¡Pero si ustedes la inventaron, muchachos!

publicado el 29 de mayo de 2006 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

¿Creen que ya se nos olvidó? La gran invención del PRI es la "elección de Estado". Ellos la aplicaron a sangre y fuego durante 70 años; ellos tienen a a todos los brujos. Digo mal, no a todos: el peor será senador por el PRD. La elección de Estado consistió, hasta la creación del IFE, en el control absoluto de todo el proceso electoral. El "árbitro" era el secretario de Gobernación: en 1988, cuando el fraude contra Cárdenas, era Bartlett... que hoy llama desde el PRI a votar por López Obrador.

No había instancias independientes ante las cuales presentar una denuncia: en las casillas se hacía lo que los representantes del PRI mandaban. Durante los meses previos a una elección, los priistas revisaban sus cuadros en cada distrito electoral para hacer de ellos funcionarios electorales. En una casilla eran del PRI el presidente, los secretarios y los observadores.

La sangre llama y la cabra tira al monte, así que nada de raro tiene que los priistas aglomerados bajo la franquicia del PRD y los priistas del partido madre se unan, al fin hermanos, contra el enemigo de siempre: el PAN. "Trajeron a Maximiliano y a Carlota, ahora traen asesores extranjeros", declaró López Obrador empleando la más arcaica retórica utilizada entre 1950 y 1965, eso leía yo, cuando era niño: el PRI descendía de Hidalgo, Juárez y Obregón; el PAN era hijo de Maximiliano. Hoy a Manuel Andrés, quien fue presidente del PRI en Tabasco, se le escapa, como acto reflejo. Está en su naturaleza.

El PRI no sólo controlaba desde el proceso de nombrar funcionarios de casilla, hasta el recuento y la declaración final de triunfador, también acarreaba votantes sin ocultarlo, hacía regalos a los pobres y obligada a votar a los burócratas, abría casillas con "urnas embarazadas" repletas de votos para el PRI, y repartía boletas ya cruzadas. Además, durante meses el PRI hacía campaña con el Presidente de la República a la cabeza y con todos los recursos municipales, estatales y federales a disposición de su candidato: era lo normal. En donde, a pesar de todo, el PAN llevara ventaja, las urnas desaparecían y ya, o unos "asaltantes" se las llevaban. Ni a quién reclamar. Y luego gritaban "¡ganamos, ganamos!" ante un pueblo humillado. Ese era el PRI, eso era una elección de Estado. Como la encabezada por Manuel Bartlett en 1988 contra Cárdenas. El mismito Bartlett que ahora llama a votar... por López Obrador, sí señor.

Hoy día todo el proceso está fuera de las manos del gobierno. El IFE, el tribunal específico para los conflictos y la fiscalía para delitos electorales son un triunfo que nos dimos los mexicanos: hicimos imposibles las elecciones de Estado. Ni Gobernación ni la Presidencia conservaron un solo hilo del proceso. Nada. No es que el presidente Fox no quisiera influir en el conteo de votos, es que no puede, no hay manera de que lo pueda hacer.

"La convergencia será inevitable" con el PRI, para implantar la legalidad (¡), reconoce textualmente Manuel Andrés en su carta al Presidente. Pero la legalidad en asuntos electorales está implantada y firme. Nos falta terminar con la ilegalidad de macheteros y otras hordas de las que MALO jamás se deslindará porque son sus bases de apoyo.

Imprimátur del tribunal "Margarita López Portillo"

¿Para qué perder tiempo en pleitos por un spot de TV que no le gusta al atacado? ¿O en explicarle que es precisamente para eso: para atacarlo? Una sabia institución, la Iglesia católica romana, vio hace siglos lo mismo que el PRD ahora: que cuando prohibía un libro malvado ya éste había hecho daño, así que instituyó la censura previa a la impresión del libro. Sigamos su ejemplo: que todos entreguen sus anuncios, spots y discursos a los monseñores del Trife, antes de hacerlos públicos, para que éste les ponga el sello de "imprimátur", latín de "imprímase", o los rechace si "las expresiones contenidas en los mensajes no son aptas ni idóneas para fomentar el voto razonado de los electores", como declaró, con olor a sacristía, el tribunal "Margarita López Portillo". Otra sabia institución, el Estado priista, también sometía a censura previa películas y obras de teatro. Y en el cinito de la Casa Loyola, en la Guadalajara de mi infancia, era más directa la acción: había un cura junto al cácaro y, cuando se veía venir el momento de un beso, metía la mano frente al proyector. A eso hemos vuelto.