Política de anatema o ensalmo

publicado el 29 de agosto de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

En México hemos sustituido el razonamiento por el anatema y el ensalmo. Por el anatema se liquida con una sola palabra, un solo adjetivo, lo que muchas veces ni siquiera conocemos. Los más socorridos anatemas son, por supuesto, neoliberal y salinista. A la inversa, el ensalmo convierte nuestras preferencias en sumas de perfecciones: el más útil es "no-gubernamental", le siguen "sociedad civil" y "candidato ciudadano".

Un magnífico análisis de José Woldenberg en Reforma nos pregunta si los candidatos adscritos a un partido (únicos que, a la fecha, pueden ser candidatos, por lo cual dije una redundancia) son menores de edad, extranjeros o marcianos. A ese hablar sin pensar lo llama "baratijas". Ése es, exactamente, el punto: nos hemos llenado de chucherías sin valor real, pero de gran valor simbólico.

Los priistas tuvieron sus propios anatemas y ensalmos. Un candidato panista era llamado, en automático, "heredero de Maximiliano". ¿Proponía el desafortunado panista un nuevo imperio francés en México? No era necesario explicar nada: el hombre había sido ya aplastado, sin argumentos, en miles de discursos pronunciados de pueblo en pueblo. Que Maximiliano —para sorpresa de los conservadores que lo trajeron y horror de la Iglesia católica, que lo bendijo porque le regresaría sus tierras y capitales usurarios— confirmara las leyes liberales que separaban el ámbito religioso del civil ni siquiera se podía mencionar.

El ensalmo preferido por el PRI era, por supuesto, "juarista". ¿Un político se definía como "juarista" porque firmara con Estados Unidos el paso a perpetuidad de sus tropas por Tehuantepec y por Sonora y Sinaloa, etcétera, como concedió el gobierno de Juárez? No. Era juarista porque Juárez es una estatua que se levanta en todas las ciudades de México. Un liberal, por cierto, con Melchor Ocampo, Valentín Gómez Farías y toda la generación que intentó hacer del México medieval, con sus estamentos sociales, sus propiedades colectivas y el férreo control burocrático de todo el proceso de producción, un país al estilo de Inglaterra o Estados Unidos, liberal. Es la palabra. Liberal porque libera, abre, permite, facilita, ciudadaniza en el sentido de que permite a cada ciudadano una libertad de acción antes monopolizada por el gobierno y sus allegados.

Inexplicablemente, en un país de héroes liberales encabezados por Juárez, el paleo-PRI y el PRD, esto es, el PRI de los Murat y el PRD de los priistas iracundos por no resultar candidateados por su partido, en resumen el PRID, ha logrado colar, como anatema, como referencia descalificadora automática, la expresión "neoliberal". ¿Echaron abajo las estatuas de Juárez y Gómez Farías, de Mora, de Mariano Otero? No se tomaron la molestia porque no es necesario: en el atole colectivo se debe admirar a los liberales y estar contra sus principios.

De ahí que veamos a mexicanos obligados a invertir en Estados Unidos, a México convertido en exportador de capital hacia el país más rico del mundo; a Pemex invirtiendo en Texas y dando trabajo a texanos para poderse asociar con capital privado por afuera del país restrictivo. Así perdimos Texas: los inmigrantes texanos, llegados al Nuevo Mundo atraídos por la libertad de religión y de inversión, se toparon con la burocracia mexicana... y cortaron por lo sano. Pero decir "perdimos" es una tontería: Texas es un estado rico porque sus petroleros pueden invertir en sus pozos. No lo sería de haber perdido la guerra. Los capitalistas mexicanos deben huir a Guatemala para invertir en petroquímica.

Y los nuevos ensalmos son: izquierda, no-gubernamental, sociedad civil y el ya mencionado "candidato ciudadano". ¿Significan algo? Ya nada. Hemos visto por TV a quienes se autoproclaman de izquierda recibir millones de un empresario a cambio ya ni siquiera de nuevos contratos, sino del pago de deudas vencidas. Trafican con permisos de taxis o de suelo para ambulantes, con departamentos de interés social, con todo aquello a lo que no tenían acceso cuando eran oposición. El priista acusado de todos los delitos queda limpio por el ensalmo de acercarse al PRD (y a veces ni siquiera inscribirse). Oímos de un Nuevo Proyecto de Nación que ni es nuevo, porque dice lo que todos, ni es proyecto porque no plantea cómo conseguirá ese listado de regalos a la Nación, y cuando lo dice es peor: resulta un infantilismo de risa. El anatema "salinista", peor que "neoliberal", se convierte en ensalmo cuando los salinistas hacen campaña por el candidato sin candidatura.

Y la verdad, es que simplemente nos tienen hartos. Tan hartos que la noticia reciente en Estados Unidos es: 40 por ciento de los mexicanos desean inmigrar a Estados Unidos. El desencanto con sus políticos los ha llevado a perder su nacionalismo. Mm. No es así: 40 por ciento respondió sinceramente porque su nivel de exasperación ya rebasó toda medida; el otro 60 por ciento... está uno tentado a decir que es de hipocritones, pero sería injusto: muchos no queremos irnos a Estados Unidos, sino traer la vida de Estados Unidos a México. No todos los tapatíos deseamos vivir en Nueva York, sino dejar de viajar como reses, tener un sistema de transporte colectivo como el ya viejísimo de Nueva York; taxis por montones en las calles, todos entregados a quien cumpla los requisitos legales mínimos y todos circulando con sus taxímetros en función. Cruzar las calles sin temor. Poder caminar. Tener pocos mendigos (que no desaparecen en ninguna parte).

Por todo el país se clama por empleos en empresas con capital de donde venga. Los empresarios quieren leyes donde no sea posible declarar una huelga en una fábrica nueva que aún no contrata empleados; o peor todavía: declararla contra la voluntad de los empleados, como ocurre en México: contra la voluntad de meseros y cantineros, el gordo líder sindical declara huelga (por muy personales razones), envía golpeadores a cerrar el lugar y luego, si los meseros intentan abrir, los declara "esquiroles" y asunto concluido.

En resumen, quienes se van a EU buscan un país definido por la palabra maldita, "neoliberal". Se van a un país con enormes desigualdades sociales, sin que eso les importe: importa que el más pobre no lo es tanto, aunque la distancia con el rico sea mayor allá que en México, pues los ricos son más ricos, pero los pobres menos pobres. Un buen principio sería que no pretendan engañarnos con burla agregada (que es honesto quien encubrió a los que vimos corromperse) y nos expliquen cómo conseguirán lo que todos deseamos: una vida sin violencia y sin hambre.