El derecho a decidir

publicado el 26 de marzo de 2007 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Estoy plenamente a favor de que se legislen las circunstancias y tiempos en que una mujer pueda practicarse un aborto y cuándo, además, los servicios públicos de salud deben hacerlo gratuitamente. Por eso, precisamente por eso, me parece un error monumental argumentar "el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo".

Por supuesto que ese derecho lo tienen, como lo tenemos los hombres; de ahí que también crea en la libre decisión de tomar la vida propia, sobre todo cuando ya no se puede llamar vida, y se exige la terminación de un tratamiento o el retiro de aparatos que la mantienen de forma artificial y, para los creyentes, hasta "contra la voluntad divina". Pero... y es un gran "pero", el feto no es parte del cuerpo de la mujer. Por eso no debe emplearse el argumento antes dicho: porque es tan tonto que resulta fácilmente rebatible.

Todas y cada una de las células de nuestro cuerpo llevan nuestra firma genética: un idéntico genoma se escribe en el núcleo de una célula del corazón y en otra de la piel. Podemos hacer el clon de una persona tomando una célula de la mucosa bucal. El encargado de vigilar nuestras fronteras, el sistema inmunitario, distingue claramente el "yo" del "no-yo" y ataca lo ajeno en cuanto lo identifica. Por eso el feto debe protegerse a sí mismo de la inmunidad materna que lo destruiría, como a un tumor maligno, de no haber los mecanismos que lo evitan, y que, cuando fallan, conducen a abortos espontáneos.

Diré lo obvio y sabido por todos desde la primaria (si se ha llevado algún curso de sexualidad humana): el feto no comparte el sistema circulatorio de la madre, tiene el suyo propio; puede no tener siquiera el mismo tipo sanguíneo: si fuera parte de la madre todos los hermanos tendrían el mismo tipo sanguíneo, que sería el de la madre; si tomáramos una célula del feto y la clonáramos no haríamos un duplicado de la madre, sino del nuevo ser, que puede ser de diverso sexo, con otro color de ojos, etcétera.

Dice Deborah Hill en ScienceNow del 12 de julio de 2002: "Es un rompecabezas por qué el vientre es un lugar seguro para desarrollarse, después de todo, un embrión contiene ADN extraño: el de papá, que el sistema inmunitario de una madre debería rechazar." El porqué no lo mate como a un tumor fue descubierto por Edward Schmidt y Mario Capecchi. La explicación se lleva un par de páginas, pero, en resumen va así: hay una secuencia "sobrante" del código genético, llamada N-terminus, a la que no se le conocía función alguna. En la revista Cell del mismo 12 de julio de 02 se publicó la respuesta: esa secuencia ayuda a "esconder" el embrión para que no sea atacado por las defensas de la madre.

Tan no es el feto parte del cuerpo de la madre, como lo serían las anginas o el apéndice, que cualquiera se extrae con o sin motivo, que el feto trae su equipo para defenderse de su propia madre. Así que no sigamos poniendo la fuerza en un argumento tan endeble.

¿Por qué estoy entonces a favor de legislar las condiciones del aborto voluntario? Porque un óvulo fecundado es tanto un ser humano como una nuez es un nogal o una bellota un roble, y a nadie que se coma una bolsa de nueces se le puede encarcelar por talabosques. El problema es, entonces, decidir, cuándo tenemos un ser humano y cuándo una semilla. Nadie (salvo un hombre que conozco) apoya la idea de abortos de nueve meses... tampoco de siete porque el bebé ya es perfectamente viable fuera del vientre materno. ¿Y de seis... de cinco...?

¿Cuándo? Santo Tomás pone a los tres meses de gestación el momento en que Dios infunde el alma en ese cuerpo. De ahí que acepte el aborto previo. Pero estoy haciendo trampa, me dijo Carlos Castillo Peraza en amable intercambio de cartas: el santo no sabía lo que hoy sabemos sobre biología molecular y óvulos fertilizados. Cierto, pero podemos poner un límite basado en criterios médicos: si la muerte se declara cuando desaparecen las ondas cerebrales, hay vida humana cuando éstas aparecen. Y entonces ese nuevo cuerpo está protegido por el mismo derecho que esgrimimos para la madre: tiene derecho a su propio cuerpo.

Pero un óvulo fertilizado por un espermatozoide es tanto un ser humano como cada uno de nuestros glóbulos rojos... que donamos por millones en un paquete de sangre que nos extraen para beneficio de un enfermo.