Fortaleza y debilidad de México

publicado en la revista «nexos»
# 328, abril de 2005
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Hablar de la fortaleza de México es fácil y se viene haciendo desde la Colonia. En motivos de fortaleza se han solazado desde Hernán Cortés con sus vehementes "cartas de relación" al emperador Carlos V, hasta nuestros primeros científicos y muchos viajeros, el barón de Humboldt y la marquesa Calderón de la Barca, Lawrence, Lowry y cualquier corresponsal del New York Times.

Su fortaleza está en su territorio: petróleo, plata, maderas de selva lluviosa tropical en el sur y maderas de bosque frío y nevado en estados norteños y regiones elevadas; desiertos en el norte y abundancia de lluvias y de ríos en el centro y sur, mares cálidos para el turismo y mares fríos para la pesca, climas para todos los productos agrícolas.

Las debilidades también están a la vista: hay un trillado chiste en el cual los ángeles le preguntan al Creador si no piensa que se está excediendo al concentrar tanta magnificencia en un solo lugar, a lo que el Todopoderoso replica: es que allí voy a poner a los mexicanos. Y sí: nuestra debilidad somos nosotros mismos. No fuimos capaces de conservar el inmenso territorio heredado de España y, por fortuna para los mexicanos y descendientes de mexicanos que hoy habitan desde Texas hasta California, esas tierras pasaron a manos de quienes supieron transformar tan inmensos yermos en los estados más ricos del país más rico.

La opulencia de Texas y la de California son inimaginables bajo el dominio de México y sus obstáculos y prohibiciones. Simplemente, de un solo tajo desaparecerían los tejanos petroleros, y con ellos sus impuestos, los salarios que pagan, los impuestos de esos salarios, el consumo de esos salarios. No hay que imaginar mucho: la riqueza petrolera es la misma en Houston y Coatzacoalcos. Las diferencias están a la vista. Y así deben seguir, dice el sorpresivo dúo Bartlett-Pablo Gómez, al imponernos su extraña concepción de nacionalismo.

Con menos de la centésima parte de nuestro desierto, Israel ha levantado un país de primer mundo, exporta tecnología agrícola y de riego, compite con nuestros aguacates, investigaciones del Instituto Weissman son citadas con tanta frecuencia como las del MIT. También exporta armas de primera calidad.

España fue nuestra madre pobre hasta la muerte de Franco. Hoy nos vende autos, nos compra bancos y nos muestra los magníficos servicios de sus grandes ciudades. Barcelona es equivalente a Guadalajara, pero el transporte en la primera es comparable al de Londres o París. En la mexicana llevamos todavía la contabilidad del número mensual de muertos que produce el transporte público.

El gobernador de Jalisco y sus costosas comitivas han visitado cuanta capital les ha venido en gana, sin que veamos la aplicación de ninguna novedad aprendida. No siempre los viajes ilustran. Nos limitamos a pagarles sus pasajes en primera clase y sus taxis de a más de diez mil pesos.

35 años y seis presidentes ¿En qué se nos han ido los 35 años que nos separan del arranque español? En prohibir, en obstaculizar y, sobre todo, en pretender remediar la pobreza con dádivas productoras de popularidad, pero no de empleo. Con todo y la poca simpatía que muchos podemos tenerle al presidente Gustavo Díaz Ordaz, un reconocimiento al menos es imposible negarle: dejó al país sin deuda y encarrilado en una dirección que, de no ser por "la docena trágica" de Echeverría y López Portillo, y las indecisiones e inercias impuestas por la ideología "revolucionaria", nos habría convertido en un socio respetable de Canadá y de Estados Unidos.

Pero cuando Corea del Sur hacía lo imposible por llevarse maquiladoras, nosotros, los entonces jóvenes dirigentes de la nueva izquierda, miramos con desprecio y por encima del hombro esa limitada aspiración: "No queremos ser un país maquilador", respondimos y sumamos nuestro rechazo al del PRI, que tenía motivos históricos y sobre todo económicos para mantener al país aislado del mundo, impermeable a los vientos democratizadores y sordo a las críticas que nos definirían luego como la dictadura perfecta.

Los gobiernos priistas deseaban atraer inversiones sin pagar el costo en reformas al "modelo mexicano", un modelo sustentado en el reparto paternal de prestaciones a cambio de sumisión al gobierno en turno, obreros marchando agradecidos ante el Primer Obrero de la nación, campesinos deseosos de entregar sus cosechas al gobierno protector de los precios.

En la política clientelar del régimen ninguna ley estaba por encima de cálculos inmediatistas, ningún crimen se perseguía sin definir primero si hacerlo afectaría la clientela. Gira tras gira, ofrecíamos un régimen corporativo con el presidente a la cabeza y todas las fuerzas económicas unidas bajo el partido único para mayor gloria de la patria. Y no cualquiera arriesga una inversión cuantiosa en un país donde los tribunales se ajustarán a órdenes superiores extralegales.

Y aún así, llegaban inversiones. Echeverría viajó por el mundo entero en busca de capitales, decía; pero nunca los dueños de los capitales estuvieron más distantes de un presidente de la República. En sentido opuesto a sus giras internacionales, el presidente Echeverría dictaminó, al rechazar una de tantas inversiones multimillonarias en turismo: "No queremos ser un país de meseros". Y no lo somos: los mexicanos sólo son meseros en Nueva York, Los Angeles y San Francisco. Allá hay empleos para meseros, aquí no.

Confluencia de ideologías no tan opuestas Ya nadie recuerda cuando "japonés" era sinónimo de "sin calidad", como ahora lo es "chino". Japoneses y coreanos aprendieron con dos grandes palancas: impulso a la educación y aceptación de inversiones en todos los campos, desde la humilde maquila de bisutería hasta la producción de trenes. Quisimos hacer otro tanto, pero el impulso a la educación intentado por Echeverría al elevar el presupuesto en porcentajes nunca vistos, se perdió en el agujero sin fondo de universidades públicas con "pase automático", sin exigencias ni evaluación ni control de "fósiles" ni límite alguno impopular ni metas claras.

Con un presupuesto triplicado hicimos más de lo mismo y ningún astillero naval comenzó a diseñar y construir buques en parte alguna de nuestras costas. En la SEP no hubo ni hay medidas de los resultados que permitan comparar métodos, dirigir esfuerzos, elevar calidad y sigue entregando a la educación superior jóvenes que no saben siquiera leer: conocen las letras, pero son incapaces de comprender lo leído. El "trauma del 68" nos convenció de nuestra vocación de víctimas.

Fue un daño no menor, pero fue peor el que produjo la confluencia de ideologías que habían parecido opuestas y no lo eran tanto: la priista y la sesantayochera tuvieron un denominador común: la Revolución, con mayúscula y voz estremecida. Para los priistas esa palabra se aplicaba a la ya ocurrida, la de 1910. Para nosotros definía el futuro triunfo del proletariado que instalaría su dictadura niveladora.

Pero confluencia al fin. Echeverría cosechó mentes lúcidas y llenó aviones de intelectuales que lo siguieron en sus giras internacionales, en las que promovía una idea que no nos quedaba muy alejada: el Tercer Mundo como una entidad con intereses comunes y a la cual quería pertenecer México. No sólo pertenecía por derecho, sino quería pertenecer. Eramos claros: no queríamos ser otro país rico, no queríamos alejarnos de los hermanos bolivianos y congoleños, sino integrar con ellos un frente común antiimperialista. La verborrea revolucionaria del presidente Echeverría era procastrista, antiempresarial, populachera.

Cuando Pinochet derrocó al presidente Salvador Allende, Echeverría ordenó la ruptura de relaciones. El aplauso fue atronador dentro de nuestras fronteras. En la izquierda dimos un aplauso discreto porque, después de todo, esa acción, proviniendo del PRI, debía tener intereses inconfesables que no eran los del pueblo chileno.

Se corrió la voz de que todos los dirigentes del 68 habíamos entrado al gobierno de Echeverría porque muchos de quienes nos habían apoyado, lo apoyaban. Siempre que en alguna conferencia surgía esa afirmación, yo pedía nombres. Me daban uno solo: Sócrates Campos Lemus, que dirigía alguna de esas instituciones gubernamentales dedicadas a fabricar piñatas o jarros. Uno que otro anduvo en la Secretaría de la Reforma Agraria. El dato era, pues, falso. Pero no lo era con respecto a algo que nadie observó, a nuestra involuntaria aportación ideológica al viejo priismo de país cerrado, cuyo mayor exponente fue Echeverría a pesar de sus viajes internacionales de autopromoción: caímos como anillo de hojalata al dedo de doña María Esther.

Entre brindis con agua de jamaica, sopes de cochinita y rebozos terciados en bandolera, el lenguaje de nuestros mítines, tan parecido al de los Zuno y la "comunista" FEG de entonces, sazonado con harta lucha de clases, llevado al plano internacional hizo el pedestal sobre el que Echeverría quiso elevarse como estadista del Tercer Mundo. O sea, que estaban Washington de un lado, Moscú del otro y Echeverría frente a los dos. Nuestros gestos le quedaron pintiparados y les dio vuelo por el planeta.

Si no hubo dirigentes del 68 en su gobierno, sí, en cambio, atrajo corrientes diversas de la izquierda. La línea de masas del maoísmo aportó algunas figuras que todavía tienen gran importancia en la política priista. Pero fue el espíritu, el "discurso" como dice el galicismo de moda, el lenguaje y las actitudes del 68, lo que nutrió buena parte de la retórica echeverrista, para empezar, su lema: "Apertura Democrática", sintetizaba el espíritu completo del 68. No habíamos pedido otra cosa, pero la habíamos llamado "libertades democráticas". La frase acuñada por los sabios para Echeverría era todavía mejor al emplear la palabra "apertura", que implicaba que la vida democrática había estado cerrada. Y no sólo aportamos en la retórica, sino, de nuevo involuntariamente, en la política. De ahí que en el equipo y los admiradores del sucesor nato de Echeverría, Andrés Manuel López Obrador, se encuentre tanto sesentayochero y tanto priista de viejo cuño: piensan igual. La excepción, que sólo explica el más sórdido oportunismo político, son los salinistas, los hijos del Innombrable, colados a la campaña presidencial de López.

Como el "compañero Echeverría", nosotros tampoco deseábamos ser un "pinche país de armadoras, de maquiladoras ni de meseros". Y dábamos abundantes argumentos contra la inversión extranjera "que saca más de lo que trae". Lo cual siempre es rigurosamente cierto: la Fiat no abre una planta fuera de Italia si no calcula recuperar la inversión en un tiempo razonable (breve si se trata de países donde puede haber un golpe de Estado o un golpe de timón en el siguiente gobierno, como era el caso de México).

Así descubríamos la maldad intrínseca de la Exxon, que deseaba permisos de exploración para luego pedir permisos de extracción y luego permisos de refinación. Nos querían vender nuestro propio petróleo, era la reflexión. Y, pues sí, nada más que era petróleo bajo el fondo marino y lo harían gasolinas de alta calidad, a su vez exportables. Pero esa segunda parte sólo un traidor se atrevía a mencionarla. En mítines y manifestaciones lo contundente era el primer elemento. Que fue el que no hace mucho hizo caer un gobierno en Bolivia: quieren vender nuestro gas al extranjero, fue la acusación. Y sí, eso era... a menos de que esté mejor bajo tierra.

El PRI de la Revolución y el 68 anticapitalista fuimos afluentes de ese Amazonas ideológico, coronado por el presidente López Portillo (que añora López Obrador, según sus propias palabras) con la nacionalización de la banca y el control de cambios: dos demandas eternas de la izquierda hechas realidad. Como en el socialismo real, pronto vimos que el sueño era una pesadilla.

Y todo para que luego los exponentes de ese socialismo real nos dejaran colgados de la brocha: ¿quiénes localizaron los más recientes pozos petroleros para Cuba? La empresa hispano-argentina Repsol, luego de que fallaron las francesas Total Oil, Geopetrol y Compagnie Européene de Pétrole, la noruega Taurus, North West de Canadá, Premier y Oil for Development de Inglaterra, Mexpetrol de México, Petrobras del Brasil, Meridian del Canadá, y la británica Premier Consolidated Oilfields, todas ellas convocadas por el gobierno de Fidel. ¿Quién hace en China la hidroeléctrica más grande del mundo?

Empresas de todo el mundo. Entre "Patria o Muerte", Cuba parece estar escogiendo "patria": más vale tener petroquímica canadiense, hoteles españoles, empleos y gasolina, que seguir imaginando los yacimientos "de la nación" en el fondo marino y ver hermosas playas esperando perder una poca de limpieza y virginidad a cambio de emporios turísticos que eleven el nivel de vida cubano.

Como dijo en enero el secretario de Hacienda, ya sólo quedamos Corea del Norte y México.

 

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