Veinte años de El Taller

publicado en la revista «nexos»
# 346, octubre de 2006
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Mi bar El Taller, como todos los niños, vino de París. Cuando tuve mi primer "año sabático" por ser maestro de la UNAM, lo pasé allá, haciendo que estudiaba un postgrado en psicología. Grado no saqué, pero me volví buen maestro e introduje, parecerá increíble, la lectura obligatoria de Freud en mis alumnos. "No está en el plan de estudios...", refunfuñaba alguno. "No, pero lo lees".

Al volver a México (como es obvio vivía en el DF) ya me resultó insoportable la fealdad de Le Baron, el bar gay por el sur (con su falta ortográfica que ponía una L impronunciable ante B: L’Baron), su techo de gallinero y un maltrato inimaginable en estos tiempos, a cargo de los policías judiciales que lo administraban, o los lugarcitos gays que abrían y cerraban al ritmo de las razias policíacas y que resultaban mejores cuando eran siniestros, como El Topo, un sótano por el monumento a la Revolución, que cuando los buscaban hacer encantadores y los dueños los llenaban de manteles con moñitos color de rosa, esculturas de yeso y les asestaban nombres como Rose’s Garden, uno por el sur, decorado con varias toneladas de rosas de plástico colgando en medallones gigantes sobre las paredes. Fugaz, por suerte. Iba una vez y no volvía, tampoco hubiera podido porque casi siempre lo clausuraban antes las autoridades. Quedaba la alternativa del Bar 9, con su buena música y su decoración cambiante, siempre moderna y de buen gusto, pero también lleno de mujeres sofisticadas y de jotitos envidiándolas: "Maravillosa tu estola, ¿es mink?", "No, precioso, es zorro plateado...", respondía la bella aludida, arrellanada en una de aquellas suaves y grandes butacas de las que era difícil levantarse. En una de tantas remodelaciones, el 9 decidió abrir pista de baile, y destinó al efecto un cuarto de la antigua casa principios del siglo XX donde se encontraba. Pero recámara era y recámara siguió.

Fui al 9 un par de veces, una de ellas acompañando a una madura actriz secundaria del cine mexicano: la sensación de esa noche, como salida de Sunset Boulevard, pues había acertado a ponerse de turbante todo un mantón de Manila, cuyas barbas le colgaban por la espalda. Volví muchos años después, ya como el-dueño-de-El-Taller, a un aniversario. Pero tuve el mal tino de pelearme a golpes con un pendejo... ante la mirada atónita de mi amigo, el crítico literario José Joaquín Blanco, quien, segundos antes pronunciaba las palabras: "Lábaro (yo), arruinas tu poesía con esa violencia sexual de...". No concluyó porque un loco, que la trajo contra mí toda su vida, me enfureció con un comentario maloso sobre El Taller, y yo traía varios vodkas... y sólo 40 años que parecían 30.

A José Joaquín lo había conocido en el Centro Mexicano de Escritores, donde éramos becarios con ángeles Mastretta, Francisco Serrano y Carlos Montemayor. Todavía nos habían tocado de asesores Rulfo y Elizondo. Mi amistad con Joaquín sufría curiosos altibajos porque no soportaba (ahora creo que con razón) mis aires de rufián, entre los que estaban el palmotear la espalda a los amigos con fuerza capaz de hacerlos escupir pulmones. Todo porque iba al gimnasio y tenía muy buenos brazos, a los que debía cada noche de juerga un buen número de ofertas para elegir. Eso no entusiasmaba a José Joaquín, más dado a los atractivos intelectuales de los hombres, y se había distanciado; pero aquella noche estaba particularmente cálido conmigo, lo cual había sido una agradable sorpresa, pues le guardaba cariño y resentía su alejamiento. Por supuesto, arruiné aquella súbita cercanía y, cuando echaron del bar al rijoso (pues yo era el-dueño-del-Taller... aunque hubiera tirado el primer golpe), Joaquín había desaparecido. Quizá allí seguía, digo, pero ya no estaba conmigo ni podíamos seguir conversando sobre los defectos de mi poesía.

Bueno, retomando el hilo del desolado panorama donde la única disco gay, Le Baron, tenía por luces de pista algunas series de arbolito de Navidad colgadas alrededor, mi pareja, Ernesto Bañuelos, y yo, pensamos abrir por lo menos una sex-shop, ya que un bar estaba fuera de nuestro alcance, en lo económico y, sobre todo, en lo político, pues todo mexicano sabía que para abrir el más arrumbado barecito se necesitaban muchas influencias. Era la época, no totalmente desaparecida, en que no existían derechos ni ciudadanos, sino clientelas. Y yo andaba en la política de los primeros partidos de izquierda (cuando no eran la versión travestí del PRI). Así que ni esperanzas de obtener una licencia.

Ernesto, que era buen actor de teatro universitario, y yo, que era maestro de la UNAM, conseguimos un local estrecho y largo, a la salida de Le Baron, donde tendríamos clientela cautiva, y pusimos... pues lo que se pudo: libros sobre sexualidad, novelas de tema gay, carteles de guapos que no mostraran el pito y artículos de piel negra: tangas, brazaletes con estoperoles, algunos de doble broche (la posición más ajustada servía para usarlo como cock-ring: un anillo que hace más dura la erección, pero eso nomás lo sabíamos los iniciados, así que los exhibíamos en una vitrinita sin preocuparnos por inspectores). Por cierto, nunca llegó ninguno y hubiéramos podido tener pornografía verdadera. La comenzamos a tener, oculta en una caja, cuando Ernesto descubrió Tepito. Ahora la venden hasta los puestos de periódicos, colgada con pinzas de tendedero. Eran otros tiempos. Se llamó La Tienda del Vaquero y tenía al frente un logo de neón rojo con la silueta de un vaquero. Se nos aclientó Iván Restrepo, entonces a cargo de algunos espectáculos del teatro Blanquita. Ernesto le fabricaba sobre diseño prendas de cuero negro para los bailarines. Fue un alivio descubrir que yo no era el único frívolo.

En una visita familiar a Guadalajara, me di una vuelta por San Pedro (Tlaquepaque para los de fuera) a ver artesanías. Encontré unas tortuguitas y gallinitas de barro que al abrirse mostraban una pareja cogiendo. Pregunté dónde encontraba al artesano y di con él en las afueras del pueblo. Le dije que estaba interesado en un pedido de sus gallinitas... pero quería dos hombres en la acción. Con una risa tan natural como si le hubiera pedido una güera con un moreno, respondió que por supuesto, pero debía dejar pagado el total porque si no volvía por ellas no las iba a poder vender. Pagué y, cuando ya ni me acordaba, llegó a La Tienda del Vaquero una gran caja de cartón llena de viruta y las gallinitas y tortugas. Causaban mucha hilaridad, pero se vendieron unas cuantas. Creo que al cerrar la tienda, luego de muchos años, y ya sin Ernesto, todavía algunas andaban por allí, con unos llaveros que mostraban los marinos cachondones dibujados por Jean Cocteau para su Libro blanco.

Lo que más éxito tenía eran los cock-rings disfrazados de pulsera de cuero negro. Las había sencillas y con estoperoles. A veces algún cliente, guapo y joven, revisaba uno tras otro con un "mmh, no sé...". Se lo ponía como pulsera a la derecha, luego a la izquierda. El localito era muy caluroso, pues no tenía más ventilación que la puerta, y en la puerta habíamos colocado postigos de cantina, de esos que se empujan para entrar. Le explicaba la función del segundo broche. "Y... ¿no me apretará mucho?", preguntaba el cliente dubitativo ante los varios modelos, algunos con picos hacia afuera, como collar de protección para perro, los que impiden que otro perro los muerda del cuello. El comentario era la señal: con la respiración entrecortada, le decía, tratando de normalizar la voz: "¿Por qué no te lo pruebas?". Y cerraba la puerta corrediza, de metal con vidrios opacos, "no vaya a entrar alguien". Había un espejo y era el mejor sitio para que hiciera la prueba. Cuando corría de nuevo la puerta para abrir, luego de medio limpiar los chorros que escurrían por el espejo, ambos estábamos cubiertos de sudor. Se iban contentos con su pulsera puesta. O pedían una bolsita.

En las tardes aburridas, un gordo guapo, dueño de una tienda de ropa deportiva con menos clientela que nosotros, salía a ver pasar coches por Insurgentes. Yo lo veía a él. Un día le pregunté si no traspasaba su local y resultó que en eso andaba. Allí abrimos La Cantina del Vaquero: una barra de segunda mano, un espejo grande en la contrabarra, una sinfonola rentada con música exclusivamente en español y una rueda de carreta rodeada de bancos altos. Para orinar, pusimos una tina de baño vieja, de aquellas con patas... por si alguien quería desnudarse y meterse. Pues si... eso. Nunca se atrevió nadie, que yo sepa, y la quitamos decepcionados: no estábamos en Nueva York de los años setenta. Pero la tele con pornografía gay al fondo, sí fue un éxito. Entonces pusimos una caja llena de condones gratuitos sobre la barra, de los que repartía Conasida, y letreros de prevención: "Si mamas, que no te los eche; si te los echa no te los tragues". Precaución útil, pues ahora se sabe que el VIH no pasa por ese medio; pero otras infecciones, sí. Allí dio Nutrición sus primeras pláticas sobre el sida y reclutó los primeros voluntarios para hacerse la prueba aterradora: si tenía en sangre indicios de anticuerpos contra el virus. Se llamaba Elisa. La caja de condones se vaciaba con rapidez inusitada. Reaparecían, llenos, algunos maravillosamente llenos, entre el aserrín del piso, pues el baño no era propiamente oscuro, pero sí en penumbra iluminada por la tele. Y claro, el piso tenía aserrín esparcido, como en toda cantina que se respetara.

Yo entraba "a recoger cascos de cerveza" y a veces me tardaba un poco. Una vez muchas manos me sacaron mi camiseta y no volví a encontrarla. Por más que tentaleé en la penumbra el aserrín del piso, zapatos, botas, humedades sospechosas, un pantalón caído hasta el suelo, la camiseta no apareció. Me apaniqué: ¿cómo iba a salir? Luego de dudar un rato, caminé rápido y seguro, crucé la cantina sin ver a nadie (con el deseo mágico: si no veo no me ven), salí a Insurgentes y llegué así hasta mi casa por otra camiseta. Ninguno de mis empleados comentó nada, pero traían una sonrisita... Ernesto no estaba porque nos turnábamos.

Estábamos en la Benito Juárez, donde la delegada era Kena Moreno. Así que la primera vez que recibí una amenaza de clausura, llegué aterrado. Un inspector afirmaba que en el lugar se daban "tendencias a la prostitución". Kena era la dueña de la revista Kena, que trae cómo hacer carpetitas de ganchillo y recetas de cocina fáciles. Me esperaba lo peor. Pero nada más vi al "secretario particular" y mmh... me dije, ya la hice: era un cliente que, cuando aún tenía pelo, y no esa evidente peluca demasiado abundante, en una Reseña del cine Roble se había entusiasmado por Sergio Pitol y éste le había regalado todos sus libros, entonces pocos. El romance no duró, pero siempre que me encontraba al joven me preguntaba con aire de nostalgia: "¿Cómo está Sergio?". Y yo respondía que debía de estar bien pues vivía en Belgrado o en Barcelona o algo así. Y bueno, Kena resultó una priista encantadora. Me pedía que la invitara y yo decía que sí, pero no cuándo, porque lo cierto era que no admitíamos mujeres, ni falsas ni verdaderas. Una dama, y por eso en Navidad le enviaba una caja de Veuve Clicquot Grande Dame. Lo hacía por mi gusto, pues no eran los tiempos de la ciudadanía y la delegada podía clausurar por cualquier motivo, o sin ninguno. Nomás. Nos simpatizamos mutuamente. Si bien creo que también influyó que por entonces yo tuviera una columna semanal... en La Jornada, "La ciencia en la calle". Divulgación de ciencia, pero los políticos del PRI no preguntaban mucho, sentían peligro ante cualquiera con etiqueta de periodista. Y si era de La Jornada, sentían terror. Eso terminó cuando el PRI se transformó en PRD y así pasaron a ser los buenos, y la prensa que los atacara, los malos.

Por mi buena relación con Kena no volví a tener problemas con inspectores. Acostumbraban éstos acusarnos de "tendencias a la prostitución" porque, al entrar, habían visto a dos tomados de la mano o dándose un casto beso. O no los veían, pero afirmaban haberlos visto. Su palabra contra la mía. Nunca vieron atrás, donde perdí la camiseta. Yo argumenté a Kena, un par de veces, que las tendencias son por definición inobservables o dejan de ser tendencias y son actos: "Psicología elemental, mi querida Kena". Por lo mismo, ningún inspector podía haberlas presenciado. Y prostitución no había porque nadie cobraba. Su secretario particular seguía yendo... y perdiéndose al fondo, de donde algunos salían con las rodillas, y nada más las rodillas, llenas de aserrín, así que no habría tormenta. Había sobre todo un cliente gordito, velludo, masculino, que no se sacudía nunca el aserrín, al parecer a propósito: entiendo que era algo así como una forma de informar e invitar.

Me sentía seguro. Pero, por si acaso, daba frecuentes cocteles en honor de esto o aquello, que un libro, una fecha. Siempre en lunes, día de cierre, para invitar mujeres. Llamaba a todo el personal de Proceso, casi mis vecinos, y a cuanto amigo o amiga de renombre me venía a la memoria. La pasábamos bien. Entonces sí invitaba a Kena y tenía buen cuidado de mencionar la lista de invitados. Nunca llegó, pero siempre me pedía el relato. Muy buenos tiempos los de El Vaquero. Todavía trataba a Carlos Monsiváis, aunque tampoco llegó nunca, ni a los lunes gratis ni de cliente normal. En la puerta estaban escritos, con grandes letras, los requisitos de admisión: traer pantalón vaquero y no traer loción. Botas y camisa a cuadros eran sólo sugerencias. El sombrero daba derecho a una cerveza gratis. Les intrigaba mucho lo de la loción. Daba mil rodeos para no decir la verdad: que era requisito indispensable en una mítica disco del Nueva York de los años setenta: The Mine Shaft. Nunca lo hicimos efectivo. Lo del pantalón, sí. Un día llegaron dos señores con sus vaqueros, nuevecitos y duros, tiesos, arremangados unos 20 centímetros por fuera y bolsas de París-Londres, que estaba al lado. Al dejar sus bolsas de compras en resguardo, resultó que eran los pantalones con que habían entrado a la tienda a comprarse unos vaqueros, pues nunca los habían usado. Casi les lloré de agradecimiento. Otros alegaban largamente en la puerta y, con el tiempo, fueron relajando palmo a palmo aquella férrea disciplina.

Pero yo quería una disco, grande, masculina, ruda. Leyendo sobre locales en venta encontré uno en el sótano de Florencia 37. Era tan barato que de seguro se trataba de una calle con el mismo nombre en Naucalpan o en Cuautitlán. Llamé y me informó una secretaria que el local anunciado estaba en la Zona Rosa: la calle ancha y con palmeras donde está el ángel de la Independencia, nada menos. "El precio, entonces, son dólares", dije viendo volar el proyecto una vez más. "No, son pesos". Cuando el vendedor me lo mostró, ese mismo día, no tenía luz eléctrica, estaba inundado por medio metro de aguas freáticas, se caminaba sobre unas vigas sostenidas en pilas de ladrillos, y debía tener uno cuidado con las ratas que nadaban asustadas. Lo vi a la luz de una linterna, tratando de disimular mi entusiasmo para obtener mejores condiciones de compra. El vendedor se moría de verguenza al mostrar aquel sórdido agujero: "Mira, esas estructuras de metal tan feas, son los pilotes que sostienen el edificio, pero tu arquitecto los podrá disimular", dijo.

Pensé que no iba a disimularlos, sino a ponerles reflectores: esa sería la decoración. El lugar era perfecto: Ya verán lo que es una disco gay. Pero me faltaba dinero. Entonces, en El Vaquero, dos clientes se mostraron interesados en la conversación, una pareja joven: Daniel Escalante, idéntico a Sam el Pirata, y Andreas Zeiby. "Lo quiero así como está", dije. "Nada más pintado de oscuro, con piso de hule antiderrapante, de esos de tlapalería, de taller mecánico, y nombre en español, no sé... algo como El Taller o...". "¡Ya, ya, no sigas: ése es el nombre!", exclamó Andreas. En pocas semanas, Daniel decidió retirarse del proyecto porque no quería un sótano, sino un jardín abierto, con un árbol en medio y una parrilla alrededor para regalar carne asada... algo que había visto no sé dónde en Texas o Florida, pues viajaban constantemente y a lo grande: el padre de Daniel era socio de Bush padre en plataformas petroleras. Andreas lo volvió al redil y se conformó con el sótano cuando dije que abriría con él o sin él, pues ya había visto que no se necesitaba mucho dinero.

El delegado que nos correspondía era Enrique Jackson, a quien yo conocía. Lo fui a ver. Me negó la licencia. "¿Por qué, Enrique? Es calle donde puede haber bares, el plano regulador lo...", comencé, pensándome ciudadano con derechos. "Porque no hay licencias... y oye, cómo está Rolando Cordera? Invítame cuando se reúnan...". Adiós de nuevo a la disco.

Pero un par de semanas después envolví el bar en un proyecto "sociocultural". El sida era la noticia. No había cura, ni remedio ni paliativo. Nutrición, donde habían comenzado los primeros estudios de prevalencia, se había ido llenando de enfermos desahuciados. Daríamos pláticas de prevención, le dije a Jackson. Y lo hicimos. Así nacieron, con el grupo Cálamo, "los martes del Taller", que aún subsisten. Y hasta podíamos ofrecer atención médica... allí mismo, por las mañanas, porfié. Haríamos cubículos desmontables para los médicos. No fue allí donde se dio la asistencia, eso era una locura. Pero así nació la Fundación Mexicana contra el Sida, que El Taller y El Vaquero sostuvieron solos por muchos años. Me dio la licencia. Eran los buenos tiempos del PRI en que los gitanos sí nos leíamos la mano: cada parte sabía de qué hablaba la otra... sólo había que guardar las formas y no reírse por la seriedad del otro. Y llevar corbata, por supuesto.

Desde el inicio tomamos en El Taller una decisión políticamente incorrecta, pero ya ensayada con gran éxito en El Vaquero: no entrarían mujeres. De ningún sexo. Mis amigas nunca me lo perdonaron ni mucho menos una inspectora del Consumidor a la que el celo excesivo de mis porteros impidió entrar, con todo y llevar orden de inspección. Nos clausuró tres días, pero el director general aceptó mis argumentos: si las mujeres tenían derecho a estar solas en los espectáculos chippendale... los hombres teníamos los mismos derechos. Ordenó levantar sellos.

Ya sin mujeres, promovimos el pantalón vaquero, la camiseta blanca y el quitarse la camiseta al bailar, como se hacía en todo el mundo civilizado. Eso fue parte del éxito. Pero una decisión de mis socios casi nos lleva al fracaso en dos semanas: no tener disc jockey ni cabina de sonido. Nada de eso. Daniel conocía "al mejor d.j. del mundo", que estaba en un bar de Florida, y él nos enviaría cintas grabadas. Ya lo tenía contratado. Compramos buenos tocacintas, pero los casetes nunca llegaron. Entonces mandamos construir a toda prisa una cabina. Llegó el d.j. que haría famoso al Taller por lo novedoso de su música, Carlos Mendoza, Charly, y El Taller estuvo completo.

 

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