Nacidos priistas

publicado el 18 de abril de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

En la izquierda, antes, salíamos a denunciar cuando una camioneta del gobierno cargaba equipo para un mitin del PRI, cuando los empleados municipales colgaban banderines y pintaban bardas a favor de un candidato del PRI, cuando se acarreaba y pasaba lista a burócratas para usarlos como relleno de mítines priistas. El triunfo de Fox sirvió, por lo menos, para hacer del PRI un partido más, otro cualquiera, que debe atenerse a sus propias fuentes de financiamiento. Si la nula habilidad política y los errores de su equipo inicial cancelaron un cambio mayor, no fue poco el haber reducido el PRI a su actual condición de partido político y no brazo del poder.

Pero el priismo lo llevamos los mexicanos en la médula: lo que condenábamos desde la oposición lo hacemos ahora desde el gobierno. Somos idénticos. O debería decir "son", son mis antiguos camaradas idénticos al PRI, cuando no mucho peores. Pocas veces los priistas dieron muestras de unción al gobierno como las muchas que le hemos visto a la Asamblea Legislativa del DF, dominada por el PRD. Nunca las autoridades priistas tuvieron la prepotencia soez que muestran mis camaradas. Ellos cambiaron, yo no. Se aliaron con lo peor y más viejo del PRI: con el priismo resentido, con los que se van cuando no les dan.

Siendo regente del Distrito Federal, nombrado directamente por Carlos Salinas, Manuel Camacho se cansó de nuestros números, siempre exagerados: hacía el PSUM un mitin en el Zócalo y contábamos 200 mil manifestantes; marchaban los sindicatos universitarios, y proclamaban un cuarto de millón. Los cálculos oficiales eran siempre muy inferiores, pero los denunciábamos como parte de la maldad del Estado burgués. Manuel Camacho hizo algo muy sencillo: mandó medir la plaza mayor de la capital y el espacio que ocupa una persona de pie. Luego dividió uno entre otro. El resultado fue aritméticamente indiscutible: hombro con hombro y nalga contra bragueta (o falda), en el Zócalo pueden apretarse 75 mil personas. Mil más, mil menos según se estrujen.

Ahora que los números han vuelto a cobrar su altura estrafalaria, aquel buen agrimensor, ya no en el PRI, sino diputado por el PRD, calla y otorga. Así cambia la aritmética cuando hay cambio de chaqueta.

También los derechos humanos se defienden según el humano en cuestión. Cuando el ya casi ex gobernador del Estado de México, Arturo Montiel, sacó aquellos spots televisados donde recordaba que "los derechos humanos eran para los humanos, no para las ratas", causó una ola de indignación. Era correcto el enojo. Y doblemente correcto porque Montiel es del PRI.

Pero el priismo nos rezuma de la médula y los mismos indignados entonces también parecen distinguir, como Arturo Montiel, entre humanos con derechos y ratas: estamos todos contra la tortura a los ciudadanos por parte de la policía, pero no todos contra la tortura de ciudadanos a policías formados e inmóviles. Quemar con un soplete a una persona es un delito... excepto, al parecer, cuando se trata de un policía. Lanzar rejas metálicas a la cabeza de personas también es delito; pero si los aporreados llevan uniforme es heroísmo. Repito porque viene ya el aniversario de aquellos hechos en Guadalajara: es difícil imaginar una orden más torpe, más estúpida y contraproducente que la de resistir la agresión, verbal y física, en posición de "firmes", para luego, cuando los agresores se habían marchado y confundido con espectadores y transeúntes, horas después, tratar de aprehenderlos "a ojo de buen cubero": éste se parece, éste no... Idiotez mayúscula que el gris gobierno del PAN en Jalisco todavía paga. Y se lo merece. Detenidos los agresores en el acto mismo, no habría duda sobre su culpa.

El priismo de nacimiento les sale a mis antiguos camaradas en cuanto se vuelven autoridades: como diputados se aprueban aumentos de salario que habrían denunciado como opositores; como diputados locales del DF llegan a la ignominia de retirar una propuesta correcta (que el funcionario con licencia pierde el fuero), cuando desde arriba les jalan las orejas. El PRI disimulaba, ellos no.

Dan vergüenza. Y por "antiguos camaradas" me refiero a los que llegaron al PRD por los partidos de izquierda, no a los ex priistas, ni al hampa lumpenizada que, desde el PRD, maneja ahora los viejos grupos de choque priistas, aclientados con el PRD porque mejoró el precio. Con ese tipo de clientela política hizo Mussolini su fuerza. También decía que su base era el pueblo italiano, y en parte era verdad: quien recibe un permiso condicionado defenderá a quien se lo concedió.

En la Italia fascista y el México del PRI no había ciudadanos con derechos, había clientes: tanto te ofrezco, tanto me debes. Tener placas de taxi, espacio para la venta callejera, licencia inconseguible no era un proceso regido por normas que sólo deben cumplirse, sino ingresar a una hermandad, jurar fidelidad al poder que concede esa gracia; no un derecho ciudadano, sino un apadrinamiento que obliga de por vida. Eso, que tanto combatimos, hacemos como autoridades.

El PRI se fue, pero mis camaradas heredaron sus clientes. Y luego hay quien se asombra de que me haya distanciado de esa abominación: soy un pobre diablo que paga renta y piensa como antes. Ellos son autoridades y su conducta, priista.

Más del nuevo Cuauh

El nuevo Cárdenas hasta sentido del humor tiene: su respuesta a la prensa para explicar su ausencia durante el mitin de López Obrador en el Zócalo antes de llegar a la Cámara de Diputados, es de antología: "Sólo estoy en actos electorales a mi favor": duro, seco y al hígado. Otro acierto fue su comentario acerca de los ayunos que senadores perredistas realizan por 24 horas: las huelgas de hambre son para morirse o no son. La única presión que ejerce la huelga de hambre contra una autoridad es la amenaza de muerte: "O nos liberan o nos morimos", dijeron Valentín Campa y Demetrio Vallejo. Y moribundos se los llevaron a la enfermería carcelaria para salvarles la vida por la fuerza. Lo mismo dijeron los jóvenes irlandeses del Ejército Republicano... y se fueron muriendo uno a uno: Inglaterra no cedió, ellos tampoco. Los panzones y panzonas en ayuno de 24 horas sólo mejoran su línea, que buena falta les hace.