En las tripas de Hacienda

publicado el 19 de enero de 2004 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Hubo una vez un crédulo que atendió el llamado del presidente Fox e invirtió en México un pequeñísimo capital (pero era todo su capital) en una microempresa. Lo primero que le ocurrió al microempresario fue que, habiendo comenzado sus trámites al día siguiente de que el presidentedelcambio rindiera juramento ante sus hijos, trámites que la tremebunda burocracia del ancien régime demoraba hasta tres semanas, debió esperar... seis meses.

Luego comenzó una curiosa historia: la Secretaría de Hacienda lo declaraba “no localizado” una vez al año. El microempresario (en adelante el m.e.) es de esos necios que no creen en los complots (que el malvado Salinas mató a Colosio, a un santo cardenal y a un ex cuñado), así que, a la cuarta ocasión en que Hacienda lo declaró no localizado pensó, sensatamente, que su domicilio fiscal era no localizable aunque estuviera en la capitalina avenida de los Insurgentes. “Bueno”, razonó, “este edificio es ya un laberinto y por eso Hacienda no me encuentra nunca”. Con esa perfecta ingenuidad tramitó cambio de domicilio fiscal. Lo puso en la oficina y casa de su contador, a donde Hacienda no tiene dificultad para hacer llegar todo tipo de requerimientos para los diversos clientes del despacho.

El m.e. esperó un tiempo razonable para que se realizara la inspección. Un buen día llegó una persona preguntando por el m.e., sin identificarse ni exponer el motivo de su pregunta. Quien abrió la puerta respondió que, en efecto, allí estaba el domicilio fiscal del m.e. El contador escuchó, salió corriendo, alcanzó al personaje y contrainterrogó: quién era y por qué preguntaba. Era un inspector de la Secretaría de Hacienda y verificaba el domicilio fiscal. ¡Benditos sean Dios y su Santa Madre!, exclamó el m.e., ya pasó el inspector. Hizo pues la microinversión que tenía microprevista y esperó su mercancía: unos vinos para Navidad.

Entonces ocurrió lo imposible: mandó hacer facturas y su impresor habitual le informó que Hacienda no las autorizaba y exigía su inmediata presencia. Fue, vio y preguntó en la oficina que le corresponde en Zapopan, Jalisco; pero allí, lo lamentaban mucho, no podían informarle nada, pues el asunto correspondía al domicilio principal, en el Estado de México. Pidió a su contador que fuera a preguntar. El contador se proveyó de un poder notarial en original y copia, más todo tipo de identificaciones, incluidas copias de las correspondientes al m.e. o microempresario, si usted ya lo había olvidado. Que no podían darle informes, a pesar del poder firmado ante notario público... porque no llevaba el original de la identificación del m.e., sólo una copia fotostática de su tarjeta de elector. El m.e. envió un paquete con su tarjeta de elector original para que su contador pudiera recibir respuesta a la pregunta: ¿por qué Hacienda le niega la impresión de facturas a mi cliente? Recibió la respuesta: porque aparece como “no localizado”. El contador dio hora y fecha de la inspección localizadora. Pero no había nada que hacer en ese departamento, sino presentar en otro la queja. La redactó. Y con la queja llevó diversos requerimientos de Hacienda llegados por simple correo, o sea que cualquier cartero tenía luces suficientes para encontrar calle y número. La funcionaria de Hacienda se mostró asombrada de tal contradicción, pero se debía a que los requerimientos habían sido enviados por otro departamento y no por el de inspecciones, concluyó tan oronda.

De cualquier forma, sostuvo el contador del m.e., la llegada por correo de estos requerimientos y notificaciones comprueba que el domicilio es localizable por un cartero normal. Obtuvo con esa razonable razón la formal promesa de que el inspector volvería en los siguientes dos o tres días. Los sobres, remitidos por Hacienda, sellados por Correos y en manos del contador del m.e. no eran prueba fidedigna de localización. Era noviembre. Cambió el mes, cambió el año, pasaron las fiestas, la mercancía del m.e. llegó y comenzó a causar renta de suelo, pagadera a Hacienda, por exceder el plazo en que debe cruzar la Aduana.

En eso, se hizo una luz: Oh, dioses, llegó al desesperado microempresario una carta firmada por la titular de Comunicación Social y vocera de Hacienda. Sí, de la mera SHCP. Supuso que trataría sobre su queja y le avisaría que el repetido error no volvería a ocurrir. “Estimado Luis”: (buen comienzo, se dijo el m.e.) “El pasado lunes 8, leí con sumo interés tu artículo —Subsidio inmoral a los ricos— en el que analizas con lucidez, la [otra coma rara] relevancia de la aprobación de la reforma fiscal...” Continúa: “Celebro la forma didáctica en que evidenciaste... etc.” “Comparto tu opinión referente a que los beneficiarios seríamos todos los ciudadanos, por lo que se fomentaría la creación de empleos contribuyendo al crecimientos económico del país”. El m.e. tradujo: porque se fomentaría la creación de empleos, luego le buscó arreglo al gerundio. Pero no le pagaban por revisar la sintaxis de la Titular, sino por vender su detenida mercancía que se añejaba en las cavas de la Aduana, así que buscó el asunto; pero la carta no lo mencionaba.

La Titular se despedía con una frase alentadora: “Espero tener la ocasión de conversar contigo sobre este y otros temas, mientras tanto, recibe un atento saludo”. La manía del m.e. puso, sin cobrar por su trabajo, el acento en “éste y otros temas”. Luego, viendo coche, recordó que tenía viaje, así que descolgó el teléfono y se dispuso a “conversar sobre éste y otros temas”. Más precisamente, sobre el tema preciso de que la Titular lo localice, pero siga siendo “no localizable”. Recibió la llamada la secretaria de la secretaria de la Titular. Media docena de intentos después, el m.e. no ha podido pasar de ese nivel. Dos meses después, el inspector sigue sin ir a inspeccionar y Hacienda se limita a cobrar tasas crecientemente altas por el uso de bodegas aduanales. El m.e. comienza a sospechar que sí existen los complots porque tantas casualidades en tres años son demasiadas.

Muy admirado Paco Gil: Además del notorio buen control de la macroeconomía, el cual es de aplaudir, ¿podríamos los nanoempresarios ver una reforma de estos microasuntos que tanto desalientan? Ni siquiera deben pasar por el Congreso para que Bartlett et al los congelen. Luego, ¿por qué no tienen remedio?