Viaje

publicado en la revista «nexos»
# 351, marzo de 2007
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Fue un viaje motivado por la envidia: Christopher había escrito por Navidad: “Estoy en París esperando a Judith”. En febrero regresamos Carlos y yo luego de pasar allá la siguiente Navidad con boletos comprados desde abril. Estuve enfermo porque algún día el Sena dejará de correr, tan cierto como que toda vida concluye; la piedra de Notre Dame y de la Sainte Chapelle terminará por desmoronarse y caer, piedra sobre piedra, como la materia se hunde en un agujero negro: por su propio peso, porque la fuerza gravitatoria desfonda una estrella, la derrumba para adentro, la hace caer sobre sí misma. Oh, oh, oh, Dios del espaciotiempo, Dios de la nada y de la distancia de Planck, Dios del horror infinitesimal. Y así Notre Dame caerá, como un calcetín volteado, porque todos los materiales tienen una resistencia determinada por su estructura molecular, y las piedras por el conjunto de diversos materiales que las componen; unas son de origen volcánico; otras se produjeron por acumulación de sedimentos; en el mármol hay cal y por eso fueron destruidos los monumentos de la antigüedad clásica: porque eran la fuente de cal más a la mano: bastaba con ir al Coliseo y arrancar un par de bloques para tener cal para construir, para vender, y del templo de Zeus en Atenas sólo quedaron quince columnas, altísimas, maravillosas, con sus capiteles corintios ornados de onduladas hojas de acanto, raro, raro pero bello, porque el verdadero acanto no podría sostener ya no digamos una trabe marmórea, ni siquiera una tabla ligera sin doblarse. Pero allí están las cestas de acanto con un diámetro de un par de metros, quizá poco menos, sosteniendo enormes bloques de mármol cortados de forma que cubran de un centro al otro, de media cesta de acanto a la siguiente media cesta, y no se quiebren por su propio peso, porque una piedra muy larga termina rompiéndose por enmedio hasta sin carga alguna: la rompe su peso. Ese es el primer cálculo: ¿cuánto puede abarcar un bloque largo de mármol, recto, sin romperse? Debe de haber una fórmula, en los libros sobre resistencia de materiales, que conjugue el grosor, la anchura, el tipo de piedra (con un número constante) y nos proporcione el largo máximo. Poco más y la piedra se pandea, luego se agrieta, luego se rompe y cae. Poco menos espacio cubierto y la resistencia aumenta hasta ser del cien por ciento si el espacio cubierto es cero, si las columnas están pegadas una a la otra; es una función, una hermosa función que el cálculo, la herramienta matemática inventada por Newton y Leibniz simultánea e independientemente, con seguridad describe por medio de una derivada: con las columnas pegadas una a la otra la trabe no se rompe nunca, con una separación de un centímetro: una rendija, tampoco; pero conforme las columnas de apoyo se van separando, la gravitación ejerce su dominio sobre la materia suspendida y hay un límite tras del cual toda trabe de piedra se rompe al instante, apenas colocada se vence, truena y se viene abajo matando operarios, maestros de obra y arquitectos, y también al poeta que componía hexámetros para cantar la construcción del templo, la épica religiosa del trabajo. Hemos sobrepasado el límite al que tendía la función. Pero los pueblos antiguos no conocían la derivada, así que los monumentos anteriores servían de experimento para obras más audaces. La trabe se rompe, es cierto, pero el arco no, dijeron romanos y árabes, y un arco prolongado es una bóveda que se sostiene por sí misma, sin el bosque de columnas interiores heleno, y girado el arco hace una cúpula, y si el arco se viene abajo al quitar la piedra clave, la central, la cúpula no. Y allí tenemos el Panteón, el templo para todos los dioses, con su cúpula agujereada en el centro y las fuerzas tensionales sosteniendo milagrosamente el conjunto en pleno centro de Roma, atestada de coches y turistas. Pero las bóvedas se caen si los muros, columnas continuadas, sobrepasan su límite, otro límite, mayor, pero uno que también calcula el arquitecto de Diocleciano. El derrumbe se evita con el reflejo de quien levanta inútilmente la mano ante el muro que se le viene encima: un hombre con el brazo extendido para soportar el muro que cae, y caerá hacia afuera porque hacia afuera empuja la bóveda. Y los pueblos medievales crean el refuerzo de los contrafuertes y sus arbotantes para rodear construcciones más altas, más, más, hacia el cielo, y bóvedas más separadas, y nos engañan aparentando que las altas columnas tienen diez imposibles centímetros de diámetro, imposibles pero arramacinados en torno de formidables pilares que se vuelven frágiles a la vista. Y afuera no importa el armazón de brazos levantados para apoyar el muro tambaleante, el andamio de piedra disimulado con capillas laterales. Y entonces resulta que ya no es necesario el muro-sucesión de columnas, y las oscuras bóvedas pueden iluminarse de arriba a abajo por angostos ventanales de vidrio multicolor. Pero el intento de ascender con piedra y cal también alcanza un límite y los cuerpos rechonchos de brazos levantados se vencen ante el empuje pétreo de la bóveda con altura imposible. Se derrumba el ansia de altura en Beauvais, y Notre Dame en plena construcción se queda con torres sin remates por temor al límite impuesto por la piedra y la constante gravitatoria, la atracción del planeta en una isla lodosa del río Sena. Pero el metal no tiene ese límite y recubierto de vidrio en estaciones de trenes y fábricas o sin recubrir en torres de altura nunca imaginada, ofrece nuevas constantes a la vieja ecuación: ¿cuán larga puede ser una viga de acero antes de pandearse por su propio peso? Mucho, y más cuanto más sea la altura respecto de la base. Pero si no es una viga recta, como la piedra rectangular sobre columnas, sino curva, se reinventa el arco: otro material y la vieja forma tiende a otro límite y los ingenieros, que ya estudiaron a Newton y a Leibniz, hacen cálculos precisos. No rebasan el límite porque lo ven, sobre papel y lápiz, mostrado por las derivadas y las integrales. La materia es la primera en obedecer sus propias normas, y crea la doble cúpula, la redondez por arriba y abajo cuando no existe ni el arriba ni el abajo, las estrellas. Y así la materia se acomoda en perfecto equilibrio para siempre: diez soles, veinte soles. La suma parece no tender hacia ningún límite. Pero lo hay. El átomo también se derrumba si le encimamos peso, masa, se destruye como las bóvedas caídas bajo el empuje de una mano gigante. La insoportable presión funde en una sola masa bóvedas y columnas derramadas por el suelo. Su límite es el piso agrietado por los golpes de las rocas caídas. Las bóvedas del átomo, los electrones en su órbita, se derrumban sobre el núcleo en el centro de estrellas mayores que la nuestra, las cargas eléctricas opuestas se fusionan bajo el empuje de las capas exteriores que en la estrella han perdido sustento. Cuando el derrumbe estelar concluye tenemos los restos del terremoto concentrados, una catedral caída, una esfera de neutrones, la partícula de carga neutra que por eso puede acomodarse lado a lado sin rechazo. En una piedra muerta con pocos kilómetros de diámetro ha quedado convertida la hornaza estelar. El límite último. Pero no lo es: si aumentamos el tamaño de esa estrella de neutrones, su interior vuelve a derrumbarse, ¿hacia dónde?, hacia adentro, sea eso lo que sea, y la masa estelar, que curvaba el espacio con su sola presencia y doblaba un rayo de luz al pasar cercano, produce una curva de curvatura infinita para salir de cuya gravitación, como la piedra lanzada al aire y que no vuelve a caer porque superó la velocidad de escape sobre el planeta, es necesario acelerar a velocidad mayor que la luz; pero a velocidad de la luz el tiempo cesa de fluir y para el rayo emergido en el primer instante del universo no ha transcurrido tiempo alguno, ni trece mil millones de años ni un segundo: nada, y el instante de la creación continúa y continúa y continúa. Por eso no hay velocidad mayor y aún así no es suficiente para salir de esa curvatura del espacio producida por la materia en eterna caída, el hoyo negro. Un soldado en las trincheras de la Gran Guerra calculó el límite de no retorno y por él lleva su nombre: de Schwartzschild. Pero las conocidas leyes de la conservación de la materia y la energía, multicomprobadas, permiten inferir la fuerza gravitatoria de esa materia en caída constante, que quizá se abre en otras dimensiones para dar nacimiento a otro universo, plop, plop, plop. Y muchos apenas viven y otros son yermos como energía pura y radiante y alguno se hace grumos y los grumos son materia que un día se ve a sí misma y reflexiona sobre su origen y seguramente se equivoca en esas reflexiones como el perro que mordisquea un CD con el libro primero de El clave bien temperado, en idioma binario sólo legible por un minúsculo rayo de color muy puro. Por eso, no por las deliciosas y enormes ostras de chez Procope, el restorán donde comieron Voltaire y Diderot y otros que para éstos ya habían muerto; ni por el frío que permite a Fauchon mostrar sobre la acera una entusiasta fuente de langostas, flores, frutas y pasteles lanzados a la mañana azul en surtidor imposible hasta en la escuela de pintura veneciana; ni por la humedad que aguijonea los negros castaños arrancándoles los primeros brotes de yemas verdes en las ramas entumecidas bajo las que asoman sus cabezas los tulipanes rompedores de escarcha; ni por el peso de los muertos en el que no es menos el chaparrito Brad Davis que puede asestarle al milagro maduro que es Jeanne Moreau cantando each man kills the thing he loves, un helado you?... you are just a woman porque Brad marinero en el neblinoso puerto de Brest sobre una cama de puta sólo piensa en su hermano Robert que no es su hermano sino la ola del amor y el crimen, su soledad, su boca en el espejo, su erección segura, más que el capitán a quien le pide no tendré paz hasta que me penetres, pero de tal forma que ensartado me mires, extendido sobre tus muslos, como una Pietà mira a Jesús muerto, frase que llega de veinte años atrás, de un verano sofocante entre las enormes hojas inmóviles de los pesados castaños, un calor de vino blanco y cestillo de paja sobre la grama, que vuelve sin prisa como un verde colibrí de reflejos turquesa, un calor que pintó Renoir, quien ya se ha ido, calor que volverá cuando no quede nadie ahora viviente, en este instante, en éste, éste.