El priismo en la cultura

publicado en la revista «nexos»
# 345, septiembre de 2006
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Uno de los saldos intocados del régimen priista que nos dominó 70 años, es la certeza, nacional-revolucionaria, de que el gobierno debe tener una política cultural. Y que eso significa promover a los artistas con becas para darles oportunidad de entregarse por completo a su obra creativa, espacios para exposiciones, financiamiento del cine y el teatro, atención y seguimiento a cuanto nombre pueda algún día ser renombre. Hay que saberse el quién es quién... o pagar los costos en la mala prensa.

Por supuesto, tener una política cultural trae beneficios, no al país, sino al gobierno: siempre puede recordar a sus becarios quién paga. Lo sabían los Medici y los papas del Renacimiento. Lo gastado en política cultural es una inversión que ofrece al gobierno buenas tasas de interés porque la elite cultural tiene acceso privilegiado a los medios, escritos y electrónicos. Gobierno que pierde a ese par de centenares de abajofirmantes notables, es gobierno derrotado anticipadamente en todas sus batallas mediáticas. Dígalo si no el presidente Fox. Su antítesis, el presidente Luis Echeverría, no era de seguro más culto, pero cultivó mejor que nadie a intelectuales y artistas. Su único error, en términos de popularidad mediática, fue el golpe a Excelsior.

La convicción de que todo gobierno debe presentar una "política cultural" deriva de la misma fuente que exigía proteger a "nuestra" industria. La lógica del PRI decía: el fabricante alemán de tornillos nos lleva ventaja (no nos explicaban el porqué y no era necesario: era obvio), el mexicano está en desventaja, por tanto el gobierno debe cubrir con las alas de una legislación proteccionista "nuestra" incipiente industria, como se cuida con un cerco un arbolillo hasta que su tronco se vuelve resistente. Y pasó medio siglo, pero lo incipiente, lo novato, lo mal hecho a pocos se les quitó.

Esa era la justificación para proteger la industria: que se estaba resguardando, dicho en breve, el empleo actual, y cultivando el empleo futuro. Que el gobierno tenga esa función es discutible. Muchos pensamos que debe emplear los impuestos, su principal fuente de ingresos, para darnos a los ciudadanos seguridad, educación básica, salud general y pagar la administración de justicia, la tarea legislativa, además de crear la infraestructura que permita el desarrollo económico. Pero que el gobierno deba tener una política "cultural", cuando por eso se entiende participar en la producción de cine, literatura, teatro, pintura, escultura, música, danza y otras manifestaciones, no es sino la expresión del deseo infantil de que nunca nos falte un padre que nos mantenga.

La ciencia es caso aparte, aunque pocas veces se piensa en ella cuando se habla de cultura. La ciencia moderna es imposible de producir sin el concurso de enormes cantidades de dinero que sólo la alianza de gobiernos y grandes compañías logra conjuntar. La ciencia es una tarea colectiva que encuentra cada vez más inmediatas aplicaciones tecnológicas. Y cuando parece no tenerlas, al menos en la calidad de vida, como es el caso de la astronomía, la tiene a través del mayor conocimiento de nosotros mismos y nuestro lugar en el universo: muchas guerras se evitarían si los políticos que las declaran tuvieran conciencia de la infinita pequeñez de sus motivos.

Pero, siendo claros, cuando se habla de "política cultural" se está pensando en las diversas expresiones del arte. Y no veo por qué los fondos públicos deban desviarse a alentar la creación de obras que están más reguladas por la moda que por lineamientos objetivos.

Sin entrar a definirla, todos sabemos lo que significa "ciencia". Pero hace tiempo ya no sabemos dónde comienza y termina "pintura", "música" y otros lenguajes, como el video, la instalación o eso que llaman "performance".

A mí me gusta la ópera, y sin embargo no veo motivo para no pagar mi parte proporcional de una puesta en escena con 30 cantantes, 80 músicos, escenografías y vestuarios de muchos miles de pesos. Si no lo pago yo y lo hace la "política cultural" del gobierno, el asunto se reduce a si debe haber subsidios, sea en el transporte público o en pintura, música y literatura. Y el hecho ha sido que los subsidios, hasta los de apariencia más noble, como los destinados a la tortilla o al pan, acaban desviados de su meta y en otros bolsillos, menos necesitados. De ahí que la tortilla, el transporte urbano o la ópera deban recuperar sus costos. Para oír a Luis Miguel hay que pagar lo que cobra, eso nadie lo discute porque no es una figura de la elite cultural, ¿por qué debe ser distinto cuando quien canta es Ramón Vargas?

Los albañiles viven de su trabajo, pero los escritores exigen que los mantenga el gobierno; los pintores de brocha gorda cobran y sus clientes pagan, ¿por qué debe ser distinto con el cuadro? Todos pagamos sin discutir el cine, pero el teatro debe estar a cargo del gobierno, o sea a cargo de quien paga impuestos.

Así vemos que comienza a aparecer una selección de aquello que debe ser contemplado por una política cultural y lo que no. La cultura deja de ser el conjunto de conocimientos propios de un pueblo en una época, para ser algo definido por una elite social que va desde los mimos de las plazas y los "performanceros" punks, hasta el pintor cotizado en París y Nueva York. Todos quieren una beca y, para obtenerla, todos quieren a sus cuates dentro de los organismos encargados de repartirlas. El botín, mayor o menor según la astucia del gobierno en turno, es lo que se exige con el nombre de "política cultural". Y debe ser no sólo abundante, sino distribuido conforme a los gustos de cada persona que se autodefine como parte de la cultura. Entonces se abren dos tareas imposibles: una, definir, en estos tiempos, qué es arte y qué no lo es, y otra, quiénes deben ser los jueces que definan quién merece que lo mantenga el gobierno.

No tenemos una definición para arte, como la tenemos —así sea intuitiva— para ciencia. La gente tiene derecho a investigar cuanto quiera en el terreno de la estética; la pregunta, cuando se exige al gobierno tener una "política cultural", es ¿por qué debemos pagar los ciudadanos sus ocurrencias a los artistas, con o sin comillas? En una exposición vi unas piedritas de río acomodadas en círculo sobre el suelo y casi me tropiezo con la Obra Maestra, una tele vieja atravesada por un tubo de neón, una computadora derretida con un soplete. Bien por quien lo quiera hacer, y bien por quien desee ir a verlo y hasta pagar por entrar. Pero, ¿a nombre de qué debemos pagar eso con nuestros impuestos?, ¿qué sí y qué no?, ¿quién decide?

Estamos en el pantano sin salida de las definiciones estéticas: a mí me gustan, y mucho, los "arcos del milenio" de Sebastián, hay personas inteligentes y cultas que los aborrecen; una tele rota atravesada con algo he visto en los tiraderos de basura. Si hay cliente, que pague. Estamos en el terreno firme del mercado. Pero también el mercado es veleidoso, no sólo en los precios del petróleo que ni la potencia mundial única ha logrado abatir, sino en los precios del arte, con o sin comillas. De pronto la moda es Klimt, así como vuelve la minifalda o el zapato picudo. El "síndrome de Modigliani": el temor a rechazar a un genio, paraliza los comités de selección y abre la puerta al relativismo social que todo lo arrasa... ¿y si las piedritas que pisé las adquiere mañana el MoMA? Oh, Dios, voy a salir como el malo o el tonto en una película de 2075 sobre la vida de ese artista sublime.

En resumen: nadie tiene derecho a arrogarse el poder de decisión sobre lo que es bello o no lo es, mucho menos el gobierno. Por eso la cultura es asunto de la sociedad, no de los políticos de turno. Y la mejor política cultural de un gobierno es la ausencia de política cultural: que el mimo callejero, el actor sofocleano y el escritor vivan de su trabajo... o de la chamba que puedan, como Kafka, como Rimbaud, como Pessoa, como Villaurrutia, como Gorostiza, como Pound... como todos, carajo, pues nadie tiene derecho a decidir, por anticipado, qué páginas deben pagar nuestros impuestos y cuáles no. Y una ciudad cuyos habitantes no crean necesario pagar su entrada para escuchar una orquesta sinfónica, no debe tenerla.

Formar apreciación musical debería ser tarea de nuestros maestros, pero están muy ocupados en destruir la hermosa Oaxaca (escribo a fines de junio y comenzaron en mayo), sin que la elite cultural, que puso el grito en el cielo por la amenaza de un McDonald's en esa ciudad, diga ni media palabra. De donde se concluye que "política cultural" puede ser cualquier cosa y nuestros impuestos no tienen por qué pagar eso.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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