La invención de las tradiciones

publicado el 03 de noviembre de 2003 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

En el norte y occidente de México no se ha perdido la tradición del Día de Muertos, como nos dice Conaculta, preocupadísima por "nuestras fiestas muy mexicanas", sino que no ha existido nunca. "...hay entidades en las que los niños jamás han visto ni un altar de este tipo (de muertos), razón por la cual es necesario inculcar las tradiciones, principalmente en el norte del país", ordena Emilio Ángel Lome, conaculto preocupado y seguidor de una curiosa antropología según la cual las tradiciones "se inculcan". Las tradiciones del centro, por supuesto, ya que nadie ha pensado jamás en "inculcar" la danza del venado a los oaxaqueños.

Yo fui uno de esos niños desinculcados. Mi primer altar de muertos lo vi a los 22 años, en Mixquic, cerca del Distrito Federal. Me gustó muchísimo el panorama de veladoras y flores en las tumbas, el frío, el olor del incienso, el ambiente sólo admirado en cineclubes: era como estar dentro de una película del Indio Fernández con fotografía de Gabriel Figueroa. Así que —me dije—, ¿esto es México? Pues mucho gusto, señor, y le di un cálido apretón de manos. De verdad que me dio mucho gusto conocerlo.

Dalia Zúñiga, en Ocio, nos inventa todo el pan de muerto: que en su tradición se mezcla lo indio con lo español (ooh) y viene de unos "aztecas" del año 800 a.C. ¡Zas! La última tribu nahua, la que llamamos azteca, andaba llegando al valle de México allá por el tardío año de 1300 de nuestra era. O sea 2,100 años después de la fecha entusiasta de Dalia. Es un pan de trigo, azahar y ralladura de naranja, todos ellos productos traídos a América por la colonización europea. Los antiguos americanos no conocían el trigo, la naranja ni la levadura de hornear.

No importaría señalar estas patas, como tantas que se meten en los diarios (que en Israel se inventó un aparato para remover los bellos... pero miren nomás: mándenlos para acá, donde tanta falta hacen), si no fuera porque dan noticia de un afán por inventarnos tradiciones y hacerlas indias o, ya de perdida, mestizas. Nadie deja de ser mexicano por celebrar Halloween, fiesta gringa, en vez de Día de Muertos, fiesta del centro y el sur, que a un sonorense le quedan más lejos que Arizona. Como no la vi de niño, siempre me ha parecido una costumbre "interesante", en el sentido en que emplean el término los turistas, curiosa, folclórica... y ajena, como programa de National Geographic con cremación de cadáveres en el río Ganges o danzas en la isla de Bali, pero en vivo. A ninguno de mis familiares se le ocurriría nunca ir a llevar mole a las tumbas de nuestros muertos; el cempasúchil es una flor que veíamos en el cine, el rebozo es una prenda para los bailes de disfraces y las veladoras en casa estuvieron prohibidas por mi mamá porque producían incendios. Ni siquiera sé cuándo se hacen tales meriendas campestres, si la noche del 1 al 2 o la del 2 al 3 de noviembre, y cuando vivía en el DF cada año me lo debían recordar los amigos. Luego de unos tres años, dejamos de ir porque ya era imposible estacionarse y encontrábamos a toda la Facultad de Filosofía embobada con aquel Macario en vivo y sin López Tarso, que siempre es ventaja. Esa misma multitud luego tomó por asalto el Bar León, que por eso nunca conocí.

Una de mis hermanas vivió en el DF por tres años, en una casita con jardín al frente. Un día leyó una receta de un platillo "mexicano" que llevaba, por supuesto, unas hojas de... ¿cómo se llama?... frijoles con... con orégano... no, no es eso, con... (voy a preguntar y vengo)... ya está: ¡epazote! Bueno, pues, unas hojas de epazote. Como no tenía, salió a un mercado cercano, para lo cual debió cruzar su descuidado jardín. Al volver muy oronda con su ramo de epazote, reparó en los hierbajos silvestres de su jardín, cortó una hojita, la olió... olía igual. Tenía todo el jardín invadido de epazote y lo había ido a comprar como si hubiera sido estragón o alcachofas.

Cuando los reporteros de La Jornada comenzaron a hacer peregrinación a Chiapas, allá por los tiempos de Marcos, alguno informó a los lectores de sus descubrimientos lingüísticos. Dijo, no lo olvidaré: "un chucho es un perro". En mi pueblo natal, a tres mil kilómetros de Chiapas, en todo Jalisco y en buena parte de México, un chucho es un perro. Hace algunos meses, luego de un concierto en el Degollado, fui, como siempre, a comer un rico lonche caliente de La Playita. En la mesa vecina, un padre chilango instruía a sus horribles hijos: "Aquí le dicen lonches a las tortas". O séase, se llaman tortas, ¿ves?, pero aquí decimos mal el nombre. Durante mi infancia no hubo más torta en mi casa que la torta de elote, un pan horneado de elote con canela. No, no es un elote metido en un bolillo.

Justicia o ley

Con las referencias de Ciro Gómez Leyva a mi artículo del lunes pasado, confirmo que faltaron algunas precisiones. Me explico: la ley es una norma escrita y por eso mismo objetiva (es un objeto, un párrafo, una página, un libro que se puede leer).

La justicia, en cambio, es pura y absolutamente subjetiva: lo que para una persona es justo, para otra es abominable. En tratar de remediar la injusticia, por bondad, los humanos hemos caído en las peores pesadillas de la Historia: Stalin, Castro, la Revolución Cultural china. Por eso muchos vemos con enorme sospecha toda ruptura unilateral de la ley en términos de alcanzar mayor justicia. Y lo hacemos a priori. No me informé de los vericuetos legales en el caso Canal 40-TV Azteca: me bastó con saber que una de las partes, la que fuera, se había tomado la aplicación de la ley en sus manos, a nombre de la justicia. No logro leer expedientes judiciales y su terminología me irrita; pero sé, a priori, que si un grupo de particulares toma por asalto a la otra parte, está cometiendo un delito, aun si la ley hubiera juzgado en su favor. La ley se aplica con los procedimientos de la ley. También la justicia. Lo dije por convicción y nadie me debe nada, Ciro.

Datos duros:

  1. Hubo un decreto expropiatorio del Paraje San Juan, por lo tanto, hubo un propietario particular, porque los terrenos de la nación no son objeto de expropiación.
  2. El segundo párrafo del larguísimo artículo 27 de la Constitución señala que: "Las expropiaciones sólo podrán hacerse por causa de utilidad pública y mediante indemnización".
  3. Sin duda alguna debe pagarse como indemnización al menos el valor catastral. ¿A quién? ¿Es el propietario quien afirma serlo? No es asunto de periodistas, sino de jueces. Pero expropiar se paga.

¿En qué se parecen los conflictos del Paraje y el canal 40? En que una parte se toma la ley y decide según su definición de justicia: López y Azteca. Y en que muchos, sin preguntarnos por la justicia, defendimos, a priori, la ley. Pues eso, como dice Román.