Su resistencia a reformas impidió la colonización vikinga de América

publicado el 26 de junio de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Tenemos dos fuentes de información acerca de los intentos vikingos por asentarse en Norteamérica: relaciones escritas y excavaciones arqueológicas en la costa atlántica sur de Canadá y norte de Estados Unidos. Las relaciones escritas consisten principalmente de dos sagas que describen el viaje inicial, desde Groenlandia, donde ya había dos asentamientos vikingos, a "Vinland", "Tierra de viñas", en lo que hoy son Nueva Escocia y Massachusetts. Las sagas vikingas acerca de Vinland se reconocen ahora como las más antiguas descripciones escritas de Norteamérica (y de América). Son dos manuscritos llamados La saga de los groenlandeses y La saga de Érik el Rojo.

Según las sagas, el tal Érik el Rojo era un pendenciero que, por el año 980 de nuestra era fue acusado de asesinato en Noruega y desterrado a Islandia, ya por entonces una colonia vikinga y el punto más remoto de Europa. Allí también tuvo grescas y trifulcas en las que mató más gente. Fue exiliado también de Islandia en el 982. Entonces Érik recordó que años antes un tal Gubjörn Ulfsson había sido arrastrado por los vientos fuera de su curso, hacia el oeste y avistado unas tierras desconocidas. Érik pasó los tres años de su exilio explorando esas tierras: la costa sureste de Groenlandia, o sea América, y descubrió buenos pastizales dentro de los profundos fjords. Volvió a Islandia y cayó de nuevo en una pelea, así que fue echado en definitiva.

Con 25 barcos salió hacia las nuevas tierras, a las que llamaba Groenlandia (Tierra Verde) por sus pastizales en las estrechas costas, aunque el 90 por ciento de la isla está cubierto por hielo de varios kilómetros de profundidad.

Los vikingos se establecieron en dos lugares, uno al extremo sur de Groenlandia y otro unos 500 kilómetros al noroeste. Llevaron consigo sus usos y costumbres: vacas para tener leche, queso, mantequilla y yogurt, cabras y borregos. Las vacas fueron una carga horrible porque debían ser alimentadas, dentro de establos calientes, por unos ocho meses; las cabras y borregos se comieron la hierba hasta la raíz y, en invierno, buscaron bajo la nieve los brotes de árboles. Los bosques, no muy abundantes por el clima helado y la poca tierra, fueron talados para tener madera de construcción, calefacción y carbón para producir hierro. Cuando penosamente intentaban levantar cabeza, se los comían las chivas. Los esquimales, sin esos problemas, comían pescado y focas.

Llegaron los esquimales, que habían permanecido en lo que hoy es el Canadá ártico, más propiamente llamados inuits, y no hicieron buenas migas. Los vikingos, escasos de hierro, no tenían ninguna superioridad militar y sí la gran debilidad de seguir con usos y costumbres europeas, que no se adaptaban al nuevo clima. Llevaban la de perder. En vez de aprender de los inuits y hacerse trajes y kayaks similares, resistieron la tentación pagana y siguieron vistiendo como personas decentes. Luego hubo un cambio de clima: se enfrió todo el mundo. Noruega fue despoblada por la Gran Peste Negra de mediados de los 1300 y por esa y otras razones dejó de comerciar con Groenlandia.

Así pues, luego de 450 años, los asentamientos vikingos desaparecieron de América, unos decenios antes de la llegada de Colón. No son pocos años, dice Jared Diamond, pues ninguna nación americana los tiene, así que no tenemos derecho a decir que ellos fracasaron y nosotros no. Cinco conjuntos de factores se unieron en ese colapso: el impacto vikingo sobre un ambiente particularmente frágil y de equilibrio delicado, el enfriamiento mundial que duró hasta después de 1800, declinación de los contactos amistosos con Noruega, aumento de los contactos hostiles con los inuit, y, el que contribuyó a agravar los otros cuatro: la visión conservadora de los vikingos: asombrosamente, no aprendieron a cazar focas con arpón, no comían pescado en un mar lleno de salmón y bacalao, y trataron de seguir comiendo queso y mantequilla. Importaban artículos que daban estatus social y vitrales de color para las iglesias, en vez de más hierro e instrumentos.

Pero todo cambio era mal visto por los gobernantes y las autoridades religiosas porque podía derivar en una pérdida de control y de poder. Suena conocido: ¿cómo controlar a petroleros y electricistas si ya no están integrados en la estructura del poder? "En la apretadamente controlada e interdependiente sociedad de la Groenlandia vikinga, los jefes tenían capacidad de evitar que otros intentaran iovaciones... Porque tales iovaciones podían haber amenazado el poder, el prestigio y los estrechos intereses de los jefes."

Los pocos centenares de sobrevivientes (de unos cinco mil) se comieron hasta las pezuñas de sus últimas vacas, sin importarles ya que la primavera siguiente no tendrían crías para reponer el rebaño. Diamond imagina los últimos días del último asentamiento: Gardar, la granja más rica, es como una balsa salvavidas con sobrecupo que se hunde. La autoridad de los religiosos y de los propietarios de la tierra había sido reconocida en tanto demostraran que Dios protegía a sus feligreses, "pero la hambruna y las enfermedades asociadas pudieron causar un resquebrajamiento del respeto a la autoridad, similar al descrito por el historiador griego Tucídides respecto de la Gran Peste de Atenas dos mil años antes. Gente muriendo de hambre pudo haberse derramado por Gardar y sobrepasar a los jefes y religiosos, que no pudieron ya evitar la matanza de la última vaca y el último borrego."

Luego recuerda los motines en su propia ciudad, Los Ángeles, cuando en 1992 fueron absueltos los policías blancos que habían golpeado brutalmente al negro Rodney King. "La policía rebasada no pudo hacer más que colocar tiras preventivas de plástico amarillo a través de las calles de entrada a los barrios ricos, en un gesto fútil de mantener fuera a los amotinados."

"Estamos viendo crecientemente un fenómeno similar a escala global hoy día, conforme inmigrantes de países pobres se derraman en los sobresaturados salvavidas que representan los países ricos, y cuando nuestro control de fronteras se comprueba no más capaz de parar el flujo que los jefes de Gardar y la cinta amarilla de Los Ángeles."

En Groenlandia, "al final, pues, los jefes se encontraron a sí mismos sin seguidores. El último derecho que obtuvieron para sí mismos fue el privilegio de ser los últimos en morir de hambre."

Diamond, Jared, Collapse. How Societies Choose to Fail or Succeed.