Y el Papa tuvo razón

publicado el 02 de octubre de 2006 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Dan Brown, autor del Código da Vinci, dice en su obra que Jesucristo se casó con María Magdalena y tuvo una hija con ella. Es millonario y puede pasear hasta por la Ciudad del Vaticano, sin más molestia que la demanda de autógrafos. Salman Rushdie, novelista inglés, dice en sus Versos Satánicos algo impropio respecto de una de las muchas esposas de Mahoma: cualquier musulmán devoto está obligado a asesinarlo en donde lo encuentre y será recompensado con el Paraíso; vive escondido y bajo protección policiaca constante.

Pues esta es la diferencia: al cristianismo ya lo civilizamos. Y no fue con su aprobación. Ahora el papa Benedicto XVI emplea la libertad de expresión, que no existía en el mundo cristiano y no existe en el musulmán, durante una conferencia universitaria, y los devotos de Mahoma demuestran que el Papa tuvo razón: en efecto, y como respondió el emperador bizantino Manuel II Paleólogo (1350-1425) en su debate con un sabio musulmán: "Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que predicaba."

El único error en las palabras del emperador es el adverbio "solamente", pues tenemos además la invención del álgebra, el resguardo de Aristóteles, los principios de la química, poesía sublime y arquitectura maravillosa entre "las cosas" del mundo musulmán. Pero que siguen imponiendo su fe por la espada lo están demostrando ahora mismo, al responder una opinión, equivocada o no, con el asesinato de una monja enfermera, el incendio de iglesias y los llamados a "ahorcar al Papa". Por mucho menos intentaron asesinar a Juan Pablo II.

Las "buenas conciencias" de Occidente han decidido recordar que el cristianismo "fue" también una religión de espada y fuego. Cierto, pero fue. Y no dejó de serlo por voluntad propia, sino por el continuo golpeteo: un siglo, el XVIII, de filósofos que pensaron por primera vez sin ataduras religiosas; Voltaire, los enciclopedistas; el dominio sobre el vapor y luego sobre la electricidad que produjo la revolución industrial en Inglaterra; la ciencia del siglo XIX, con la naturaleza como objetivo a ser explicado por la naturaleza misma; guerras y muertes, de la Revolución Francesa a la Guerra de Reforma en México. En fin, que no fue fácil. Costó cárcel, tortura, muerte, hoguera. Pero en un siglo Occidente metió la Iglesia en las iglesias. Hizo realidad la expresión de Galileo: la Iglesia puede decirnos cómo ir al Cielo, pero no cómo van los cielos.

Es un triunfo que no fue para siempre y debemos ganarnos cada día: los cardenales católicos, los predicadores protestantes, Castro en Cuba, Chávez en Venezuela, López Obrador en México exigen sumisión (Islam significa sumisión) a la verdad que ellos, y sólo ellos representan. Los demás son herejes o, peor, apóstatas, como Cárdenas, Patricia Mercado, traidores al Esperado.

Los musulmanes, detenidos una y otra vez a las puertas de Europa, ahora se cuelan en masa porque encuentran el empleo que no hay en sus países. Y no lo hay porque se detuvo su progreso científico, no tuvieron revolución industrial, como no la hubo en el mundo hispano, que dedicó sus riquezas al culto y no al desarrollo. Una vez instalados en países donde se ha logrado la máxima de Cristo: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, exigen a los de casa sumisión, Islam: y así vemos al invitado a comer imponiéndose, y con furia, a sus anfitriones.

Para esa imposición han contado los musulmanes con las almas bondadosas cultivadas en el respeto al otro, la libertad de expresión, la libertad de religión, y atentan contra esos pilares que sostienen los altos niveles de vida que les dan empleo. Si lograran derrumbarlos y cayeran esos valores, como cayó Constantinopla bajo el Islam apenas tres decenios después de muerto Manuel II, acabarían con la ciencia y la industria que les da empleo. Matarían la gallina de los huevos de oro. Y nos regresarían al día tenebroso de 1500 en que Giordano Bruno fue quemado vivo en Roma por decir que, quizá, en torno a las estrellas había otros mundos. Los hay, llevamos contados más de cien.

Cree el Papa que puede hablar con libertad. Nada de eso: ya levantan su hoguera. La atizan los mismos europeos que venían en peregrinación a Chiapas, y que no sabrán lo que tienen hasta que lo vean perdido y les llegue también su turno.