Pecados presidenciales: vanidad e ingenuidad

publicado el 17 de octubre de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

La vanidad es un pecado que comparten todos los políticos, quizá sin excepción; pero no hay político ingenuo. No al menos en los altos niveles, porque la selección natural elimina al ingenuo en las primeras rondas de su partido. La excepción es el presidente Fox. Y lo es porque nunca hizo política partidaria, ni siquiera estudiantil. La selección natural no lo filtró. Desde su toma de posesión, el primer tropiezo fue un pecado de vanidad: creyó que un acto del mayor protocolo podía, por ser él, transformarlo en festividad doméstica con saludos cariñosos a la familia. El Congreso en pleno, que le iba a ser indispensable para gobernar, recibió el primer bofetón. Y comenzó a cobrarlo con una primera amenaza de juicio político.

En el primer Presidente del cambio se dio la contradicción insospechada de que pretendiera gobernar con la palabra incuestionable de un Presidente del PRI... por diversas razones que el PRI. Lo que en el viejo régimen había sido autoritarismo, en el nuevo era expresión de la voluntad popular... ¿le suena a cantaleta conocida?: es el razonamiento exacto de López Obrador cuando desacata órdenes directas del Poder Judicial. Dios los hace y la política los junta.

La funesta combinación de soberbia ante el triunfo inmaculado y las multitudes arrebatadas de entusiasmo hasta las lágrimas, más una pavorosa ingenuidad que puede llamar a lástima o ternura, según el bando desde el cual se mire, convenció al Presidente de que una profunda reforma fiscal, una reestructuración de Pemex, una apertura de la energía a capitales ansiosos de competir en calidad y precio, un nuevo e indispensable aeropuerto... todo, lo poco y lo mucho, se debía hacer porque era necesario y porque lo proponía quien representaba el voto popular: él. Le faltó astucia para decir: el pueblo.

La paradoja es que así exactamente pensaban los presidentes priistas. López Portillo no consultó ni con su partido la nacionalización de la banca y el control de cambios. Habiendo sido dos viejas demandas de la izquierda (monumentales errores, como tantos que proponíamos pero, por suerte, nadie nos hacía caso), el presidente López encerró a un grupo de economistas de izquierda que dieran forma a la decisión presidencial. El secreto fue absoluto: no se permitió que salieran, de día ni de noche, ni llamaran por teléfono a su mujer, mientras preparaban la gran sorpresa. Y el día aquel del Informe, cuando el Presidente anunció el prodigio, los diputados priistas (entonces la inmensa mayoría de la Cámara) y los de partidos de izquierda o afines al gobierno, se levantaron a aplaudir, de pie, por largos minutos. Sin negociación, sin conocimiento, sin aviso, sin preparación, sin pensar. Entonces se podía y la soberbia del presidente López Portillo, cuyo sexenio es hoy anhelado por las señoras copetonas que se dicen de izquierda, lo hizo realidad por la sola magia de su palabra.

Las cámaras de TV se dirigieron como rayo al balcón del Presidente electo, Miguel de la Madrid: permaneció sentado, con ceño adusto y no aplaudió. Primera muestra de quiebra en el PRI. Como todos los que tenemos edad suficiente recordamos, el desastre fue completo.

Son los tiempos que añoran el PRD y su no elegido candidato presidencial que hace campaña hace cinco años. El peso se volvió milésimas. Pero De la Madrid comenzó otro cambio no consultado: la apertura comercial. El régimen de Carlos Salinas, un brillante régimen que concluyó con 70 por ciento de aprobación popular, redondeó la apertura con el TLC, y este tratado, durante la presidencia de Zedillo, convirtió a México en un exportador que vendía a Estados Unidos más de lo que compraba, por primera vez en su historia. Ahora es pecado recordarlo. Sobre todo en reuniones de señoras elegantes.

En resumen: la voluntad del Príncipe podía llevarnos al barranco o sacarnos de allí. Eso lo aprendió el joven Vicente Fox, como lo aprendimos todos los mexicanos: por ósmosis, porque estaba en el aire, porque se daba por hecho.

Como al niño que bautizan cristiano sin tener uso de razón ni manera de defenderse, los mexicanos desde la infancia dábamos por hecho que el Presidente mandaba en todos los ámbitos. Era religión de Estado. Y teníamos razón: así era. O casi. Como tantos adultos que no revisan en la edad madura sus creencias, su religión, su historia patria, el Presidente del cambio dio por hecho que así se debía gobernar... pero ya no tenía un Congreso de paniaguados. Las iniciativas más complejas se anunciaban antes de llevarlas al Congreso. ¿Los motivos? Los mismos dos: soberbia e ingenuidad. La soberbia de pensar que podía pedir leyes como si fuera Echeverría, la ingenuidad de no saber que, hasta en el PRI, los cambios importantes se trataban y negociaban en los sectores, y pocas veces eran fruto de una simple y llana orden presidencial. Una excepción fue la nacionalización de la banca.

El primer día de su gobierno, el presidente Fox insultó al Congreso y al PAN, su partido, el cual apenas tuvo representación alguna en el gabinete de "los mejores entre los mejores". Como en aquella célebre novela de Agatha Christie: Y ninguno quedó. No queda ninguno. Usabiaga, "el mejor secretario de Agricultura que ha tenido México" se va sin haber preparado, en cinco años, la entrada de todos los productos agrícolas al TLC, anunciada desde 1994. Lo cual lleva a proclamar a López Obrador, en su campaña de no-candidato, que "será como meter al zorro en el gallinero". Con lo cual hace de nuestros agricultores una parvada de gallinas, dijo La Crónica. Pero el TLC sí previó las enormes diferencias entre los métodos agrícolas de las tres naciones y dio a México un plazo... para preparar a las gallinas. El plazo lo perdimos en dimes y diretes, en soberbia: mira, Congreso, ai te mando esas dos leyes, me las apruebas, y en ingenuidades: el subcomandante Marcos es mi amigocho... Sí, así lo dijo.

Pero como se titulaba aquel noticiario que pasaban los cines (en blanco y negro y pantalla chica), El mundo sigue su marcha. Y preparamos el regreso del más viejo PRI, el echeverrista, ahora reetiquetado como PRD.