La corrupción buena

publicado el 01 de agosto de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

El empresario que descuenta 30 por ciento de sus salarios a empleados sin más opción que la firma o el despido fulminante, nos parece a todos un ladrón. Que el patrón piense emplear esa recaudación en una buena causa y no en una buena casa no lo justifica. Tampoco le permitimos algo parecido a un gobernante salido del PRI o del PAN. Pero si el producto está envuelto en presentación "de izquierda", entrecomillado porque ya nadie sabe qué empaque sea ése, entonces puede hacer lo que guste. El político que recibe de un empresario varios millones de pesos por los contratos que le entrega sin licitación, sin el concurso que exigen las normas para, precisamente, evitar los sobornos y la mala calidad del producto terminado, es un corrupto. Nadie lo duda. Por décadas lo señalamos desde la oposición, primero a gritos en las calles porque no teníamos acceso a la prensa, luego en el Congreso, cuando obtuvimos los primeros diputados salidos de los antiguos partidos de izquierda. Nuestros actuales gobernantes autodefinidos de izquierda parecen haberlo olvidado. Ahí tenemos a la Asamblea Legislativa del DF, dominada por la aplanadora del PRD, evitando a toda costa la siempre postergada auditoría a los segundos pisos del Periférico. Declaraciones van y vienen, dicen y se desdicen, pero una sola certeza permanece: el PRD no permitirá la auditoría a una obra sospechosa desde su mismo origen. Se hará después de las elecciones presidenciales para no afectar a López Obrador. Dos observaciones: 1. ¿Por qué habría de afectarlo? ¿Qué le saben? 2. ¿Ya es candidato del PRD? ¿Cuándo en la izquierda habíamos estado contra auditar la obra pública? ¿Cuándo nos había parecido que auditar era una ofensa contra el prestigio de un gobernante? ¿Una sombra de duda sobre su honradez? Al contrario, "el que nada debe, nada teme", les asestábamos una y otra vez. Pero no es nuevo: en la izquierda siempre hemos pensado que el fin justifica los medios. Desde la teoría misma: una dictadura, la del proletariado, para acabar con las desigualdades sociales, hasta la práctica: unos cuantos millones de campesinos muertos porque se resisten a la colectivización... es que los campesinos, ¿sabes?, siempre han sido reaccionarios. Algunos nos hemos replanteado esos antiguos dogmas de fe, pero quienes han llegado al poder por la vía electoral (que desprecian), no lo han hecho. Desde el fondo de su corazón siguen actuando como si hubieran triunfado las armas, las balas, y así "el pueblo" se hubiera expresado de una vez y para siempre, como dice la teoría castrista de la democracia. Ahora nos han resucitado hasta la teoría más vil y aristocrática entre las que explican el origen de la violencia. Son los pobres quienes roban, decían los duques y las princesas de antaño. Y había que endurecer las leyes y ampliar las cárceles. Ahora también son los pobres los que roban, pero lo hacen por culpa del "sistema social" y es éste lo que debe cambiar. Es verdad que algunos pobres roban: es el robo hormiga del pan y de la bolsa de frijoles. Es un robo que las tiendas de autoservicio tienen calculado y lo pagamos todos en los precios. Pero la queja que surge de "la ciudad del miedo", y ya es un clamor que llega a todos los rincones del mundo, es por los asaltos con armas de alto precio, que cometen bandas en las que siempre, siempre y sin falta, hay ex policías. Cuando se habla de inseguridad se piensa en los secuestros, cometidos por bandas que disponen de varios autos para despistar a la policía y pueden hasta abandonar alguno; los secuestradores disponen de casas donde esconder a sus víctimas y de equipo sofisticado para eludir la persecución. Algunos tienen mejores ideas, como los policías del DF que operaban desde la propia Procuraduría del DF y empleaban sus oficinas para organizar el pago del rescate. Si las víctimas pagaban impuestos, pagaron su propio secuestro. Una banda fue detenida in fraganti; pero siempre nos quedará la duda: ¿cuántos más estarán haciendo lo mismo? En ciudades sin ley, el ejemplo es el DF, también los pobres asaltan... asaltan a otros pobres: desvalijamiento en los microbuses, secuestros que se resuelven con cinco mil pesos. Es el resultado de regalar a los pobres la idea de que alguien, en alguna parte, se está quedando con lo que les pertenece. Pero, sobre todo, de mostrar a los pobres que el crimen organizado, y rico, produce enormes utilidades, sin riesgos: el porcentaje de impunidad llega a un casi perfecto 100, anda por arriba de 95 por ciento y es mucho mayor porque ya los delitos ni siquiera se denuncian. Es perder tiempo. Y las autoridades están felices porque sus indicadores bajan. Y así es: el agente del MP adormilado a las cuatro de la mañana ya casi nunca interrumpe su sueño para atender, de mala gana, una pinche denuncia de un riquillo que fue robado por un pobre, ¿no se lo merecía? Es la enseñanza que deja el finalmente ido (...¿o no?) alcalde capitalino: los pobres roban a los ricos porque los ricos los robaron antes. Por eso el millón y medio que hace más de un año desfiló de blanco por las calles del DF fue de pirrurris. Sólo un dato no embona: ¿no son ya muchos los pirrurris? Pero en una Prepa Popular, un CCH, esta lógica es indudable. También nosotros decíamos que de Cuba huían "los burgueses"... hasta que algunos comenzamos a pensar, y no todos, ¿no son ya muchos burgueses? ¿Tantos así había en Cuba? ¿Y no huyen en sus yates, sino hasta en cámaras de llanta infladas y remando con las manos? Nuestros más altos científicos sociales siguen diciendo que así es. Los datos dicen lo contrario: los pobres son los primeros en sufrir el crimen porque, al día siguiente de ser despojados de su reloj de plástico en el microbús, deben tomar el mismo microbús, encomendándose a la Virgen, porque no queda de otra cuando hasta los policías asaltan. Lo más notable de todo es que nadie, o casi nadie, se indigna con la perversa justificación del crimen ejecutada por López Obrador con sus mezquinas muletas ideológicas. Es aterrador, como si el CCH Oriente hubiera extendido sus fronteras por toda la nación, por mentes pensantes y por publicaciones.

 

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