Los ciudadanos cuentan y cuentan bien

publicado el 07 de agosto de 2006 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Por unanimidad, el Tribunal Electoral avaló 12 años de reformas que pusieron las elecciones en manos de los electores y no del gobierno. Los mexicanos comenzamos por quitar la presidencia de la antigua Comisión Federal Electoral (CFE) al secretario de Gobernación, pues el gobierno era, de esa forma, juez y parte. De ahí que la oposición al PRI no tuviera más instancia legal a dónde acudir para presentar inconformidades que... el gobierno del PRI.

Escamados por 70 años de fraudes, los mexicanos dimos dos pasos históricos para construir un sistema a prueba de fraudes (aunque ningún sistema humano está a prueba de errores, y menos en un país donde la educación la imparten hordas a punto de quemar Oaxaca). El primero fue sustituir la gobiernista CFE por una institución integrada con ciudadanos sin militancia partidaria y aprobados por los partidos con representación en el Congreso de la Unión: el Instituto Federal Electoral, IFE.

El segundo paso fue más importante: dejar la operación de las casillas a vecinos de la misma casilla sorteados del padrón de electores, y abrir la casilla a la vigilancia de los partidos, así como de observadores nacionales y extranjeros. Los partidos vigilarían el recuento y firmarían las actas que certifican los números encontrados. Aún más: cada partido tendría una copia del acta y así podría cotejar sus números de inmediato.

Exigir un nuevo recuento de todos los votos es poner en duda un sistema electoral construido sobre la base de que "los ciudadanos votan y los ciudadanos cuentan", los partidos vigilan, y las impugnaciones las resuelve un tribunal. En suma: regresar las elecciones a autoridades. El Tribunal Electoral no podía avalar semejante disparate por la presión de una sola persona.

De una y una sola, Manuel Andrés López Obrador. Porque si él se hubiera atenido a los términos de la ley, conocidos desde antes de la competencia, sus seguidores, por definición, lo habrían seguido.

El Tribunal Electoral revisó las impugnaciones y resolvió: "Se ordenan nuevo escrutinio y cómputo en 11 mil 839 casillas". De las impugnaciones declara fundadas seis y la mayoría, 143, "fundadas en parte". Sólo 25 son infundadas. Entre algunos detalles se encuentra que López Obrador afirmó que "hubo mucho dinero" para comprar representantes de partidos en las casillas. Pero nunca presentó un sólo nombre de representante perredista que hubiera recibido insinuación de soborno, ni un sólo nombre del sobornador. Eso significaba que todos habían sido comprados. ¿Podía el Tribunal Electoral avalar tal despropósito? ¿Sostendrían los jueces que todos somos corruptos?

Por otra parte, había adelantado López Obrador que jamás aceptaría el triunfo de Calderón, ni con segundo recuento voto por voto. Así, la tentación de ceder ante la pataleta, si acaso la hubo, perdió fuerza. Una resolución del Tribunal Electoral no apegada "a consideraciones legalistas", como se le pidió, habría estado viciada de origen, por ese mismo hecho y porque se podría sostener que le había sido arrancada al Tribunal bajo coacción. Pruebas de esa coacción las vemos todos los días: toma de avenidas; ocupación de bancos, hoteles, oficinas, tiendas; el ensayo general de Oaxaca puesto en escena en la capital de la República. La coacción mejor y más públicamente documentada.

Sócrates López Obrador

El 27 de agosto de 1968, sin consultar a nadie, Sócrates Amado Campos Lemus, orador en el mitin posterior a la imponente marcha, propuso a la multitud reunida en el Zócalo quedarse allí, en plantón, a esperar la respuesta del presidente Díaz Ordaz. La multitud rugió un ¡sí! estentóreo... La respuesta la obtuvo en pocas horas: cuando se instalaban los campamentos, el Ejército los dispersó. López Obrador hizo lo mismo que Sócrates. No pasó nada. Y luego dicen, figuras en busca de clientela y lectores, que México no ha cambiado.

Pero esa toma de avenidas tuvo un magnífico resultado, declara Bátiz El Tierno, procurador del DF: abatió los delitos en la zona del plantón perredista. (Vaya: los plantoneros no se asaltan ni asesinan entre sí). Pues ya encontró solución para el crimen: campamentos perredistas en todas y cada una de las calles del DF. Haberlo sabido antes...