Los "cocolazos" (sic)

publicado en la revista «Nexos»
# 466, octubre de 2016

 

Estamos a 48 años del 2 de octubre de 1968, cuando un mitin escaso, sobre una plaza, la de Las Tres Culturas, que no tiene calles adyacentes, sólo pasos peatonales, y por lo mismo no hay manera ni de interrumpir o estorbar un tránsito de autos inexistente, menos aún causar otros daños, fue disuelto a balazos, los dirigentes estudiantiles aprehendidos y el trauma de esa tarde produciría en ocho gobiernos federales temor a aplicar la ley, hasta con justicia y medida: el trauma y el síndrome de Tlatelolco. Convertimos, además, el festivo espíritu ciudadano de agosto en el recuerdo de la sangre. No la fiesta, nada más la tragedia.

En Cal y Arena estoy por publicar una memoria rigurosa de lo que vi y viví esa tarde, digo tarde porque a las 6:10 pm en que todo empezó, a la latitud de la Ciudad de México hay pleno sol. Aquí hago un resumen de ese resumen en lo que llega a librerías. No adelanto el título hasta que lo anuncie la editorial, pero no deja dudas.

El movimiento estudiantil de 1968, que todos abreviamos como el 68, ya una antonomasia, fue lo que su adjetivo dice: estudiantil. El pasado mes de agosto de 2016 leí, con años de atraso, la entrevista larga que dio Elena Poniatowska a Enlace Judío. Vuelve a incurrir en otra falsedad debida a su completa ignorancia de lo que había sucedido. No pude dejar de observar un olvido digno de Freud: menciona con notorio amor a su hijo mayor Mane, Emmanuel, y a su hija Paula. Pero cuando yo trataba a Elena, y fueron años de cálida cercanía, había un niño de nombre Felipe, su segundo hijo. No lo menciona. Dejemos eso. Dice que en 1969 acompañaba a su marido, el astrónomo Guillermo Haro, a la cárcel preventiva de Lecumberri para visitar a Heberto Castillo, Elí de Gortari y José Revueltas, “dirigentes del 68”. Eso es falso. Participaron con entusiasmo dándonos apoyo en la Coalición de Maestros unos, y en la Asamblea de Intelectuales y Artistas, otro. Pero nunca los dejamos dirigir: en el órgano que condujo el movimiento, el Consejo Nacional de Huelga, CNH, sólo había estudiantes. A maestros y personajes de la vida cultural les dábamos voz, pero no voto. Y esa voz no muy seguido. Ofrezco una anécdota de cómo “dirigieron”: alguna vez Roberto Escudero y yo, delegados por Filosofía y Letras, UNAM, conseguimos que se le concediera a José Revueltas permiso de leer a los dirigentes estudiantiles, tan faltos de formación político-ideológica, un documento que les urgía conocer para cultivarse. Debimos explicar que Revueltas era un gran novelista y militante del comunismo, primero en el Partido Comunista Mexicano, que lo expulsó; luego en la Liga Comunista Espartaco, que él fundó con otros y… de la que también fue expulsado. Eso lo presentamos como timbres de gloria al rústico CNH.

Subió Pepe Revueltas (como lo conocíamos en FyL) al estrado y los 250 delegados observaron con horror que llevaba cuartillas abultando como un directorio telefónico de la Ciudad de México. Pepe comenzó la lectura de ese trabajo que ya nos había leído a los del ala de Humanidades y trataba de la democracia cognoscitiva (sic). Yo no había entendido nada en sesiones de grupos de izquierda. Tampoco el CNH: había mucho Hegel, Kant, Marx, Engels y creo que Sartre, pero no lo aseguro.

Pepe se había dejado una piocha de barbas canosas, amarillentas de nicotina, largas y lacias, en imitación evidente de Ho Chi Min, el líder vietnamita que conducía la guerra contra Estados Unidos. Se las acariciaba con una mano y con la otra intentaba levantar la primera hoja de aquella resma. Bueno, para humillación de Roberto y mía comenzaron algunos gritos y pronto fue una tormenta: “¡Cállate, viejo barbas de chivo!”. Revueltas, acostumbrado a la ignorancia de las masas y al desprecio hasta del Partido Comunista Mexicano y la Liga Comunista Espartaco, afirmó la voz y continuó leyendo contra el zarandeo de los rústicos; pero “la raza” ya estaba embravecida, así que a la mitad de la segunda hoja se dio por vencido y con eso concluyó toda la dirigencia de Revueltas en el 68.

La dirección fue nada más estudiantil

El órgano de dirección, el CNH, los constituimos dos representantes de cada escuela en huelga, primero nada más la UNAM y el IPN, luego Chapingo, también la Normal Superior que de inmediato nos envío a un policía. Después, en alud, entraron las universidades privadas, Iberoamericana, la del Valle de México; las públicas de casi todos los estados (Jalisco fue excepción porque la FEG detuvo a punta de pistola todo intento de huelga solidaria).

La tarde del 2 de octubre la asistencia al mitin era escuálida porque lo habíamos anunciado apenas dos días antes: el 30 de septiembre, cuando el Ejército entregó la Ciudad Universitaria, ocupada dos semanas, a la rectoría. Ese mismo día 30, por la tarde, fuimos apareciendo, uno a uno, con temor a los policías que pudieran haber quedado a cargo de aprehendernos. En la Facultad de Ciencias, afuera de su auditorio, no más de 40 nos vimos por primera vez desde la ocupación militar. Acordamos dar inmediata muestra de vida con un mitin. Y elegimos la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, porque ya habíamos hecho uno allí y conocíamos la solidaridad espontánea de los vecinos. También porque la Plaza no es grande y se notaría menos la poca asistencia lograda con 36 horas de avisos con escasa difusión.

Así que era de esperarse poca asistencia al mitin. Dispusimos el equipo de sonido en el amplio descanso para el servicio de elevadores en el tercer piso del edificio Chihuahua, frente a la Plaza.

A las 6 y 10 de la tarde dos helicópteros sobrevolaron en círculos la Plaza. Entre la gente cayeron dos bengalas humeantes, verde y roja. En las escaleras de acceso al tercer piso se oyeron carreras a paso veloz, gritos: “¡Ahora les vamos a dar su revolución!”. Eran hombres jóvenes, en ropa civil pero un guante blanco en la mano izquierda y pistola en la derecha, corte de pelo militar.

De los pocos dirigentes reunidos días antes, éramos aún menos los allí presentes porque habíamos acordado no asistir para evitar el riesgo de ser detenidos, pero llegamos y nos detuvieron. A los gritos de amenazas los dirigentes del CNH trataron de escapar. Pero la bajada ya la resguardaban aquellos recién llegados, sólo se podía subir. Yo permanecí junto al barandal extrañado porque la multitud que corría hacia el Chihuahua se hubiera frenado y cayeran unos sobre otros. Al mes y medio los demás dirigentes del CNH me relataron, ya presos en Lecumberri, que se habían encontrado con un callejón sin salida: el Chihuahua no tiene azoteas colindantes con otros edificios para poder saltar de una a otra y bajar como vecinos que van al pan, así que entraron a un departamento del quinto piso, con vista contraria a la Plaza. Repito: más de un mes después, ya en Lecumberri, supe estos detalles porque yo no subí con Gilberto Guevara, Anselmo Muñoz, Eduardo El Búho Valle, Pablo Gómez, Sócrates Campos, López Osuna.

¿Y yo? Me quedé mirando que el Ejército ya avanzaba desde el fondo de la Plaza, la gente huía y, sin explicación aparente, se frenaron los primeros y cayeron otros encima. A mis costados, un hombre alto disparaba su pistola al azar sobre la gente; otro, bajito y delgado, hacía lo mismo. Ninguno me detuvo ni me puso atención: yo tenía la edad, complexión, una chamarra de beisbol que hacía mejores hombros, y pelo, si no de corte militar, no largo, como era la moda estudiantil y juvenil desde los Beatles. Pero el que disparaba a mi izquierda en algún momento me observó, quizá al percatarse de que yo no disparaba, se cruzaron nuestras miradas, vi que su atención iba a mi mano izquierda, puesta sobre el barandal: y no, no tenía guante blanco. Me detuvieron junto a más gente de cara a la pared de los elevadores: había muchos periodistas, algunos eran extranjeros porque en 10 días comenzaban los Juegos Olímpicos, otros eran colados a los que nuestros guardias en las escaleras no habían evitado el paso.

Detalle significativo: los de guante blanco, ya con el Ejército desplegado a la vista, no se protegían con los gruesos pilares de concreto al disparar sobre el mitin. ¿No pensaron que los soldados les responderían el fuego? Así fue: como supimos después los estudiantes presos, creían ser parte de una operación organizada por la Defensa y no era así, al menos ellos no eran parte, movidos por otra mano. Lo aseguro porque tampoco los soldados de uniforme estuvieron avisados de que en el tercer piso del Chihuahua, donde habían visto a los dirigentes estudiantiles conduciendo el mitin y a cargo del micrófono, habría sustitución y otros elementos se encargarían de disparar hacia la Plaza para dispersar a la multitud. Los del CNH ya estaban, supe mes y medio después, en el departamento del quinto piso, con puerta cerrada y vista no a la Plaza, sino a la Unidad Habitacional. Así vieron avanzar otro cuerpo de Ejército en sentido opuesto y hacia la Plaza. Hubo un tercero, encabezado por el comandante de la operación, general José Hernández Toledo, y entraba por el costado de Relaciones Exteriores. Un francotirador hirió al general: fue la primera víctima. El Ejército quedó sin mando central. Da mucho para especular. Nada es firme.

Los detenidos en el tercer piso del Chihuahua, con las manos en alto, comenzamos a sentir que nos caía yeso del plafón: era el Ejército que respondía los disparos de los civiles de guante blanco. De forma por completo inexplicable para mí, éstos cayeron en pánico y se tumbaron al suelo para protegerse de las balas con el barandal de concreto. Vieron que el ángulo de tiro bajaba y ya las esquirlas nos quemaban las manos y nos gritaron que nos tiráramos al suelo. Eso fue una sorpresa: nos evitaban heridas, luego ¿no nos iban a matar a todos? Por la escalera del otro extremo comenzaron a oírse voces: “¡Una camilla! ¡Una camilla… hay un herido!”. Me expliqué la urgencia si había sido uno de ellos… Pero, entonces ¿quiénes eran? No podrían ser soldados sin uniforme ya que los atacaba el Ejército regular y ellos a su vez también le habían disparado. Comenzaron a gritar, tirados en el suelo, ya sin nuevos intentos de disparar, y las voces fueron confusas, revueltas con balacera cada vez más nutrida. Tuve la convicción de que estaban matando a todo mundo sobre la Plaza: Habían ido Selma, Nacho Osorio, no supe si también mi gran amigo Enrique Sevilla, mi hermano Arturo… Me despreocupé: también nos matarían a nosotros.

La súplica aterrorizada: ¡No disparen!

Los primeros atacantes se reunían en grupos, arrastrándose con los codos, y gritaban dirigiendo la voz hacia la Plaza: “¡No disparen!”. Y añadían algo indistinguible, parecía ser “batallón de limpia”. ¿Batallón? Luego, ¿eran soldados? ¿Por qué entonces habían disparado sobre la Plaza con el Ejército ya acercándose al Chihuahua? ¿No era lógico que los soldados respondieran el fuego? No traían nada para comunicarse, un radio militar de campaña, nada. Así que resolvieron reunirse en grupos y contar hasta tres para gritar al unísono y amplificar sus voces: “Uno, dos, tres… ¡Batallón Olimpia! ¡No disparen!”. Ya estaba claro, pero el nombre nunca lo había oído.

Comenzó a llover o las balas perforaron tinacos en un edificio de plástico o ambos hechos, por las gradas de las escaleras corría agua. La balacera fue menos nutrida, pero hubo un estallido mucho más fuerte, una bomba o un disparo de tanque. Luego otro. Varios.

Este es el relato por el que Elena Poniatowska hace decir al serio y seco Gilberto Guevara, que no esperábamos ese nivel extremo en “los cocolazos”. Más infantil, más alejado del carácter y el lenguaje de Gilberto, y del horror de esa tarde, imposible. Esa tarde con el pánico corriendo hasta entre los agresores es, para Elena, no para Gilberto, lo que los niños llaman “cocolazos”, y ciertos niños, los que conocía Elena. Ese lenguaje le parece muy florido, yo lo llamo “poniatosko”, estamos traducidos, todos, a ese dialecto. O estábamos hasta 1998 cuando un juzgado determinó que debía hacer las correcciones exigidas por mí. Las hizo a fines de 1998.

Antes de eso mi relato de la entrada al Zócalo en la gran manifestación del 27 de agosto lo pone en boca de una inexistente Elena González; pero donde yo digo: “La avenida Juárez también es un tumulto incontenible”, la tal Elena González dice: “En la avenida Juárez también había chorrocientas gentes aguardando”, esa misma voz pone otra añadidura de Poniatowska: “Los muchachos le jalan la cola y las orejas al Caballito”, la célebre escultura de Manuel Tolsá, entonces en el cruce del Paseo de la Reforma y la avenida Juárez al que, en efecto, treparon manifestantes con agilidad y juventud suficientes, y luego desbarra: dicen las dos Elenas que El Caballito es Carlos Quinto… Menos mal que me eliminó como narrador de ese momento, porque el traspié es de siglos. Al narrar el Grito en la Ciudad Universitaria, el 15 de septiembre, digo yo en mi crónica, Los días y los años, que al terminar la fiesta “todo Insurgentes quedó convertido en una romería”, imagen de los que caminan de regreso a sus casas. Elena atribuye mi descripción a Gilberto Guevara y le añade su sal: “Insurgentes estaba toda encendida de colores y salpicada de focos”. ¿Eso hicimos? ¿Llenamos de colores y de focos Insurgentes? No lo recuerdo.

Se trasluce el afán de Elena por usar lo que ella, y sólo ella, supone el lenguaje del pueblo y se unta algo de pulque detrás de las orejas. El resultado es esa bebida repugnante que llaman curado de fresa. Quiere oler a pulque y domina la fresa.

Por años me pregunté de dónde había sacado Elena Poniatowska esa Elena González que vio muchachos manifestantes del 27 de agosto jalándole, traviesos, la cola y las orejas a la estatua del Caballito, dice que es Carlos Quinto y ve entrar a la avenida Cinco de Mayo una manifestación entre “chorrocientas gentes aguardando”.

Una noche el doctor Freud me dijo al oído que una Elena González era más creíble que un Luis Poniatowski. La clave siempre había estado en la cariñosa dedicatoria con que Elena me regaló su crónica de oídas tlatelolca. Dice que ahora, cuando ya también ha aparecido su libro, se unirá al mío, Los días y los años, y se comerán juntos como “macho y hembra…”.

De estos casos hay muchos en el hospital Fray Bernardino…

Varias veces ha preguntado, como último rincón de su defensa, por qué me tardé 30 años en pedirle esas correcciones (fueron 26). Las mismas he respondido, pero se niega a escuchar: “Porque fue necesario que te me derrumbaras, Elena”.

Un factor importante en ese derrumbe es su dedicatoria, la impresa, no la escrita para mí, a La noche de Tlatelolco, miente con una verdad: A Jan, 1947-1968. Cuando me envió un ejemplar a Lecumberri di por hecho que Jan, el hermano menor de Elena y, según las fechas, con 21 años en 68 había muerto en aquel río de violencia. Me asombraba que no hubiera salido su nombre en las noticias: Jan Poniatowski. Años después, Monsiváis me sacó de dudas: que había muerto en un accidente de auto. Creí que jugando carreras. La dedicatoria me pareció, con la aclaración del gran amigo de Elena, de un oportunismo ruin: no se miente con una verdad a medias al tratar la pérdida de un hermano, menor y muy querido. La dedicatoria sólo menciona los años porque de otra forma queda al descubierto la trampa bajo una verdad y el uso de la muerte: el 8 de diciembre de 1968. Y no jugaba carreras, como supuse: iba saliendo de una comida en la hacienda de Juan Sánchez-Navarro, uno de los “millonetas”, diría Elena, de más prosapia en México. Lo había invitado el hijo de Sánchez-Navarro, también llamado Juan, y con menos de 20 años. Y entendí la atracción de Elena por asomarse al mundo gay: Jan, de 21 años, tenía un gran amigo, de 20 años, con quien compartía caricias, besos y alguna eyaculación mutua sin penetración ni desnudo.

Este amigo especial de Jan Poniatowski no llegó a la comida, aunque estuvo invitado, era amigo de Juan hijo. Con eso salvó la vida o la perdió Jan. Nunca se sabe por dónde fluirá el río de la Historia con una sola piedra que se mueva. Hoy es uno de los dirigentes del movimiento homosexual ya pasando la estafeta a los jóvenes.

Como alguna vez me dijo Elena para justificar su alejamiento de un amigo común, de ella y mío: “Una amistad no puede estar fundada en mentiras”. Cierto. Y menos en el uso arribista de la muerte para hacer entrar el percance de Jan, luego de una comida en la hacienda de uno de los ricos de abolengo, como cuota de sangre en el año mítico: 68.

Cuando cayó ese muro de represión que yo había levantado para una mujer seductora, volví a leer su crónica, basada en la mía, y vi todo lo que me llevó a presentar una demanda legal para obligar a hacer los cambios necesarios. Son confiables los datos de Elena si la edición de su crónica tlatelolca es de 1999 o más reciente.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

 

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