Los hijos de la pobreza

publicado el 09 de febrero de 2004 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Una familia debe recibir los hijos que Dios le envíe”. Si uno está de acuerdo con esta proposición, enseguida se hace evidente que Dios es muy bromista: al indio miserable de Chiapas, que cultiva su tierra enterrando semilla por semilla, según mandan los usos y costumbres de su cultura, y saca tres mazorcas ralas, le envía quince hijos; al universitario de rasgos europeos, con regular salario, que compra en el súper cuanto desea, según mandan los usos y costumbres de su cultura, Dios lo maldice con un solo hijo o dos.

La idea de que los hijos abundantes son una bendición divina nos viene de que por milenios y milenios hicieron las funciones de seguro para el retiro. De cada 10 hijos llegaba a la edad adulta un par porque las enfermedades, la violencia y los accidentes cobraban caro en vidas humanas. Los padres ancianos (cuando se era anciano a los 40 años) dependían de los hijos sobrevivientes para no rogar en las calles por una limosna. De ahí que lo hijos fueran una bendición y la mujer infértil debiera ser rápidamente sustituida.

Pero un buen día los humanos dejaron de hacerle pases mágicos al niño enfermo, dejaron de pedirle el milagro a la Virgen y de irle a bailar al Santo Señor de Chalma como único remedio contra las dolencias porque el agua potable, los drenajes y la higiene disminuyeron las enfermedades, los antibióticos las curaron, los hospitales se hicieron cargo de la tarea que correspondía al brujo, a la veladora y a los rezos. Así ocurrió que los niños dejaron de morir y se hicieron adultos reproductivos. La ley y la cultura disminuyeron la tasa de homicidio y, salvo en regiones indias de México, el homicida descubierto y atrapado terminó en la cárcel: los jóvenes que morían en pendencias callejeras también llegaron al matrimonio y se reprodujeron.

De esta manera fue como China y la India se convirtieron en los países más poblados de la Tierra. Y en los más pobres hasta que sus gobiernos instauraron políticas eficaces de control natal y políticas económicas que los han hecho potencias industriales (y atómicas, de paso).

Lo mismo que se observa a escala planetaria ocurre en cada país: pobreza y familias abundantes van de la mano. La familia oaxaqueña o chiapaneca es la más abundante, la más bendecida por Dios en número de hijos aunque, detalle cruel, no reciba ayuda divina para alimentarlos. Vemos cerrarse entonces el círculo vicioso una y otra vez: las familias grandes son mayoritariamente pobres, porque son pobres alcanzan menor escolaridad y la ignorancia recomienza el ciclo: tienen muchos hijos... etcétera.

En el extremo opuesto observamos el efecto contrario: familias con pocos hijos pueden proveerlos de mejor alimentación y mayor escolaridad, eso redunda en nuevas familias de pocos hijos y alta escolaridad. Este efecto, notorio entre los estados norteños e industrializados de México, y el sur en la miseria, es más claro entre las naciones: en el continente más próspero, Europa, la población indígena se ha estancado o disminuye; en África, Asia y América Latina seguimos echando niños a vivir en las calles.

También se puede hacer otra observación menos obvia y tediosa que la anterior: en Europa las iglesias están vacías, salvo que en alguna tenga lugar un concierto o su valor artístico la llene de turistas. En México todavía son necesarias varias misas los domingos. El Vaticano tiene su mayor fuente de ingresos en los pobres que llenan las iglesias del tercer mundo. Tiene también a su única audiencia dócil.

De ahí que no pueda sino aplaudirse el laicismo con el que, desde el gobierno de la República, se instrumentan diversas políticas de control natal. Que el sector salud inscriba en su cuadro de medicamentos la píldora que evita la fertilización del óvulo es la más reciente muestra civilizatoria. Resulta admirable que un gobierno clasificado como derechista, encabezado por un Presidente católico, resista las presiones episcopales que condenan el uso de la píldora “de la mañana siguiente”.

No es menos paradójico que la Iglesia católica, mientras enseña que el ser humano es algo más que biología, cuando le conviene reduzca la persona a una combinación azarosa de genes. Todas y cada una de las células de nuestro cuerpo llevan, en el núcleo, el ADN donde se inscribe nuestra herencia genética, nuestra biología. Pero nadie se atrevería a decir que cada célula del cardenal Norberto Rivera es lo mismo que el cardenal Norberto Rivera, aunque lleven sus genes, su ADN completo. Nadie, salvo el cardenal.

La jerarquía católica resultó adscrita al más feroz reduccionismo biologicista: nos dice que el ADN de un humano es lo mismo que un humano. De ahí concluye que impedir la implantación de un óvulo fecundado, que no es sino una célula completa, es un microhomicidio. Con exactamente el mismo razonamiento, sería genocida el cardenal si derramara una sola gota de su sangre porque, en todos y cada uno de los núcleos celulares está inscrito su patrón genético: millones y millones de norbertos.

Pero algunos creíamos que los seres humanos no éramos únicamente genes, un particular patrón de ADN. Y lo que hay en el óvulo fecundado es eso: genes.

AMLO

¿Cómo podría no ser popular en el Distrito Federal un gobernante que carga a los estados el costo de la deuda por sus proyectos, los planeados y los ocurrentes? Todos quisiéramos tener un gobernante así: que trajera agua a nuestro molino, aun a costa de la sequía ajena. Con eso de que sólo Marta Sahagún debe rendir cuentas y el Peje se cubrió con diez años de impunidad legal: hizo confidencial toda la información sobre sus obras viales, nadie podrá saber en diez años, prorrogables a 20, a quién ni a cómo compra el cemento y la varilla. Eso es transparencia. Si lo que bien se aprende en el PRI, nunca se olvida.