Un país en coma

publicado el 18 de julio de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Ya nada parece indignar a los mexicanos. Las instituciones son desbordadas por todos lados y nadie parece reaccionar: la última gracejada de un gobernante, el más reciente desliz presidencial, la última declaración en falso de su vocero. En chistes y la frivolidad nos hundimos en un mar de ineptitudes que van desde las policiacas hasta las legislativas.

Hace unas semanas, tras el juego Grecia-Brasil un adolescente me informó que México le había ganado a Japón horas antes. Luego hizo una pausa... y concluyó: "Allá están matando mucha gente, ¿verdad?". Sí, un niño en Poros, pueblito largo enlistonado junto al mar en vueltas y revueltas, con unos tres mil habitantes. Se sabe, lo saben los niños de Poros, que en México están matando mucha gente. El Presidente dice que no es tan grave; el jefe de la Ciudad del terror dice que son murmuraciones contra su "proyecto de nación". Sí, le respondí, tienes razón, es que... ya sabes... la droga... gulp... La vergüenza me convirtió en político mexicano súbito. ¡Dios mío!, me dije, ¿lo mismo les pasará a ellos? ¿Lo mismo nos estará pasando a todos? El cinismo nos invade.

En sólo dos meses: más de 40 policías municipales detenidos en Nuevo Laredo por abuso de autoridad; en Baja California un muerto cada 15 horas; en tres días 15 asesinados en el DF; un jefe policiaco muerto en Chihuahua; un subinspector baleado frente a su casa en el DF; el narcomenudeo crece 762 por ciento en estos cuatro años en el DF; en Chihuahua una docena de encapuchados entra a un hospital y acribilla a un agente de la AFI; el mismo día, en Tamaulipas, cae asesinado el director de Seguridad Pública de Nuevo Laredo, a seis horas de haber tomado posesión; tres agentes de la misma AFI resultan involucrados en la muerte de Enrique Salinas; un cadáver quemado aquí, otro allá; tiros de gracia; tres calcinados en junio en Nuevo Laredo; 73 ejecutados en Tamaulipas... Y nada, no pasa nada, no hay reacciones en ningún sector del gobierno.

Agustín Villeda Gómez, jefe de seguridad de la Central de Abasto, y con antecedentes penales, encabezaba una red de secuestradores en ese lugar, en la que también participaban comerciantes y hasta diableros. No sólo autoridades, no sólo narcos, no sólo ambulantes de Padierna y Bejarano: todo México parece haberse perdido en una rebatiña en el río revuelto de la no-ley instaurada, eso sí, por las autoridades temerosas de actuar y perder votos en Tepito.

"Después de secuestrar, mutilar varios dedos a tres víctimas y haber sido detenidos en flagrancia hace más de tres años y medio, cinco miembros de la banda de plagiarios Los Colmenos aún no han recibido sentencia en primera instancia" (Reforma, 16 de julio). Que un plagiado hable es otro compló, dice AMLO.

Y más: la CROC, un viejo eslabón del PRI, ocupa el periódico Noticias de Oaxaca, secuestra en su interior a tres docenas de periodistas, la policía de Oaxaca le ayuda, y después de un mes y pico sólo voces aisladas se escuchan en algunos medios. Pero ¿y la reacción de gremio, solidaria (a veces injusta y fuera de lugar), que era característica? ¿La reacción ante el fuego que nos llega a la propia casa? Nada. Impunidad completa en una acción que sólo pudo ser ordenada por el gobernador priista, cuyo nombre ahora no recuerdo ni importa. La CROC y sus golpeadores tienen impunidad porque el gobernador priista cree vivir en los años dorados de López Portillo, pero también porque los estudiantes, que protestan por un alza de diez centavos al transporte; los intelectuales movilizados por todas las buenas causas; los periodistas con todos los medios a su disposición, no han levantado una protesta contra el regreso de los golpeadores.

Cuando López Portillo retiró su publicidad a Proceso (el famoso "no pago para que me peguen"), sólo eso, no lo cercó ni menos secuestró en el interior a sus periodistas, hubo aullidos; el asunto fue casus belli en la prensa internacional porque la de aquí se movió. Otro López ha hecho lo mismo: López Obrador no paga un centésimo de plana a La Crónica... y nadie dice nada porque, después de todo, ¿no tiene uno derecho a decidir en dónde se anuncia?

Ahora ni siquiera el posible asesinato conmueve: lleva más de 100 días desaparecido Alfredo Jiménez, joven reportero de El Imparcial, de Sonora, que había mostrado valor e información en la denuncia del narcotráfico. Es casi seguro que esté muerto... Ciro Gómez Leyva publicó, aquí en MILENIO, una alarmante entrevista a Jorge Morales, subdirector de ese diario: "Ya no escribimos sobre el narcotráfico. Porque no hay garantías en el norte del país... Estamos atemorizados. Y no solamente en El Imparcial, en todos los medios sonorenses, en los medios del norte del país". Tengo miedo cuando leo las magníficas precisiones de Jorge Fernández Menéndez al tema. Miedo por él.

Los periodistas se preguntan cosas más divertidas, apuestan al próximo tropezón de Fox, aplauden cuando AMLO les contesta "de eso no hablo". Obedecen. "Es que nos cae bien...". "Es buena onda...". Más que cínicos, nos volvimos frívolos.

Tenemos un sistema judicial que mantiene diez años en la cárcel a Raúl Salinas porque a todos nos cae mal, caso jurídicamente monstruoso: una vidente, una bailaora de tablao, un cadáver visto con premonición, testigos pagados y que admiten el hecho: eso mantuvo a un Salinas, por llevar ese apellido, diez años en la cárcel. En cambio Bejarano, El Señor de las Ligas, sale en ocho meses porque la Procuraduría lo acusa de un delito que no cometió y no investiga el que todos le vimos en TV cometer: llevarse un maletín y todos los bolsillos llenos de fajos de dólares entregados por un contratista privado, amigo y benefactor del PRD, no por un narco. Pero un nuevo lema es: "Acusa de aquello que no puedas probar... para que tu amigo delincuente quede libre." ¿Y quién se felicita por la excarcelación del amigo y colaborador? El jefe de Gobierno del DF. "Quisieron hundirlo, pero no pudieron", reta, retoba. Con defensores como AMLO, ¿para qué quería abogados?

Y los "chicos de la fuente" se ríen de la ocurrencia. Nos lo merecemos todo. Lo hicimos paso a paso, pretexto tras pretexto, lamento tras lamento.