2 de Julio

publicado el 12 de marzo de 2007 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

La crónica 2 de Julio, de Carlos Tello Díaz, tiene 250 páginas. En todas y cada una sostiene sus afirmaciones con decenas de entrevistas, medio centenar de documentos impresos y audiovisuales, libros y más de 100 artículos de prensa. Comienza a las 8 de la mañana del día de la elección y desde ese momento cada afirmación va sustentada por su fuente. Pero una compilación de solidez pocas veces igualada en nuestro medio ha recibido las peores descalificaciones por una palabra, una, atribuida a Andrés Manuel López Obrador, a la 1 de la mañana del lunes 3 en el penthouse del superlujoso Hotel Marquís, inexplicablemente tomado como casa de campaña por el PRD: "Perdí".

Esa expresión de la derrota viene seguida de la nota 16, que la sustenta; larga y hasta excesiva, concluye así: "Mis fuentes para recrear esta escena, que es clave, son entonces todas indirectas, pero confiables." Lo cierto es que no revelar esas fuentes no quita un ápice a la veracidad de su relato, que se sostiene mucho mejor en fuentes directas y reveladas con nombres y apellidos.

Mucho más confiable es la contundencia con que, una de las encuestadoras oficiales de López Obrador, Ana Cristina Covarrubias, de Covarrubias y Asociados, sostiene: "A la 1 de la mañana, yo directamente se lo dije al licenciado López Obrador". ¿Qué le dijo? Los últimos números del conteo rápido hecho por esa encuestadora contratada por él: Calderón 37.2 por ciento, AMLO 35.9. "El resto de los conteos rápidos también le daba la ventaja al candidato del PAN."

Alguien más llevó la mala noticia de la derrota: Andrés, el hijo de López Obrador invitado por Bernardo Gómez a Televisa para mostrarle todas las encuestas, inclusive la aún secreta de Consulta Mitofsky, que se guardaba la televisora para darla a conocer más noche, como hizo. "Andrés partió hacia las 5 de la tarde a Televisa. ‘Salimos juntos’, recuerda [Federico] Arreola." Al atardecer, Andrés hijo llevó los datos a la casa de su padre, y "con ese dato el candidato de la Coalición llegó después al Hotel Marquís. Allí permaneció encerrado con sus tres hijos. Federico Arreola acababa de recibir la noticia del empate de voz de Ana Cristina" [Covarrubias, la encuestadora de AMLO].

"A partir de ese momento [...] toma la decisión de comenzar a mentir." Y lo primero que hace es decir que se habían perdido 3 millones de votos. ¿De dónde saca ese número fantasioso? De las actas con inconsistencias. Se incluyeron en ese apartado las que tenían alguna falla, así fuera tan menor como no poner con número y letras el cero en la casilla de algún partido con cero votos. Los representantes de casilla consideraron en muchas ocasiones que bastaba con dejar en blanco la celda correspondiente. Error: debían escribir un 0 y "cero", número y letra. "El PRD sabía perfectamente bien que todos esos votos no estaban perdidos. Entró 487 veces al archivo de actas con inconsistencias a partir de las 8 de la noche con 37 segundos", p. 163.

Y sigue mintiendo: el día 3, llega al noticiario matutino de Carlos Loret de Mola, "donde mencionó tres casas encuestadoras que, según él, le daban la victoria en sus conteos rápidos: Instituto de Mercadotecnia y Opinión, Parametría, y Covarrubias y Asociados." Señala Tello que la primera encuestadora nunca dio a conocer sus resultados. Pero las otras dos, ambas contratadas por AMLO, daban el triunfo a Felipe Calderón. Y "Andrés Manuel lo sabía." Se lo habían informado a él, en primer término, pues era el cliente.

Uno de los datos más sorpresivos en el libro de Tello es que, al analizar las votaciones, se descubre que Patricia Mercado "le quitó más votos a Calderón que a López Obrador". La única representante de la izquierda.

En fin, ya no importa si AMLO pronunció las sílabas exactas "per-dí", importa que lo sabía con certeza. Supo que había perdido porque se lo dijeron sus casas encuestadoras y se lo confirmó su hijo Andrés al regresar de Televisa. Es un embustero patológico. Y arrastró con él a mucha gente buena que le cree, le tiene confianza y hace lo que él pida. Dañó para muchas futuras elecciones la credibilidad de una institución tan sólida como el IFE y la credibilidad en un sistema que pone en los ciudadanos, en los vecinos de las casillas, el proceso de vigilancia y recuento de los votos. Esto es: ya no podemos confiar ni en nosotros mismos. Una ruindad que tardaremos décadas en superar.