Como Kúkara y Mákara

publicado el 01 de diciembre de 2003 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

La cabra tira al monte y el priismo dinosáurico encuentra afinidades por encima de odios. De ahí que hayamos visto a Cuauhtémoc y a Bartlett marchando como Kúkara y Mákara. Pero la pregunta a ambos no es por qué permitir, sino por qué prohibir: ¿por qué los ciudadanos tenemos prohibido producir electricidad? Además, una muy curiosa censura si comparamos con la droga. Está prohibido sembrar marihuana, tanto si es un rancho, unas semillitas en un jardín o una maceta. Nadie puede sacar a su balcón una plantita de marihuana. Podemos decir que la prohibición sirve para mantener el precio artificialmente alto y promover con entusiasmo el narcotráfico; pero el hecho es que es un delito cultivar mariguana, mucha o poca. Por eso no hay sobrecitos de semillas en las secciones de Jardinería de los supermercados, junto a las de tomate y calabaza.

Pero, con respecto a la electricidad, hay en el mercado hasta un sistema llamado "inversor de voltaje" que, enchufado en vez del encendedor del auto, proporciona electricidad suficiente para varios focos; hay a la venta plantas de gasolina con capacidad para mantener funcionando los aparatos de una casa; todos los hospitales, grandes almacenes y oficinas poseen impunemente enormes generadores que arrancan ante una falla en el suministro. Todos están fuera de la ley mientras siga redactada en su actual forma. Plantas de mota no; de luz, sí.

"Ya sólo nos quedan el petróleo y la electricidad", dijo Bartlett, "y hasta eso quieren vender". "¿Nos?" Anda, pues, ¿y quién es ese "nosotros"? No es el país, porque los mexicanos jamás hemos recibido un peso como reparto de utilidades petroleras. Sólo padecemos gasolinas y electricidad a precios por encima de los internacionales y con calidad inferior. No tenemos opción, como la tenemos los usuarios del servicio telefónico. A quienes sólo les quedan el petróleo y la electricidad es a los políticos y a los líderes sindicales. La complicidad entre unos y otros quedó a la vista en el llamado Pemexgate: la empresa otorgó al sindicato petrolero más de mil millones "para labores sociales", y el sindicato deslizó esa enormidad a la campaña del PRI.

Qué reciben a cambio los líderes, está por demás claro: diputaciones, impunidad, poder, dinero, mansiones. Qué reciben los trabajadores petroleros y electricistas también está a la vista: un nivel de vida superior al de otros trabajadores. Con el solo inconveniente de tener que ir, de vez en cuando, a mítines y marchas.

El único peligro real y verdadero que corre México acaba de señalarlo el embajador de Japón: sus inversiones se irán a China. La inseguridad callejera y los altos, confusos y embrollados impuestos hacen a México incosteable para el capital japonés, a pesar de sus tres mil kilómetros de frontera con el principal mercado del mundo. ¿Entonces? ¿Cómo entender la furibunda "defensa de la Patria" encabezada por una alianza del bueno y el malo? ¿Qué hay en común entre Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Bartlett y los sindicatos de las compañías productoras de electricidad? Dos dinosaurios se balancean sobre la tela de una araña, como veían que resistía mandaron llamar más dinosaurios.

Al igual que en otros cambios políticos fracasados, el nuevo gobierno dejó intacta la Hidra: líderes sindicales que aspiran a ser legisladores, empleados que se subordinan al líder para un día sustituirlo y mientras tanto gozar de privilegios que no llegan a otros mexicanos, priistas rumiando su revancha. Todos provienen del priato y allí se formaron. El PRI no se mantuvo en el poder como las dictaduras: a golpes, cárcel y muerte. Recurrió a la fuerza únicamente en casos extremos; pero en la cotidianidad, en el normal deslizamiento de los días el PRI gobernó pacíficamente: hizo de las propiedades del gobierno una fuente inagotable de privilegios, compensaciones, bonos y servicios pagados por los contribuyentes; cuotas en el reparto de poder, vales. La corrupción vuelta gobierno e interiorizada como un derecho en los sindicatos oficiales.

La receta priista fue practicada con fervor por el presidente Echeverría, años después fue prometida por Cárdenas en sus campañas presidenciales, y está siendo ejercida con esmero por López Obrador: obra pública. La obra pública sin duda produce empleos, pero no riqueza porque se realiza sin aumentar un solo peso al capital inicial, que no es otro sino el presupuesto pagado por el ciudadano cautivo en los laberintos de Hacienda. Ni siquiera un gobierno integrado en su totalidad por voluntarios y damas de la caridad sin salario produciría nueva riqueza. Tendría ingresos de quienes sí producen riqueza. Y no tenemos que imaginar los resultados de la receta porque ya los vimos: Echeverría dejó al país con la primera crisis económica porque pagó su popularidad repartiendo acá y acullá obras cuyo costo legó a la posteridad. La derrama fortaleció enormemente el liderazgo en los sindicatos disciplinados, arruinó al país.

Mientras los dinosaurios del PRID impulsan el regreso del echeverrismo, los pobres muchachos que arriesgan la vida para irse a trabajar "al otro lado", donde hay los empleos que aquí se cancelan por torpezas legislativas, ya aportan más a nuestra economía que los ingresos petroleros. Y, lo que es más, lo hacen de manera directa: si el dinero del petróleo llega al gobierno y al sindicato, las remesas de nuestros migrantes van directamente a sus familias. A la mamá nada le beneficia si subió el petróleo, no se entera ni le importa: está a la espera del giro, el telegrama, el aviso. Dólares contantes y sonantes para el gasto diario.

En esos muchachos vemos los resultados de 70 años de eso que el PRI y el PRD llaman "nacionalismo", "soberanía": obstáculos a la inversión, prohibición en áreas completas, impuestos altos y confusos, trámites interminables. Y es lo que nos piden defender. El resultado estuvo a la vista el jueves con la megamarcha: los sindicatos puntales del régimen priista, más el PRD con tesis priistas, más los perredistas salidos del PRI anterior a De la Madrid, más todos los muchos convocados por los últimos soplidos del presidente Fox al fuego, y los de siempre hace 35 años, ya viejitos, no llenaron ni la mitad del Zócalo. En la regencia, creo, de Manuel Camacho hoy diputado perredista, faltaba más se midió la capacidad de esa plaza: 120 mil hombro con hombro y pecho con espalda. Así que una cifra benevolente sería 30 mil, entre convencidos y acarreados. Hay esperanza.