El retorno del miedo

publicado el 19 de marzo de 2007 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

En decenios anteriores, la ultraderecha había impuesto el terror hasta en la UNAM, zona de expresión libre de las ideas si alguna hubo. El grupo denominado MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación) atacaba las expresiones políticas o artísticas que no le gustaran: un paro de 24 horas en la Facultad de Filosofía fue roto a golpes de varillas y palos, la puesta en escena de Cúcara y Mácara en el teatro de Arquitectura fue atacada igualmente por individuos que saltaron de entre los espectadores y agredieron a palos a los actores. La directora teatral Desusa Rodríguez fue amenazada con recibir igual tratamiento por poner en escena una obra de Darío Fo que tampoco le gustaba al MURO.

Así iban por escuelas, teatros, cineclubs, museos, donde imponían la ley de la fuerza, el miedo ante la violencia. La ultraderecha decidía entre lo permisible y lo intolerable. Lo suyo no era discutir ni argumentar, sino gritar, romper, destruir, impedir que se escucharan otras voces, argumentos, razones. Nadie tenía derecho a ser oído por ellos. Y tampoco exponían nada que no fueran insultos, gritos, amenazas con frecuencia cumplidas.

Luego, súbitamente, la ultraderecha desapareció a partir de 1968. El miedo entonces lo tomó a cargo una ultraizquierda que mataba a los disidentes, a los revisionistas, a los socialdemócratas, a los que no merecían vivir. Como la ultraderecha, comenzaron su labor de limpieza en las escuelas porque ofrecen impunidad. Mataron en Sinaloa y en Guerrero, en Jalisco y Nuevo León. En escuelas preparatorias y facultades. El profesor Alfonso Peralta cayó en el pasillo del CCH Azcapotzalco, abatido por una bala en la frente: había roto y arrojado al suelo un volante donde la guerrilla exigía dejar las aulas y sumarse "al pueblo".

Esa ultraizquierda, más feroz que la ultraderecha, más convencida de poseer la verdad, la luz, el camino, la representación del "pueblo", también se acabó: unos se mataron entre sí en limpiezas ideológicas, otros fueron encarcelados, otros más fueron asesinados durante atroces interrogatorios en lo que llamamos la "guerra sucia" del periodo echeverrista.

Pero sigue la mata dando. Los buenos, los legítimos, los auténticos representantes de "la gente", han vuelto a comenzar: Dos ladrones de una iglesia fueron linchados por la multitud, golpeados hasta matarlos y al ser interrogado al respecto el entonces jefe de gobierno del DF, Andrés Manuel López Obrador, declaró que los hechos venían a comprobar que "con los usos y costumbres de la gente no hay que meterse".

Otra multitud lanza huevos y otros objetos contra el auto de Felipe Calderón y el candidato derrotado comenta que los hechos se explican porque "la gente está muy enojada." En las últimas acciones justicieras, los nuevos camisas negras cancelaron una conferencia del presidente consejero del IFE en la UNAM, y obligaron con amenazas a cambiar la sede para la presentación de un libro cuyo contenido no les gusta (2 de julio, de Carlos Tello, del que sólo han podido rebatir una palabra, una: si dijo o no "perdí", lo cual resulta intrascendente luego de las abrumadoras pruebas de que AMLO conoció su derrota de boca de su propia encuestadora). En la nueva sede para la presentación del libro, el auditorio de un hotel, los fachos se presentaron a reventar toda discusión del mismo.

El candidato derrotado guarda cuidadoso silencio hasta ahora: el que calla, otorga. Y otorga a sus golpeadores su bendición legítima. El respetado ex presidente consejero del IFE, José Woldenberg, presentador con Jorge Castañeda, y el autor del libro, debieron salir por una puerta trasera. Y eso a pesar de que las primeras palabras de Woldenberg había sido críticas al texto de Tello.

En fin, entre quienes sí piensan ha surgido de este asunto una polémica valiosa acerca de guardar o no el secreto de la fuente. En mi opinión, un periodista debe siempre señalar sus fuentes, pues sólo así una información es verificable... excepto cuando ha dado su palabra de no revelarla. Los políticos priistas tienen una fórmula cuando nos sueltan un material atractivo como información, pero riesgoso para ellos.

Dicen: "Esto se lo digo al amigo..." con la que nos previenen que no podemos revelar su identidad. Como el cura ante el secreto de confesión, el periodista debe respetar su palabra cuando la ha empeñado. Lo sabemos todos. La discusión es un tanto trivial.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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