La balsa que los náufragos hunden

publicado el 21 de noviembre de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

No es que no quieran, es que no pueden. Los países ricos no pueden acoger a todo inmigrante y darle la igualdad, libertad y fraternidad que no tienen ni en sus países de origen, si las tuvieran no huirían. La imagen del mundo próspero como una balsa rodeada de náufragos que piden ayuda, la debo a Jared Diamond.

No hay pobreza si no hay comparación. En una comunidad aislada del mundo, es rico quien habita la choza de varas más grande y dispone de la mayor reserva del mismo e insípido alimento. Es rico porque tiene más que la mayoría. Pero una vez que esa comunidad se abre al mundo, aquel rico no necesita viajar a la ciudad para descubrir todas sus carencias. No: los antropólogos le informan que los indicadores de pobreza lo señalan: piso de tierra, no agua, no drenaje, no electricidad, no electrodomésticos, carne una vez al mes si mata algún conejo, leche nunca... El rico se descubre viviendo en la miseria.

Ésa fue la enseñanza de Europa a África durante los siglos XVIII y XIX, con el inicio y la culminación del colonialismo: mostró al continente africano y a buena parte del asiático, las comodidades alcanzadas a partir de la revolución industrial, la medicina, la tecnología derivada de la ciencia. Europa se transformó en el gran escaparate. Los menesterosos no hemos logrado replicar ese éxito. Pero antes debimos descubrir que éramos pobres, que se podía vivir mejor. Comenzó la emigración. Y el éxito de los primeros atrajo a los segundos, y a los terceros...

La gente no abandona por gusto hogar, familia, idioma, costumbres. Sus países expulsan migrantes por la ineptitud para crear condiciones similares a las del país receptor. Si México ofreciera empleo a los cientos de miles que cruzan nuestra frontera rumbo al norte, la migración cesaría. Es una perogrullada, una obviedad, lo sé. Pero no resulta igualmente obvio lo siguiente: ningún país está obligado a ofrecer a sus huéspedes lo que no encontraron en sus patrias. La balsa tiene un límite, pasado el cual todos peligran: anfitriones y recién llegados, salvadores y salvados. Hay un punto en el que la balsa no puede recoger ni un solo náufrago más porque se hunde con todos. Ese límite lo pone la naturaleza, los recursos. Es imposible que el territorio de Francia alimente a toda África. También sería injusto. Como lo sería si los mexicanos nos mudamos a Estados Unidos.

Ahora está de moda atribuir la pobreza al libre comercio, sin ver que pobreza ha habido por milenios, y era mucho peor. Comercio sin restricciones aduaneras fue idea utópica hasta la última mitad del siglo XX. Y los resultados están a la vista: España integrada a la Unión Europea dejó de arrojar porteras a París y obreros a Alemania. Los españoles de hoy tienen trabajo en España, los jóvenes son más altos que sus abuelos, España es un país del primer mundo... con todos sus inconvenientes. Y uno, el mayor, es la inmigración ilegal. España exportaba migrantes, no los recibía. Se podían ver negros vendiendo artículos tribales en aceras de París. No en Madrid. Ya los hay. Y también latinoamericanos con guitarras cantando "El cóndor pasa" y pidiendo ayuda en La Puerta del Sol.

¿Debe Europa recibir a todo inmigrante pobre o debe el mundo seguir el camino de Europa, Estados Unidos, Canadá y la joven Australia para dar a sus habitantes lo que hoy tienen las regiones industrializadas? ¿Debe París recibir a todo el Magreb que huye no sólo de la pobreza sino de las matanzas de religión?

Europa se desgarró durante el siglo XVI con las guerras de religión entre católicos y protestantes. A partir de la Reforma encabezada por Lutero, la ciencia se liberó de la tutela papal y se desarrolló en Inglaterra y Alemania. De allí surgió la Revolución Industrial y la riqueza del norte europeo. De las guerras de religión Europa aprendió un gran escarmiento: la religión y el Estado deben ser ámbitos diversos. Delitos y pecados pueden coincidir, como en el robo y el homicidio. O no, como en la heterodoxia religiosa, la apostasía, la herejía, el sacrilegio, la blasfemia, donde no hay un tercero afectado. Ni siquiera Dios, porque siendo absolutamente perfecto, no lo puede afectar mi insulto, diatriba o descreimiento sin perder su perfección. La policía dejó de perseguir herejes y se dejó su castigo al infierno.

Pues bien: ése es el aprendizaje por el que no ha pasado el islam.

Los musulmanes no van a otros países con simples usos y costumbres diversos, sino como portadores de la Verdad ante los infieles. No son ellos los que deben apegarse a las leyes de Francia, sino las leyes de Francia las que deben abandonar el error. El velo musulmán, recién prohibido en las escuelas públicas de Francia, junto con todo símbolo religioso (lo cual me parece injusto en un país de raíces judeo-cristianas) no es a la inmigrante argelina lo que el rebozo a la mexicana o el kimono a la japonesa: una prenda típica que puede emplear o no, según sea su gusto ese día, y según sea el clima. Nada de eso: es una imposición ineludible. La mujer, símbolo del pecado en que pueden caer los hombres, debe ocultarse porque es objeto de tentación. ¿Debe Francia adaptarse a sus recién llegados? ¿No debería ser el contrario? Islam significa "sumisión", y eso exactamente exige al mundo: el regreso a los siglos anteriores a Voltaire, Diderot y la Ilustración, sumisión de la vida laica ante la religiosa. Como dijo Sartori a la prensa argentina: si un caníbal se come a su vecino allá en su país, pues que lo haga; si pretende hacerlo en Florencia, yo me opongo. Tiene razón. Toda la razón del mundo.

Pero, volviendo a la balsa y los náufragos, podemos aplicar el proverbio chino sobre regalar pescado o enseñar a pescar: "No subas los náufragos a tu balsa, enséñales a construir una balsa". Parece fácil, pero los milicos, orangutanes, golpistas, como Hugo Chávez y sus admiradoras del PRD, piensan distinto. El lacayo de Castro es el único presidente latinoamericano que se opone al libre comercio entre nuestros países. Apertura de la que México sería el menos beneficiado, por cierto. Ya lo dijo Paco Calderón en magníficos monos: lo mejor para México sería continuar siendo el único en mantener una relación comercial privilegiada con Estados Unidos. Entre menos compitan con nosotros, mejor.