La vergüenza que dejaron...

publicado el 30 de mayo de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Pues casi me echan de un hotel, cuyo precio negociaba para larga estadía y todo iba bien, el precio bajaba… hasta que me preguntaron profesión. "Soy periodista", dije con humildad. "¿Periodista mexicano? ¡Óyeme!... ¿Por qué nos trataron así a los griegos durante los Juegos Olímpicos?". El dueño, porque era el dueño del hotel, fue subiendo el tono: él mismo había visto, nadie le había contado, a los periodistas mexicanos durante el trayecto de la isla de Ydra (aquí cerca) al Pireo, el puerto de Atenas, con las patotas sobre varias butacas del Delfin (los barcos veloces, catamaranes, que se levantan sobre las olas como esquiando), y llenaron todo de cámaras y equipo e iban tirados así... el hombre actúa la posición arrimando sillas... Después se pelearon a golpes con ingleses que algo les reclamaron... Por supuesto, los detuvo la policía, y luego los veo en televisión diciendo que les habían robado hasta sus carteras...

—¿Eso decían? —añade un empleado que fue marinero y años atrás conoció varios puertos mexicanos—. ¡Pero si en México te roban la cartera así...! —y actúa el numerito de los robos a la antigua, disimulados, con una mano que se desliza por el bolsillo trasero. No, me digo en silencio, ojalá fuera todavía así: ahora te ponen una pistola entre los ojos y te bajan del coche, al menos en el DF (y eso causa mucha risa a sus autoridades: ja, ja, exageraciones...); los taxistas levantan a los tres rateros con quienes tienen pacto para llevarte de cajero en cajero hasta vaciar tu cuenta y dejarte tirado en alguna calle oscura, aislada y desconocida... No, me digo, éste no sabe lo que es ahora el DF...

Les aclaro que en realidad no soy exactamente periodista, sino un pobre escritor que publicó hace unos años una novela llamada Cielo de invierno que comienza aquí, precisamente, en Poros... Que los periodistas mexicanos tampoco son muy queridos en México, aseguro, y menos los de televisión porque las dos únicas grandes empresas los hacen prepotentes e insufribles; que sí, que son una vergüenza y que también vi en la TV cuando con la cámara trataban de seguir, ya liberados por intenvención de la Embajada, a uno de los policías que los habían detenido... que sólo hay algo peor en México que un periodista: un diputado.

Si me hubieran leído el pensamiento me habrían encontrado en arrobada admiración de que, el lunes anterior, día muerto en todo el mundo, a las tres de la mañana (ya del martes), frente a la estación Monastiraki de Atenas, zona pobretona, las mesas sobre la plaza se encontraran llenas. Todavía no llega el turismo veraniego, así que estaban llenas de griegos y griegas comiendo suvlakia, kebab y bebiendo cerveza y el vino griego de sabor a resina que por lo mismo se llama retsina.

Luego de las 11 de la noche, horas antes, en Thanasis, donde se comen deliciosos kebab, con mesas en ambos lados de la acera, de una calle que ya es totalmente peatonal (cuatro o cinco restoranes se la reparten, venden lo mismo, Thanasis es el mejor), la misma certeza entre esa multitud, sentada, paseante, caminante, es que nadie te va a asaltar. Hay una pobreza discreta: pasa un niño, como de ocho años, con pantalón a la moda, de esos apenas debajo de la rodilla, que debería estar dormido; trae un baglamás (como una mandolinita muy pequeña) porque todavía los bracitos no sostienen un buzuki: va por las mesas cantando por unas monedas. Es un niño muy bonito y lo explota: las mujeres le dan porque les sale la madre; los hombres le dan porque primero lo tironean de la cabeza, como a un colega, le preguntan si se sabe (ni remedio: si, se, sa, sa) "S’agapó yati ise orea" ("Te amo porque eres bonita"), una canción tradicional, y él de inmediato la comienza a cantar. La vocecita no le da para los bajos, porque será tradicional, pero es difícil: baja más de una octava y él, sin experiencia, empieza donde le queda cómoda y luego no alcanza a bajar, así que se desentona. El encargado dice a todo el mundo: Ekatondades!... ¡Cientos, cientos de euros gana este niño por noche! Nadie lo saca. Es que, ademas, está afuera... Todos estamos afuera, en la calle, bajo una noche tibia de casi luna llena.

Apenas se desocupa una de las mesitas minúsculas, ya se está ocupando. Y es lunes, pero ya hace muy buen tiempo (que pronto va a empeorar). Pasa una niña, con cara de dormida y una armónica que ni siquiera intenta tocar, nomás le sopla: fluuu... fluuu... y estira la mano: casi nadie le da. Luego una banda con dos acordeones, buenos, con una alegre melodía gitana, y un pandero. Música bien tocada, pero es obvio que no son griegos y a todos nos sale el apego por lo propio en cualquier parte (en México mucho peor): son tres hombres adultos, tocan bien, pero casi nadie les da.

A la vuelta de Thanasis dos músicos cantan en forma, una guitarra y un buzuki, con su micrófono y todo: ya sobre la plaza misma de Monasteraki, la calle, porque no hay sino pavimento, mesitas con veladoras. Cantan los músicos, muy buenos, y cantan los parroquianos. Un joven intenta bailar un zeibékilo, pero está muy borracho y se cae. No pasa nada. Una patrulla cruza lentamente... no pita para abrirse paso ni menos lanza la sirena: cruza despacio, mirando... Otros jóvenes bailan desde afuera de las mesas, quizá para no pagar. Luego se deciden y toman una mesa, piden un botella de vino rosado que apenas alcanza para una copita por cabeza, y el patrón, al ver bailar con ellos a una joven preciosa, le lleva una mesa, una de sus mesas, y la sube encima. Los músicos, que tocaban otros ritmos, cambian al adecuado: un tsifteteli: la típica danza oriental del vientre; la joven trae, como ahora todas, el ombligo de fuera, y mueve la cadera con ese golpe que debería hacer sonar el cinturón con monedas, si lo trajera. Un cuerpo muy bello, pelo largo, castaño y suelto, bonita cara, chiquitina. Pienso en mis amigos "bugas" babeando de arriba y de abajo.

Pero no es un show, no son bailarines de un bar: son griegos en la calle, su calle no arrebatada por el miedo. Vuelve a pasar la patrulla, lenta, silenciosa. Y me dan la una y las dos de la mañana. La patrulla lleva como diez vueltas, invisible, presente... Dan las tres. Me rindo. Los músicos no han dejado de cantar ni los clientes de bailar sobre la calle con mesas, las muchachas encima, ellos de uno en uno, ante los músicos. Y es lunes, madrugada del martes, en una zona con un grupo de "teporochos" guarecidos, medio lejos, bajo un umbral de la estación, y perros callejeros: "Zona peligrosa", nos grita el cerebro a los mexicanos. No, no lo es. Sólo un poco sucia. Tampoco mucho.

Recuerdo lo que en octubre pasado nos dijo a Carlos y a mí un amigo griego, ahora residente mexicano de Oaxaca por azares (y azahares) del amor: Extraño esto... esta seguridad de que no me van a asaltar... En Oaxaca me han asaltado cuatro veces...