y estoy a punto de inventar una historia arriba del barco que perdió el nivel de flotación, pero como molestaría mucho a Luis González de Alba, a quien le tengo un saludable terror, limito mi imaginación y retomo al tema de su más reciente libro: Niño o niña. Las diferencias sexuales.

Todos conocemos el debate sobre los roles sexuales. Que en una mujer, o mejor dicho, que la idea de mujer, sea aprendida, tolerada o heredada ha producido quebrantos de cabeza a sectores políticos, académicos, feministas y religiosos, por mencionar sólo algunos. Tener en la cabeza de que este rol es aprendido implicaría aceptar que la orientación sexual y el sexo mismo pueden ser objetos de elección.

Sin embargo, la mayoría de las investigaciones serias apunta hacia otra dirección. Si bien no se tiene tampoco la certeza de que el sexo, los roles y la orientación sexual sean en exclusiva determinados fisiológicamente, sí se puede afirmar, ya que a la religión no le falta razón cuando postula, todavía hoy, que así los hizo Dios. Me refiero a cualquier religión, a cualquier Dios y lo afirmo aunque los escribientes no hayan llegado a ese postulado por el camino de la razón.

El libro de Luis González de Alba es una recopilación metódica de experimentos que demuestran la influencia del sexo en las actitudes sociales. Hace tiempo que se sabe que las hormonas determinan conductas, pero eso no había zanjado la cuestión, pues aceptando eso bastaba con bombardear de hormonas a un sujeto en la etapa de formación adecuada para que cambiara su sexo, sus conductas y su rol. Y sí, hembras de ratón sometidas a testosterona tienen más probabilidades de ser agresivas que las hembras que no han sido molestadas con tal procedimiento. Ojo, estoy hablando de una conducta, no del mero desarrollo de más o menos pelo en ciertas partes del cuerpo. Sin embargo, hay casos conocidos de individuos sometidos a intervenciones generales de cambio de sexo, con supresión de órganos sexuales en etapas iniciales de su vida, con subsecuentes tratamientos de hormonas y con educación contraria a su sexo, que en determinado momento regresan, por así decirlo, a su sexo original.

¿Por qué regresan a ser hombres en la edad adulta individuos que no tienen órganos sexuales masculinos y fueron educados toda su vida como mujeres? ¿Qué les impele, a pesar de no generar testosterona como debieran, a ser agresivos, competitivos, ágiles y más fuertes?

No hay una sola respuesta, pero hay muchos experimentos que apuntan a la influencia de los genes en los cromosomas sexuales (X y Y) en las llamadas conductas de género. El autor hace un recuento de algunas de estas investigaciones genéticas y luego una recopilación de experimentos que refuerzan la idea de que los hombres y las mujeres nacen, no se hacen. Mejor aún: la idea de hombre y la idea de mujer que hemos construido a lo largo de la historia de la humanidad, la hemos construido sobre las bases reales de la fisiología, no sobre las bases sociales de la dominación machista.

Por ejemplo, y este es sólo uno de los muchos ejemplos que se pueden pescar en el mar de ellos que trae el libro, algunos roles que desempeñan los distintos sexos en la especie humana encuentran eco en los roles que asumen las hembras y los machos en otras especies. En algunos primates las hembras asumen actitudes que bien podrían haberse enseñado en el Colegio de la Vera Cruz en Guadalajara y toda la evidencia permite afirmar que ninguna de esas hembras ha estudiado en ese lugar.

Entre los machos igual. Es una obviedad, pero los experimentos la sustentan: hay machos en todas las especies. Al menos en todas aquellas que se reproducen sexualmente. De las moscas a los venados, pasando por los pájaros y la gente, los machos usan sus plumas, sus cornamentas, sus bíceps o hasta un Mercedes para decir: “Yo, nena, soy el mejor”. Entonces una de dos, o esa competencia es producto de una diferencia biológica o, por qué no, todas las especies lo aprendieron en el camino.

El libro de Luis González de Alba es un poco tramposo. Aparentemente pletórico de datos duros, tiene muchas más preguntas que otra cosa y, por la ágil forma en la que están ordenados y resumidos los experimentos, genera una saludable inquietud por conocer más sobre el tema.

Por ejemplo, tras explicar las diferencias que se han hallado en los cerebros de las mujeres y de los hombres, nos suelta una andanada de experimentos con individuos cuyas edades van desde la etapa fetal hasta la adultez. Y es que sí, la materia gris y la materia blanca se encuentran en distintas proporciones en los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres, unos tienen más dendritas acá, otros tienen más dendritas allá (si quieren saber dónde tienen que leer el libro) y eso se puede apreciar incluso antes de que se formen los órganos sexuales reproductores, antes de que haya influencia de hormonas. Sin embargo, ese dato duro no es suficiente para afirmar nada, para empezar porque aún no se tiene el suficiente conocimiento sobre el cerebro para hacer afirmaciones incuestionables sobre las dendritas y su relación causal con las conductas.

Por eso el dimorfismo cerebral tiene que ser conformado con los experimentos de conducta, y en Niño o niña hay cientos. Los lectores se pueden encontrar con investigaciones increíbles que suponen a un equipo de observadores pacientes que con el correspondiente permiso de los padres (eso quiero suponer) anotan durante horas las veces que decenas de bebés se llevan la manita a la boca o si lo hacen cerrándola o abriéndola, con un dedo estirado o con dos.

Después se juntan todos y comparan las tendencias en las bebés de rosa y en los bebés de azul.

Tan sólo en ese apartado, el de los recién nacidos, Luis González de Alba da cuenta de 22 experimentos documentados por universidades, revistas científicas, academias de investigación.

Lo más interesante es que los resultados se van modificando con la edad de los sujetos, lo que permite la entrada a la pregunta sobre el peso del entorno. En sus primeras semanas, las niñas lloran igual que los niños, pero a los 13 meses lloran más y eso se mantiene a lo largo de la vida adulta, pues hay evidencia de que las mujeres son más propensas a la depresión y reaccionan al dolor vinculándolo con emociones.

En pocas palabras: lo que las viejitas y la vox populi han sostenido durante años la ciencia lo ha llegado a documentar, tras los tropiezos ideológicos de una época reciente. Las mujeres lloran, en general, más que los hombres; los hombres tienen, en general, mayor habilidad para orientarse espacialmente (tienen más grandes los otolitos en el oído medio), y a pesar de que el Papa es el Papa, los hombres tienen menos propensión a la religiosidad en todas las culturas.

Los experimentos y datos recolectados por Luis González de Alba no tienen la respuesta completa aún, pero apuntan a descartar la asignación de roles exclusivamente por parte de la sociedad. Si las mujeres y los niños van primero en el barco es porque la inversión en la reproducción de la especie es mayor en ellas y los pequeños. Si muere un macho se pierde a un abejorro polinizador, pero se pueden usar otros. En cambio, si se pierde una hembra disminuye la posibilidad de que esos abejorros polinizadores encuentren flor para hacer lo suyo.

Lo mismo sucede con las conductas ante la sexualidad. La promiscuidad sexual de los hombres está directamente relacionada con el gasto y la poca inversión que hacen ante la reproducción sexual, y eso explica por qué lo del cuarto oscuro es un asunto entre hombres, con hombres, que no piden nombre ni copa previa.

Concluyo diciendo que esta nueva entrega de la prolífica obra de Luis González de Alba tiene una vez más el sello racional y lógico que lo caracterizan. Pueden estar en desacuerdo con él, pero será difícil que puedan armar una construcción lógica de argumentación tan clara y sólida como las que él domina. Aunque fuera sólo por eso, el libro vale enormemente la pena. Pero como no es sólo por eso, los lectores de Niño o niña podrán disfrutar de ejemplos fascinantes de lo que están dispuestos a hacer los genetistas, los biólogos y los psicólogos por entender, primero, cómo se construye una mujer y qué es lo que hace a un hombre, y segundo, cómo se separa eso de la valoración despectiva que una cultura de varones ha asignado al maravilloso rol de cocinar un pozole.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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